Monday 23 de January de 2017

La vida tras las rejas, una lección difícil

El encierro en el Cereso femenil puede ser una oportunidad para mejorar

     13 Feb 2012 04:00:00

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  • Las visitas en el Cereso femenil son muy pocas. Las visitas en el Cereso femenil son muy pocas.
  • En el Cereso femenil las internas pueden aprender varios oficios. En el Cereso femenil las internas pueden aprender varios oficios.
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ZACATECAS.- “Ese día cerré temprano la estética. Fui a casa de mi hermana mayor, estacioné el coche, entré y creo que no pasaron ni 15 minutos. Por la ventana, empecé a ver un chorro de puntitos rojos. Efectivamente, era el gobierno y la casa ya estaba rodeada. Desde ahí cambió mi vida para siempre”.

Alejandra* no para de hacer aspavientos con los brazos, como si escenificara una película.
“Recuerdo que mi mamá buscó mi mano y me dijo: ‘hija, perdóname’. No se cansaba de repetirme: ‘perdóname, perdóname, perdóname’”.
Alejandra, de 23 años, junto con su madre, su hermano y una amiga de la familia, fueron detenidos por el delito de secuestro en contra de una pareja.
La madre, Beatriz, explica que la razón que la llevó a planear el secuestro fue porque la defraudaron con una vivienda y quería vengarse, pues aunque luchó por ella legalmente durante seis años no logró recuperar la casa.
“Cuando se me agotó la paciencia quise hacerlo por las bravas, pero lo que me ha costado…”, expresa.
Mientras que ella fue condenada a 30 años de encierro, al igual que su hijo y la amiga de la familia, su hija Alejandra fue sentenciada a la mitad de tiempo, ya que se le consideró como coautora de los hechos y no partícipe en su totalidad.
Aún así, la joven en ningún momento trata de eximir su responsabilidad, pues reconoce que sabía lo que estaba haciendo su familia y nunca lo denunció.
“Es verdad lo que me dijo una psicóloga de que tanto peca el que mata a la vaca, como el que le agarra la pata”, comenta.

La belleza tras las rejas
Ahora, en vez del salón de belleza que tenía en Aguascalientes, Alejandra improvisa una estética en las bancas de piedra del patio de la cárcel, donde sus clientas son las 46 presas con las que comparte condena, quienes purgan por delitos contra la salud, robo calificado, secuestro y homicidio, entre otros.
Mantiene la misma imagen impecable que antes lucía ante sus amigos y familiares.
Pero ahora, la joven de enormes ojos negros y gran sonrisa ya no se arregla para pasear por las calles de su ciudad natal, sino para recorrer el estrecho camino rodeado por un alambrado metálico que separa las áreas administrativas y de atención médica del interior del centro.
A un lado del camino de piedra gris está un espacio con bancas y pasto al que se le da uso de área común y para las visitas.
Del otro lado hay una superficie de tierra que se utilizaba como cancha de voleibol, pero que servirá para construir la nueva unidad médica del Cereso femenil, ya que la actual es un cuarto pequeño en el interior del edificio de administración.
Justo después de terminar el alambrado se llega a una plaza donde se sitúa la capilla en la que las internas acuden a misa y a los grupos de catecismo que organiza el centro como parte de su reinserción.
Pese a los espacios reducidos del Cereso, la frialdad de las paredes de hormigón y la constante vigilancia de las custodias, la vida que le dan las internas a las instalaciones genera un clima hogareño que, por momentos, hace olvidar que se está en una cárcel.
El olor a lentejas invade el módulo en el que se ubican las celdas y la limpieza de las mesas de piedra y las áreas comunes del dormitorio dan la sensación de entrar a una vecindad, en la que conviven las internas y el personal de vigilancia.
Al otro lado de la capilla está un segundo edificio sin habitar porque esá siendo rehabilitado, y que por el momento se utiliza para desarrollar los talleres.
En el segundo piso, varias macetas con plantas alegran la entrada de algunas celdas que hay en un pasillo con un barandal, desde donde se puede observar el comedor y al fondo una pared decorada con dibujos, frases reflexivas de las internas y cartulinas con hechos relevantes de la historia, dependiendo de la fecha.
En el área también está la entrada a una sala más amplia que el resto de los espacios con varias mesas rectangulares, con el equipo de costura que se usa en el taller de Corte y Confección.
El taller es una de las actividades más importantes, ya que además de aprender un oficio y obtener un ingreso económico permanente, las internas que participan en él podrán tener un trabajo fijo, cuando salgan de la cárcel, en una maquiladora de Morelos, con la que el centro tiene un convenio.
Entre las prendas que confeccionan 15 mujeres en el taller están los uniformes de los trabajadores de la Minera Peñasquito.
Una de las participantes más activas es Alejandra, quien en los tres años que lleva de encierro ya ha asistido a todas las actividades que se ofrecen desde talabartería, fabricación de velas, clases de guitarra hasta reuniones de alcohólicos anónimos, aunque nunca ha tenido problemas con la bebida.
Su objetivo es aprovechar el tiempo que esté en la cárcel para aprender actividades que, de otra manera, no hubiera realizado.
Además, mostrar interés y colaborar con entusiasmo en los talleres forma parte de las labores que las autoridades del centro evalúan para determinar una posible reducción de la condena.

