Friday 20 de January de 2017

Liliana, con la frente en alto

Fue recluida por un delito que \"no cometió\"

     19 Mar 2013 03:20:00

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Su pequeña hija Milagros le da esperanzas para salir de la cárcel. (Miguel Miguel Correa)
Su pequeña hija Milagros le da esperanzas para salir de la cárcel. (Miguel Miguel Correa)

 

 

 


“Era una camioneta de agencia, cuando me subí olía a nueva y aún tenía los plásticos; pasamos varios retenes, pero aquí en Las Palmas a los soldados se les hizo raro que estando nueva goteara gasolina y yo accedí a que la abrieran, sin saber que ahí estaría el cargamento”, recuerda Liliana tras nueve años de reclusión en el Cereso femenil de Cieneguillas.
Alta, rubia y con ojos brillantes, Liliana ha recuperado la esperanza que perdió en 2005, tras ser apresada cuando viajaba rumbo a Ciudad Juárez como guía de un norteamericano al que sus compadres le pidieron que acompañara hasta la frontera porque no conocía el país.
“Cuando ingresé al penal sentía que me moría, me rehusaba a aceptar lo que había pasado porque yo no sabía en lo que me habían metido, me dolía el alma y pensé que no lo soportaría”, asegura.
Recuerda que todo comenzó en Colima, donde vivió por espacio de dos años con sus dos hijos y su esposo hasta que este último murió víctima de un accidente. Ahí conoció a los tíos de su difunto marido, que posteriormente se convirtieron en sus compadres y a los que se acercó como refugio luego de haber dejado a sus amigos y familiares en Puebla, de donde es originaria.
Aunque estudió una carrera técnica en Comercio Exterior, confiesa que nunca ejerció, y tras la muerte de su esposo regresó a Puebla para dedicarse a vender ropa, actividad que le demandaba fuertes inversiones.
Por ello en una ocasión recurrió a los tíos de su exmarido, quienes amablemente se ofrecieron a prestarle dinero en reiteradas ocasiones hasta que en un dado momento la invitaron a una fiesta y le pidieron un favor.
Nunca imaginó que ese favor le costaría 10 años de su vida tras las rejas, lugar donde aprendió a conocer la diferencia entre lo bueno y lo malo, a perdonar y a revalorara la libertad.

Los amigos se conocen en el hospital y en la cárcel
Desde su llegada al reclusorio Liliana jamás fue visitada por sus antiguas amistades. Hoy en día ha entablado relaciones afectivas con las decenas de internas que ha visto pasar su celda y con las voluntarias de los grupos de apoyo que acuden al penal.
“Como dice el refrán, los verdaderos amigos sólo se conocen en el hospital y en la cárcel, aquí nunca me ha visitado nadie de mis anteriores amistades, los únicos que vienen cada tres o seis mese son mis familiares”, comenta.

Una lección que nunca olvidará
Las amarguras que la detención le trajo a Liliana algo le han dejado claro: jamás volverá a confiar en nadie y jamás pedirá un favor.
Sus objetivos una vez que salga del reclusorio serán concentrarse su familia y en ser feliz. La última de sus tres hijos, la pequeña Milagros, nació en la cárcel, pero en ella ha depositado sus esperanzas.
Tampoco le tienen medio estigma, pero sí le causa temor el sistema. Su experiencia en la cárcel le enseñó que la discriminación contra la mujer no se ha terminado y que está presente hasta en los jueces y en las leyes.
“Aquí he visto llegar a mujeres que fueron detenidas con sus parejas por los mismos delitos, pero ellos siempre salen primero y eso no es justo, es discriminatorio, además de que no saben el daño que le causan a las familias cuando nos recluyen sin pensar en los hijos que dejamos a expensas de la miseria”, lamenta.

mayra_selene@imagenzac.mx




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