Wednesday 18 de January de 2017

La vida de Pi

Cartas desde el exilio

     14 Jan 2013 03:40:00

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Amuchos nos golpea el fin de año con el marro de la melancolía, ese humor acre que sumerge al individuo en un baño de tristeza y languidez, mezclado con efervescencias de ansiedad. El recuerdo de la infancia feliz, de la familia reunida y del pasado portentoso contrasta con la situación calamitosa del presente, recordándonos que cada año se desgrana el rosario del tiempo.
Creo que la añoranza punzante es más aguda cuando descubrimos que la niñez es una burbuja efímera, un aliento que pronto se extingue en el mar de las experiencias personales. Cada día nos alejamos de la candidez inaugural, del torrente de la imaginación desbordada, de los actos inútiles y gratuitos, de las pulsiones azarosas, de la hondura de la amistad, del calor y cobijo del hogar. Fatalmente, los melancólicos nos convertimos en exiliados de la infancia y, quizá por ello, intentamos regresar, una y otra vez, a esa condición originaria buscando recuperar parte de lo perdido, aunque sea por otros medios.
Los lances artísticos son parte del repertorio que se tienen para emprender esta fuga hacia el ayer para abandonar el casi siempre grotesco mundo de los “maduros”. No hablo de las actividades estéticas que gravitan en torno al mercado del arte, ni de los sacerdotes que continuamente crean espacios de poder para tener a quien pastorear en los talleres de la ficción.
Me refiero a las obras que son tejidos de formas donde anida un pensamiento sediento de búsqueda y de expresión; y no de verdades pétreas y uniformes. Durante las pasadas vacaciones, tuve la oportunidad de ver algunas películas entrañablemente poéticas y reflexivas, entre ellas destaca La Vida de Pi, ofensivamente modificada por la curia mercadotécnica con el título de Una Aventura Extraordinaria.
Muchos bemoles se le pueden colgar a este filme, pero difícilmente podría ignorarse cómo el director Ang Lee supera la tentación del esteticismo, es decir, del preciosismo visual, construyendo un discurso cinematográfico pleno de ideas que se hacen formas dentro de un espacio plagado de tensiones y paradojas.
En esta adaptación fílmica del libro homónimo de Yann Martel, Ang Lee respeta los diversos niveles de interpretación y logra expresar el fondo trágico que da origen a los discursos religiosos: el sentido del dolor mundano. Lo hace retornando a la imaginación infantil por medio de una fábula admirable, que transfiere al espectador la responsabilidad de pensar por sí mismo sobre Dios y el acaecer mundano.

*Miembro del Sistema Nacional de Investigadores
consolovin@hotmail.com




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