Friday 20 de January de 2017

Maestro de la calle

Cartas desde el exilio

     28 Feb 2011 04:00:00

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Conocí a Poncho Ramos en el bar El Cid de Monterrey cuando las noches podían transitarse sin violencia, ni sobresaltos. Era un músico sin adjetivos, simplemente era excepcional.
Recuerdo aquella vez que lo vi tocando el piano con la mano derecha, al tiempo que tocaba con la izquierda el trombón de émbolos.
En lo personal, sentía un gusto especial por la manera en que Poncho tocaba el contrabajo, sobre todo el jazz. La velocidad con la que surgían de su mente los patrones de improvisación demostraban sus dones místicos, es decir, la conexión integral que tenía con el proceso metafísico de la creación.
Sí, Poncho Ramos era un creacionista, como lo fue Vicente Huidobro para la poesía. Incluso en la vida diaria de aquél, la música encarnaba el arquetipo de la madre benefactora y nutriente.
Nos decía a los jóvenes que acudíamos a escucharlo frases como esta: “Hoy hablé con mi madre la música y me dijo que dedicara más tiempo al estudio de la armonía”.
Esto lo dotaba de una aureola extática que sólo tienen aquellos que están poseídos por los dioses.
A veces se largaba peroratas sobre la música, donde ponía en entredicho la supuesta superioridad de la ciencia respecto del arte. Ponía de ejemplo a Bach, ya que, según él, había en sus piezas una exactitud y rigurosidad compositiva que rebasaba con mucho los métodos científicos.
Pero, además, aquella música era la forma que tomaba el ser de Dios cuando ésta lograba evocarlo con precisión.
Poncho tenía un cierto parecido físico a Agustín Lara, flaco y fumador, bohemio y trasnochado, brillante y agudo, en ocasiones, autodestructivo.
Su mirada siempre habitaba el espacio celeste, su voz pausada y medio ronca se dejaba escuchar con excesiva prudencia o acaso con profunda timidez.
Hablaba poco, lo necesario para dejar huella en el interlocutor, lo suyo era el lenguaje musical, que a la vez era corporal.
Para eso estaba la música, para expresar los deseos inasibles, las sensaciones elusivas, las tragedias indecibles, los placeres divinos.
Exactamente donde el lenguaje llega a su límite brota un código alterno de sonidos y silencios, de ritmos y compases, de melodías y armonías que comunican procesos inefables.
Poncho Ramos hablaba con el “lenguaje” musical, expresaba los vericuetos del alma suya, los vínculos gozosos que lo unían al cosmos.
Creo que Poncho nació en Concepción del Oro, semillero de grandes músicos. Su paso por el mundo fue decisivo para muchos jóvenes que buscaban adentrarse en los rizomas del jazz.
Ofició música desde la calle, inició a muchos en los bares de Monterrey, empujó carreras profesionales a partir de las noches bohemias.
*Miembro del SNI




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