Monday 23 de January de 2017

Los mundos espectrales de Aroki

Cartas desde el exilio

     19 Sep 2011 03:30:00

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Aroki tenía la ventaja de ser invisible por voluntad propia. Dejaba de habitar por algunas horas las coordenadas de tiempo y espacio. Bastaba con pronunciar la palabra “imago finito” y de golpe pasaba a un mundo intermedio donde personas y cosas, paisajes y vidas, se tornaban ilusorias, aunque jamás desaparecían, simplemente pasaban a un segundo plano.
Como Aroki era inteligente, no empleaba esta facultad misteriosa para realizar trampas o sacar provecho impúdico de sus actos. Todo lo contrario, utilizaba esta gracia para sustraerse del mundo vulgar, de las insidias, los ultrajes, las necedades, las conspiraciones y las repugnantes intrigas.
Las desapariciones frecuentes le permitían replegarse en sí mismo para devorar libros, escribir reflexiones, aprender canciones, pintar cuadros, pensar en mundos alternos; para realizar experimentos gastronómicos y sentarse junto a su árbol preferido a escuchar música; para honrar la memoria de sus padres, tíos, hermanos, primos y abuelos. En fin, para celebrar y sacralizar a “zoé”.
Después de sus viajes espectrales, retornaba al mundo cotidiano casi siempre enriquecido, aunque a veces la melancolía inundaba la vida suya por largos periodos. Por este motivo, Aroki experimentaba una suerte de desfase temporal que propiciaba la caída de su ser en el torbellino de las paradojas y en la espiral de un discurrir histórico fragmentario e interior, con frecuencia liberado de las progresiones lineales.
Aquellos arrebatos de invisibilidad eran pausas subjetivas, momentos personales arrancados al fluir de la existencia que se transformaban en caminos alternos y proliferantes, los cuales proyectaban, a la vez, haces de infinitas rutas simultáneas. Mientras tanto el tiempo objetivo proseguía su voraz impulso laberíntico. Cuando Aroki retornaba a la visibilidad, algunas cosas habían cambiado y otras toscamente persistían dentro de la repetición inconmensurable de lo mismo: la estupidez, las bajas pasiones y la mezquindad.
Entonces Aroki pegaba sus horizontales ojos en la vitrina del mundo y trazaba y coloreaba vías diferentes sobre ésta, indicando los puntos de fuga y las fracturas del castillo. Sus planos, pletóricos de inocencia infantil, eran diseños imaginarios, expresiones de una existencia posible que deseaba transitar. No eran territorios de insulsa felicidad, sino esbozos de un trágico andar que contenía, al mismo tiempo, momentos extáticos e instantes dolorosos.
En realidad, los enigmas de la vida y la muerte eran pilares de este mundo imaginado donde las complejas encrucijadas y los profusos vericuetos provenían de la tensión mantenida entre ambos polos. Incluso, Aroki concibió los dioses de su mundo como una suerte de proyecciones de los deseos y temores de sus habitantes. No eran éstos figuras trascendentes, sino humanos demasiado humanos.

*Miembro del Sistema Nacional de Investigadores




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