Thursday 19 de January de 2017

Las calles desiertas

Cartas desde el exilio

     5 Dec 2011 03:30:00

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Caminaba por las calles del llamado Barrio Aantiguo de Monterrey en compañía de mi amigo catalán Antonio Castilla Cerezo, después de la conferencia que dio en el Museo de Arte Contemporáneo sobre el filósofo francés Peter Szendy, buscando algún lugar para tomar algo y continuar la charla. Pero la inseguridad ha dejado demasiado maltrecha la zona.
Su última visita había sido hace dos años, pero las condiciones han cambiado radicalmente desde aquella fecha. La multiplicidad de cafés y antros ha desaparecido, dejando calles desoladas que sólo tienen contentos a los habitantes del barrio. Pocos son los espacios que se mantienen abiertos, algunos desafiando a la delincuencia, otros, seguramente, pagando derecho de piso a los malandrines.
Ahora las fiestas de los jóvenes se realizan en las casas, la cocheras y los patios. Quienes tienen billetes se han refugiado en el municipio de San Pedro, simplemente porque es el que tiene más recursos para configurar una red de seguridad más o menos sólida. Así que allí la vida bohemia se disfruta sin tantos sobresaltos, aunque el tufillo fresa no atrae a quienes buscan una vía alterna a la del glamour pirrurresco de las buenas conciencias.
También en España la situación económica está del carajo, me contaba Antonio. Con 5 millones de desempleados y una economía zurcida con alfileres, nadie se atreve a mantener un talante optimista. Las pensiones son excesivamente gravosas para un país cuya tasa de natalidad tiende a cero. Debido a la crisis, el gobierno de Zapatero se vio en la necesidad de aplicar medidas de recorte que estaban en las antípodas de su programa de gobierno, como lo fue disminuir el sueldo de los funcionarios en un 20%, incluso a los que aún no lo son, por ejemplo, los profesores sin contrato definitivo.
La burbuja inmobiliaria ha estallado y miles de personas han sido despojadas de sus pisos, casas y departamentos, quedándose sin hogar, pero con una deuda impagable. Es este contexto, la necesidad de encontrar un chivo expiatorio para lavar las culpas propias ha llevado a la execrable práctica del racismo,  como si los migrantes, los otros, fuesen causantes de la debacle económica y social. Mala leche corre por las venas culturales de los descerebrados que prefieren culpar al extranjero antes que pensar con hondura sobre los propios yerros.
De todo esto platicamos Antonio y yo en algún lugar del Barrio Antiguo de Monterrey.  Ahora pienso que mucha gente preferiría pasar hambre a vivir cotidianamente bajo la amenaza de muerte. Lo triste del caso es que no se avizora un futuro optimista, mientras tanto los políticos pelean sin descanso por el poder y el dinero.

*Miembro del Sistema Nacional de Investigadores
 




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