Monday 23 de January de 2017

Los impacientes algoritmos

Cartas desde el exilio

     6 Jun 2011 04:00:00

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Leirbagh estaba harto de los algoritmos impacientes, de las promesa de los arengadores inmorales, de los creyentes de aquellas inverosímiles promesas, de los chacales sedicentes, de los gobiernos bandoleros, de los vecinos impasibles, de los llantos, las penurias y la consumada tristeza.
Decidió, entonces, abandonar la Historia para salir de la cruenta narrativa social.
Peregrinó por ciudades, valles y montañas hasta encontrar la bien delimitada frontera entre el tiempo humano y la esfera de la Eternidad. Dio el decisivo paso sin
pensarlo 7 veces, y de golpe la transmutación del mundo desapareció. Antes de convertirse en impasible roca, Leirbagh alcanzó a sentarse en una encanecida rueca. Desde aquella estabilidad podía contemplar la metamorfosis del universo humano y constató que no era duplicado del Cosmos, como algunos teólogos y poetas sibilinos habían intuido.
Por el contrario, aquél tenía la forma de un laberinto tortuoso e inexpugnable, parecía un tejido azaroso configurado por una tensión y colisión permanente de deseos, pasiones, intereses, fines, medios, esperanzas. Había también metaficciones creadas con el objetivo de mitigar el dolor y la violencia de la convivencia social. Algunas de las entelequias eran signos de la desgracia e impotencia de los hombres: Dioses, Monarquía, Razón, Verdad, Democracia, Estado, Justicia, Ley, Valores, Mercado, Amor, Libertad, Igualdad, Fraternidad, Comunismo, Eternidad.
Detrás de estos artificios había una genealogía de la barbarie que la retórica de la belleza intentaba obnubilar, pero que en realidad ahondaba el carácter paradójico suyo. Allí donde se declaraba el amor por la humanidad, se perseguía, simultáneamente, al disidente, hereje fabricado por las mismas inteligencias abyectas que gestaron la quimera del afecto universal. O donde el fervor por la mano invisible del automatismo económico se imponía, el terrorismo de la acumulación material aplastaba la vida espiritual de las personas, imponiendo las verdades del éxito y del dinero.
Leirbagh podía apreciar con espantosa perfección este trasiego de sanguinarias luchas a las que se intentaba enmascarar mediante la aplicación de maquillajes épicos y tintes heroicos. Por un momento sintió horror, luego compasión, finalmente llegó la tranquilidad al saberse ajeno a la Historia y al poder constatar que el Cosmos contenía transfiguraciones armónicas, en ocasiones violentas, pero nunca originadas por una voluntad de consciente aniquilación del semejante. Su potencia era transparente, lucha abierta entre energía y entropía, discurriendo como los hacen las formas musicales.
Sin embargo, en cuanto estas ideas e imágenes cesaron, Leirbagh advirtió que la región de la Eternidad era una más de las metáforas creadas por los hombres para darse un respiro en su camino a la debacle, a la perpetua resistencia o en su retorno a valorar los prodigiosos dones gratuitos.
*Miembro del sistema
nacional de Investigadores




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