Friday 20 de January de 2017

Mi delito…buscar una vida mejor

Historia de vida

     27 Feb 2011 03:40:00

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La historia de un hombre que salió de Chiapas, con la esperanza de obtener una vida mejor para él y su familia. El miedo a perder la vida en su travesía no fue suficiente para apagar su deseo de llegar al sueño americano.

Quien es él
Es un hombre de 37 años, su estatura apenas alcanza 1.55 metros, de complexión delgada. Su rostro sobrequemado por la exposición constante al sol y a las inclemencias del tiempo, muestra la huella evidente del dolor y del hambre. Calza unos tenis de un número mucho más grande que el suyo, “me los regaló un joven, yo traiba mis huaraches”
Viaja con apenas unas pocas pertenencias en su mochila, carga dos playeras, dos pantalones, unos calzoncillos. En su memoria, una fotografía de la familia que deja. En sus ojos las lágrimas del dolor crudo, de la impotencia e incertidumbre y sobre todo de la desolación de dejar a sus seres más queridos a la deriva total.

Su historia
“Me da mucho miedo hablar con usted, no vaya a ser del gobierno y me regresen a Chiapas”. Le explique que solo quería conocer de viva voz primero la motivación de dejar todo, luego conocer qué es lo que atraviesan y sobre todo dar a conocer cómo es que existen tantas personas en condiciones de vida tan desesperadas que requieren atravesar un país completo, para obtener algo de dinero que les garantice una vida mejor.
Allá no hay trabajo, uno le entra a lo que sea, he trabajado talando el monte, buscando plantas para medicinas, en la obra, de ayudante, de lo que caiga. Por una jornada desde que amanece hasta las 6 de la tarde cortando árboles, me daban 30 pesos. Pasaba el patrón por nosotros a las 5 de la mañana y recorríamos 80 kilómetros para llegar al monte y de ahí hasta la tarde.
Los que pueden se llevan su comida y ahí se la comen la mayoría, así nos la aventamos hasta la noche que llegamos a la casa de uno. No nos dan seguro social y si alguno se accidenta el patrón lo lleva al hospital comunitario. Es muy dura la vida allá. Mis hijos no van a la escuela, no hay con qué mandarlos. Tengo cinco hijos, el más grandecillo ya anda en los 13 años, de ahí para abajo se llevan 2 años exactitos.
Al mayor ya me lo llevaba pa'l monte. Pero está chavillo y mal nutrido, no aguanta tantas horas en el sol. Me decidí a venirme porque la última vez mijo se me desmayó, no habíamos comido nada y ya pa' el mediodía mijo me decía que tenía hambre y ni qué darle, le dije que se sentara un rato, pero el capataz no lo dejó y al ratillo se me desmayó mijo.
Eso duele, le duele a uno como hombre de no poderle dar a sus hijos ni pa' que coman.
A mis otros hijos no les va mejor, la mujer se la averigua para darles de comer, les hace sus tortillas y sus frijoles negros, en veces nada más una vez al día.
No tenemos agua potable, hay que caminar mucho con los botes para traer. Así se quedó mi familia, solo que ahora ni los 30 pesos tienen. Están esperando que yo les empiece a mandar dinero.

Un mes
Ya llevo como un mes y apenas he podido llegar aquí. Dicen que apenas voy a la mitad. Los compas dicen que la gente de aquí es la que más ayuda a uno. Hace rato vino una señora y nos trajo un poco de comida. Ya siquiera para calmar el hambre, sabe cómo estarán mis hijos, no hay ni como hablarles.
Salí con 200 pesos que habíamos juntado. Ya no traigo nada. Llegando a Puebla nos bajaron unos policías y pensaban que éramos centroamericanos. Estuvimos dos días en la cárcel. Nos dejaron ir porque pagamos la multa.
Éramos seis, dos mejor ya no le siguieron. Ahí vímos a otros compas que nos dijeron que andaban matando a indocumentados, acá para el norte. A esos compas sí les dio miedo. Yo mejor si le seguí, quiero llegar a California, allá esta un hermano y trabaja en las uvas.
Tengo que llegar a Tijuana, ya me habían dicho que así por el tren no voy a llegar, que mejor junte y me vaya en el camión. Pero mejor llego más al norte y así pidiendo en los cruceros junto para el pasaje que ya me va a salir más barato.

