Wednesday 18 de January de 2017

¿Manejo y gestión de los centros históricos?

     23 Nov 2011 04:00:00

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Como las capas del tronco de un árbol, las ciudades ancestrales podrían revelar las edades de las civilizaciones que las fundaron y habitaron; luchar por conseguirlo sería una verdadera aportación de nuestra generación en la era del racionalismo urbano” y no la bárbara tradición de arrasar las fincas que no hicimos por complejo de inferioridad con los grandes constructores del ayer o por mero instinto destructivo.
La UNESCO que no puede consigo misma, disminuida, con cada vez menos recursos (inmersa en polémicas geopolíticas que le han costado perder los patrocinios de no pocos países contribuyentes), y, con tantas responsabilidades culturales y educativas a cuestas, confirma el adagio de: “quien mucho abarca poco aprieta”.  
Se ha instalado en el relativismo de sus causas formales y en medio de congresos y foros modernistas ha tejido una leyenda que la exculpa de la misión que le corresponde en el tema del patrimonio monumental de la humanidad y consigue deliberadamente la legitimación  de la traición a la causa real de su justificación en ese rubro.
Ha salido  a fomentar soluciones tibias y asistemáticas a la tutela de la dignidad y a la fidelidad de la fisonomía de esos lugares  y de  sus cualidades genuinas; en otras palabras, se ha dejado llevar  por la inercia de los intereses del neoliberalismo económico que todo lo corrompe mientras carcome los sitios antiguos al hacer brotar entre ellos edificaciones desechables e intrascendentes a las que les denomina pomposamente “presiones inmobiliarias” cuando eso es bastardía constructiva y nada más.
Con el auspicio de la UNESCO se han celebrado al menos 11 encuentros internacionales sobre el “Manejo y gestión de centros históricos”, en general, sus objetivos se basan en medidas programáticas de largo plazo y supuestos mecanismos de manejo de los lugares en aras de  sustentabilidad, que son indiscutiblemente aspectos convenientes pero, que no  incorporan la urgente corrección de los atropellos que han humillado dichos espacios, y que atrapan la atención como trofeos del fracaso de la conservación del sitio; en un mar de eufemismos le  llaman a esa bandera: “revitalización o rehabilitación de centros históricos” en vez de asumir la “preservación estable de los sitios salvados  y el rescate integral y contundente de los lugares rescatables”. O sea que, se conforman con un de aquí para adelante, que vale poco cuando lo que se ha perdido podría repararse en parte o arreglarse para disminuir las cicatrices que destrozan la armonía del conjunto.  
La UNESCO como el corcho en un estanque flota en la comodidad impotente pero, por sus posiciones teóricas parece que se excusa en una comodina impotencia, la que se nutre de la resignación complaciente por el desorden de los paisajes urbanos monumentales “protegidos”.
Así se sale del círculo del problema por la tangente  y toma  la ruta fácil, la creada por los obsesos de lo kitsch (grotesco) dispuestos a preñar de cristales  templados, estructuras metálicas  y tubos de acero los espacios ancestrales para darles “toques de presente”.
 Los planes de manejo y gestión de los centros históricos se fincan en la rehabilitación y revitalización: un catálogo de acciones de mantenimiento cosmético como campañas de retirar chicles del suelo, retirar guano de palomas, pintar rejas de balcones, y de atrios de templos, reponer estucos y encalar muros, en el mejor caso proteger fachadas con mayas para evitar a las palomas, iluminación, colocación de cámaras de seguridad (que suelen afear, a veces llegan a retirar algún toldo desvencijado; sin embargo suelen dejar incólumes marquesinas postizas, portones anacrónicos, luminarias y anuncios prohibidos (según los lineamientos) venatanales indebidos, chipotes en las azoteas,  cristaleras y adefesios que podrían arreglarse para evitar desentonar, y creen que lo anterior se compensa con hacer peatonales arterias mediante colocación de pisos de cemento, borrando banquetas de baldosas añejas  arrancadas sin más e igualando bajo una torta de material nuevo la calle  rellenando  el antiguo  canal vehicular como lo hizo el Gobierno del Distrito Federal en la Avenida Madero en la Ciudad de México o colocando bolardos infames de cemento -tan gruesos como los de un autódromo- como los que puso el ex Secretario de Turismo de Zacatecas en el Callejón de San Agustín.
Si a eso que arriba apenas se describe se le llama rehabilitación, el destino de los Centros Históricos es su hipócrita destrucción selectiva bajo la justificación de conceder permisos y “soluciones innovadoras” para hacer que el lugar se vuelva visitable y habitable y por supuesto rentable para comerciantes y hoteleros codiciosos consentidos por gobernantes invertebrados.
Rehabilitar desde el esquema UNESCO  es una fórmula de  alcances  atenuados que se nulifican si se dejan intocadas las fechorias que agreden el lugar y más si en paralelo se permiten nuevos quebrantos bajo el amparo de ser soluciones remediales con la modernidad desenfrenada como dejar por omisión absurda que se alcen edificios modernos cerca de los perímetros del sitio robandole el encanto antiguo al lugar, permitiendo toldos y terrazas a gusto de los propietarios etcétera.
O se defiende un sitio con coraje, decisión e inteligencia o se deja hundir  y eso está ocurriendo con la parte histórica de la Ciudad de Zacatecas,  la decadencia del casco viejo y su contexto comenzó durante el mandato de Arturo Romo Gutiérrez y se agudizó en el sexenio anterior por la mustia indiferencia de una gobernadora invisible pero complaciente con sus creativos secretarios de obras públicas y de turismo;  el sumiso entusiasmo contemplativo de la Junta de Monumentos y combinado lo anterior con la peligrosa ignorancia del alcalde de la capital. A más de un año de gestión el nuevo gobierno preocupa que opte por seguir la tendencia imperante.

fjacuqa@hotmail.com   
@f_javier_acuna




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