Friday 20 de January de 2017

La mirada melancólica

Desde el exilio

     23 May 2011 04:00:00

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 A la memoria de Eugenio
Mercado

La muerte de mi padre me tomó por sorpresa. No porque fuese una persona demasiado joven, rondaba los 68 años, pero siempre había sido un deportista testarudo. No como yo, que abandoné la pasión por el ejercicio cuando aún estaba cursando mi carrera universitaria. Siempre creí que moriría antes que él porque misteriosamente representaba menos edad de la que en realidad tenía.
Ya en el bachillerato, para desazón mía, las amigas me pedían que les presentara a quien consideraban mi hermano mayor. Nunca le revelé este secreto,  me lo guardé para no alimentar su incipiente vanidad, aunque ahora sé que cuando uno envejece es de agradecerse que alguien sobe un poco nuestro debilitado ego.
A mi padre le debo la temprana pasión por el jazz. Tenía alrededor de cinco años cuando me regaló el fabuloso disco Take five del pianista texano Dave Brubeck.
No sé cuántos días habrá dejado de fumar y comer para darme ese generoso obsequio. Pero más gozo me provocó el regalo suyo de un disco de 45 revoluciones que contenía dos rolones de los Beatles: Penny Lane y Strawberry fields forever.
Me pasaba horas y horas escuchando aquellas canciones reproducidas por nuestra vieja consola Telefunken. Tenía nueve años y mi entusiasmo por la música se había extendido de manera considerable. El siguiente paso se daría de manera natural: tocar la guitarra.
Y volvió a aparecer mi padre para auspiciarme el vicio que él mismo había contribuido a inocularme en el cuerpo. Jamás ocultó el gustillo que sentía al verme tocar, siempre fue generoso con sus expresiones de cariño y, claro está, de enojo. Felizmente, la música me dio de comer y permitió pagar mis estudios de licenciatura y maestría.
A lo largo de nuestras vidas, tuvimos notables encuentros y penosos desencuentros, pero nos heredó a mis hermanos y a mí algo que jamás podrá extinguirse: su entrañable mirada. Un buen día, compró una cámara de súper 8 para aprehender los momentos insólitos de nuestras vidas.
Cuando murió, pasé las pelis a formato de video para regalarles una copia a cada hermano y, entonces, me di cuenta que él jamás aparecía en éstas, porque se había dedicado a filmarnos durante nuestra niñez y pubertad. Así que en las viejas películas la mirada cariñosa suya, su forma de vernos y querernos, quedó eternizada.
Ahora, en los momentos aciagos pongo Take five y veo las pelis, y el cariño entrañable de mi padre regresa intacto, acaso con melancólico pesar, pero también con portentosa lozanía. Continúo buscando sus huellas en las fotos, los discos y en los silenciosos diálogos que tuvimos, eso me reconforta.

*Miembro del SNI




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