El vaquerito de la cárcel
A diferencia de Alejandra, quien no sólo tiene la disposición, sino también el tiempo libre necesario para asistir a las actividades, Carmen debe dividir sus horas entre el taller de Corte y Confección y los cuidados para su hijo Hugo, de casi dos años.
El pequeño fue concebido en una de las pocas visitas que el marido de la interna ha hecho al centro, en los más de siete años que lleva encerrada por delitos contra la salud.
Hugo se ha convertido en su principal motivo para levantarse cada día y esforzarse para lograr un mejor futuro para ambos, no sólo en los cuatro años que le restan de condena, sino una vez que obtenga su libertad.
Pese a su empeño, una de las dificultades que enfrenta la mujer de 30 años es tener que encontrar a alguna compañera que atienda a su hijo durante las dos horas que está en el taller de costura.
Carmen cuenta que proviene de una familia de escasos recursos de una comunidad cercana a Gómez Palacio, Durango, y que para mejorar sus condiciones de vida se trasladó a Fresnillo, donde comenzó a trabajar en un restaurante propiedad de su prima.
Explica que en ese lugar se vendían pastillas, aunque ella no lo supo hasta el día en que llegó la Policía Federal.
Por ignorancia, asegura, hizo caso del consejo de uno de los agentes, quien le recomendó que dijera que las pastillas eran suyas, declaración que sirvió para condenarla a 11 años de cárcel, mientras su prima quedó en libertad.
Ahora, su hijo crece tras las rejas en una habitación compartida con otras tres mujeres.
A los pies de la litera de Carmen está colgada una foto en la que Hugo aparece sonriente vestido de vaquero.
A su lado hay un pequeño televisor que ameniza el tiempo que las mujeres pasan encerradas en sus celdas, de 7 de la tarde a 7 de la mañana.
En el espacio de aproximadamente 2 por 2 metros hay dos literas de cemento con dos colchones cada una y en las cabeceras, una repisa donde se amontonan desde artículos de aseo personal, papel higiénico hasta cereales y frituras.
Por ello, aunque las celdas permanecen limpias, ya que el aseo es una obligación del centro, el aglutinamiento de víveres y utensilios en un espacio tan reducido provocan una sensación inevitable de agobio.

Dolor que vale la pena
Pese a la dolorosa experiencia de haber perdido su libertad, tanto Alejandra como su madre Beatriz aseguraron que no cambiarían los tres años que llevan encerradas, pues entre las lecciones que han experimentado está la de conocerse más entre ellas.
“He aprendido a vivir en comunidad porque afuera era muy antisocial”, cuenta Beatriz.
“Era mamá y papá y me dedicaba sólo a trabajar en una burbuja y no convivía con la gente”, reflexiona la madre de la familia, quien agrega que toda la vida la dedicó a trabajar y por eso “no conocía ni a mis hijos.
“Sin embargo, aquí hemos aprendido a conocernos y a darnos cuenta del valor que tenemos cada uno”, concluye.
Alejandra añade que es un alivio vivir en la cárcel compartiendo la celda con su madre y destaca entre los conocimientos más preciados que ha adquirido en este lugar está el de valorar mucho más las pequeñas cosas.

“He recuperado mi capacidad de asombro. Cuando estás fuera necesitas ver algo espectacular para sorprenderte, pero aquí dentro, con el más mínimo detalle como puede ser la lluvia eres capaz de asombrarte”, expone Alejandra.
La joven asegura que en la cárcel las internas tienen dos opciones: salir siendo la misma persona o convertirse en un mejor ser humano.
“A veces oigo a compañeras decir que han perdido muchos años de su vida aquí dentro y yo pienso ¿por qué los pierdes? Gánalos”, comenta.
En esos momentos, Alejandra recuerda las palabras que le dijo un criminólogo:
“Si tanto te dolió llegar a este lugar, haz que ese dolor valga la pena, que no pase de a gratis”.
La joven no pierde la esperanza, pese a estar sentenciada a 15 años de encierro, de que con la buena actitud se le pueda rebajar su condena.
“Al fin y al cabo, ya me voy. Todo llega a su fin.
Ya me están haciendo estudios, me están valorando y puedo tener el beneficio de la tercera parte, por lo que tan sólo tendría que cumplir cinco años”, dice.
Alejandra reconoce que no tiene claro lo que hará cuando salga, pero asegura que no volverá a hacer algo que ponga en riesgo su libertad.
“Sé que las puertas se van a ir abriendo y las oportunidades se van a ir presentando, por lo que intentaré tener los ojos bien abiertos para poder agarrarlas”, comenta.

Doble condena
A pesar de que el complejo del Centro de Reinserción Social de Cieneguillas alberga entre sus muros tanto a hombres como a mujeres, en espacios por separado, las diferencias entre ambos pueden resultar abismales.
Una de las más evidentes se puede apreciar los días de visita, que son los martes, jueves y domingos.
La directora del centro femenil, Rosa Martha Vázquez, comenta que durante estas jornadas el acceso al reclusorio varonil está precedido por una larga fila de familiares esperando para ver a los internos.
Sin embargo, la puerta de entrada al penal de las mujeres permanece vacía, pues el número promedio de visitas apenas llega a dos.
No es el caso de Alejandra y Beatriz, quienes desde que entraron han tenido un contacto permanente con sus familiares y amigos.
La joven cuenta que los lazos con la familia son tan fuertes que incluso las hijas de sus dos hermanas prefirieron festejar sus cumpleaños en la cárcel con su abuela, antes que en una fiesta con sus amigos.
No obstante, hay casos como el de Carmen en los que sus seres queridos no tienen los recursos necesarios para visitarla con tanta frecuencia.
Debido a ello, la mujer originaria de Durango se tiene que conformar con verlos tan sólo una vez al año.
Aún así, la mayoría de las internas deben enfrentar una doble condena: la de la ley y la de la familia.

*Todos los nombres de las internas han sido cambiados

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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