Thursday 23 de March de 2017

Los cristianos, llamados a ser luz del mundo

El Día del Señor

     6 Feb 2011 04:00:00

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'Jesús y el centurión' obra del pintor italiano, Pablo Veronés.
'Jesús y el centurión' obra del pintor italiano, Pablo Veronés.

1.- INTRODUCCIÓN
El domingo pasado hemos reflexionado en el tema de las Bienaventuranzas como dicha y luz de Cristo. Hoy, al hablar con Cristo acerca del hecho de ser los cristianos luz del mundo y sal de la tierra, los invito a reflexionar cómo esa luz y vida del Señor se participa llevando a cabo nuestra vocación cristiana, precisamente de ser “luz del mundo y sal de la tierra”.
Este tema es siempre de grande actualidad y de manera peculiar en estos tiempos en los cuales, podemos constatar cuánta tiniebla y obscuridad de pecados se dan en la humanidad a lo largo y ancho del planeta. Nuestra fe cristina debe estar sólidamente fundamentada en Cristo, roca angular y firme basamento.
Ante las penas, retos y esperanzas de los hombres en la actualidad, a través de las múltiples culturas, modos de pensar y actuar, que no siempre van de la mano con el evangelio de Jesús, revelador del Padre y salvador del mundo; es necesario retomar nuestra vocación de esperanza expresada en ser “luz del mundo y sal de la tierra” de acuerdo con la enseñanza del evangelio de este día.

2.- SER LUZ DEL MUNDO Y SAL DE LA TIERRA CONFIEREN AL CRISTIANO SU PROPIA IDENTIDAD
Primeramente reflexionemos que ser los cristianos “luz del mundo”, se entiende en una doble dimensión:
1ª.- La palabra de Dios nos revela que la luz de nuestra existencia de fe activa, es “interior”. El profeta Isaías dice: “Surgirá tu luz como una aurora”, quiere decir que desde dentro del corazón, al hacer obras de misericordia, como compartir el pan con el hambriento, abrir nuestra casa al pobre sin techo, vestir al desnudo y no dar la espalda a los propios hermanos, brota la luz del amor, de la compasión y de la solidaridad.
2ª.- La segunda dimensión de nuestra luz como cristianos, es la irradiación de nuestra luz interior. El salmo de este día nos hace decir: “El justo brilla como una luz en las tinieblas”.
Es la luz de su fe testimoniada como servicio, como esplendor de una vida auténticamente cristiana, que se desarrolla en medio de las culturas, para que brille sobre ellos la luz del evangelio a través de las buenas obras que cambian la faz de la tierra, haciendo que los hombres pasen de las tinieblas del egoísmo y el orgullo que clausuran la generosidad de las almas, a la donación como Cristo, autor de la dignificación de sus seguidores para que sean testigos, discípulos misioneros irradiando la energía y el esplendor de su mensaje evangélico.
En segundo lugar, ser “sal de la tierra”, quiere decir, que los cristianos con su vida limpia, con el ejercicio de las buenas costumbres y virtudes nacidas del evangelio de Jesús, se ordenan a dar “sabor” y a preservar de la corrupción el comportamiento moral normado por las Bienaventuranzas, los mandamientos de la ley divina y con la plenitud de la ley que es el amor a Dios y a los hermanos.
La identidad cristiana, queda pues definida con estas parábolas del evangelio: ser “luz del mundo” y “sal de la tierra”.

3.- LOS CRISTIANOS DEBEMOS SER TESTIGOS DE CRISTO Y SU MENSAJE CON LAS ACTITUDES DE SENCILLEZ, HUMILDAD Y CON LA SABIDURÍA DIVINA
Los cristianos debemos asimilar y hacer vida propia el mensaje de Jesús, desde las actitudes de sencillez, humildad y con la sabiduría divina, en oposición a la vana elocuencia y al afán de “aparecer” y “brillar” con aspiraciones meramente egoístas y buscándose a sí mismo.
La vida cristiana para ser “luz del mundo” y “sal de la tierra”, debe estar impregnada de los mismos sentimientos y actitudes de Cristo Jesús.
San Pablo lo ha entendido justamente cuando afirma en su primera carta a los corintios (segunda lectura de hoy): “cuando llegué a la ciudad de ustedes, para anunciarles el evangelio, no busqué hacerlo mediante la elocuencia del lenguaje o la sabiduría humana, sino que resolví no hablarles, sino de Jesucristo, más aún, de Jesucristo crucificado”.
Al dar razón de nuestra fe, no hemos de querer convencer a otros con nuestros propios argumentos y fuerzas humanas desvinculadas de la gracia divina. La adhesión de fe no es de tipo puramente humano, sino verdadero fruto y acción del Espíritu Santo, que la suscita en el interior de las conciencias y de cada persona en el ejercicio de su libertad y propia responsabilidad.
Por otra parte, Cristo cuenta con nosotros y Él habita en nuestros corazones para hacerlo presente en el mundo a salvar y en medio de retos y sufrimientos, incluso la persecución y la muerte.

4.- CONCLUSIÓN
Los invito a que en este día, bendigamos a Dios, porque nos ha destinado en Cristo a ser “sal de la tierra” y “luz del mundo”, para que demos “sabor” alegre a un mundo insípido y en muchos ambientes, triste. Pidamos al Señor dar luz a un mundo que rechaza la presencia y la acción de Cristo, sumiéndose en la ignorancia, la indiferencia y en el abismo de la negación de Dios.
¡Invoquemos al Espíritu Santo, para que seamos valientes heraldos de Cristo en la Iglesia y en el mundo, para que la noche del pecado y de la muerte sin apertura a la trascendencia, se haga luz, irradiando de esta manera, esperanza y sano optimismo con gozo y paz!...

*Obispo Emérito de Zacatecas




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