Miedo
Cuando salí de mi casa, sentí muchas ganas de llorar. Dejarlos ahí, solos, a la buena de mi Padre Dios. Sin dinero ni para que se coman una tortilla.
Mis hijos chiquitos no tienen ni huaraches menos van a tener zapatos cerrados. Nomás de imaginármelos como estarán ahí solos sin comer o si ya se enfermarían.
Yo no sé si volveré a ver a mis hijos, ni a mi mujer. Los peligros son muchos. Ando lastimado de la pierna, me caí del tren no me agarré bien, antes no me arrancó la pierna, me alcancé a salvar.
Me da mucho miedo morirme o que me maten, la única fuerza que me acompaña es la de poderles dar a mis hijos lo que necesitan, que puedan ir a una escuela y salgan de la comunidad.
Ahí donde vivo se usa que a las niñas las cambian por comida, hasta por refrescos, el hambre es mucha. Se las llevan a trabajar, dicen que a trabajar para hombres, yo no sé, pero yo tengo que poder sacar a mi familia adelante. Si me muero no se qué pasará con ellos.
No le puedo decir mucho de lo que a uno le da más miedo en esto. Pero acabar muerto en el monte sin que nadie sepa ni quién es uno, o acabar muerto a balazos.
Así les pasa a muchos se van y no se vuelve a saber nada de ellos, nunca se sabe si llegaron, o los mataron. Otros regresan pero muy mal. Se meten en las drogas y se envician con el alcohol. Eso es muy fácil aquí porque uno extraña a los suyos, uno se siente muy solo, con frío y hambre, a veces uno no sabe ni dónde está. Menos sabe uno cuánto falta para llegar, ni si llegará, el dolor llega, yo he llorado todos los días desde que salí.
Mire aquí traigo la tarjeta de una licenciada que de derechos humanos, me la dio y me dijo que le llamara si necesitaba algo.
Cuando me caí, le llamé y sabe qué me dijo, que no se acordaba de mí, que el número estaba mal. Lo marqué más veces, pero ya no contestaba. Eso duele mucho porque para qué se acercan a uno, por eso yo no quería hablar con usted, luego nomás le echan a uno encima a la policía.

Perseguidos
En otra ciudad, se me hace que era llegando a Guanajuato o sabe dónde, duramos escondidos unos días en el monte, porque la policía nos andaba buscando.
Ese día estábamos pidiendo así como aquí, nos dijeron que les pasáramos una mochada de lo que sacáramos, que querían 500 para la tarde o nos cargaba la fregada. Que esa era la cuota para dejarnos estar ahí.
Mejor nos fuimos, nos dio miedo porque a veces uno no saca ni 50 pesos, la gente sí da, pero de a peso. Nos fuimos al monte pero nos perdimos, duramos como tres días hasta que llegamos a una vía.
Toda mi gente somos indígenas, muchos no hablan ni el español, el gobierno nomás nos promete, pero nunca llegan.
Aquí se ve todo muy diferente, me dan ganas de quedarme aquí a trabajar, dicen que más pa'l norte se ve todo mejor, que no hay pobreza ni hambre. Yo aprendí el español porque me arrimé con una maestra, ella me enseñó. Si no, sabe qué sería de mí.

Delincuente
Desde el día que salí de mi tierra me he sentido como un criminal, como una persona que hizo algo muy grave, estoy en mi mismo país y me tengo que andar escondiendo.
Yo sólo busco un poco de dinero para que mi familia tenga para comer y ver si puedo mandarlos a la escuela. Me da miedo no poder lograrlo, me da miedo que me maten y mi gente nunca sepa de mí y piensen que los abandoné.
Si aquí en tierra de uno lo tratan así, Dios me ampare de lo que me espera allá, pero si ese precio debo pagar para que mis hijos tengan para comer lo voy a hacer. Perseguido y muerto de hambre aquí, allá aunque me persigan, podré dejar de ser muerto de hambre.

Vida difícil
¿Qué pasa con aquellas personas que se han visto obligadas a migrar?
En los países de destino, les espera una situación nada halagadora, tendrá que subsistir en circunstancias difíciles; ya que todo lo que les contaron no era tan cierto y el ofrecimiento de sus amigos o familiares que los iban ayudar tampoco se cumple.
De esta forma comienza un nuevo momento en las vidas de los inmigrantes, quienes tienen que realizar trabajos en los cuales no se les paga lo justo y que a duras penas alcanza para subsistir (pagar el derecho a una cama que servirá para descansar, luego de las largas jornadas de trabajo que en la mayoría de casos va mas allá de las 12 horas al día para cumplir con lo prioritario, subsistir y enviar algo de dinero a sus familias). Pero también se ven trastocados los elementos culturales de las personas que migran, ya que se encuentran en sociedades que son diferentes culturalmente, en gustos, en sus formas de alimentarse, en sus expresiones musicales, en su idioma, en el trato, en su forma de vida, en la forma de ver y entender el mundo mismo.
Para el migrante, la exclusión continúa en el “exilio dorado” y en la trastienda de la opulencia, tengan o no su situación regularizada, padecen numerosos problemas de desarraigo social y cultural y afrontan serias dificultades para poder integrarse como ciudadanos de pleno derecho, además de soportar actitudes xenófobas y racistas, discriminación, explotación laboral, hacinamiento, inseguridad y olvido. A este agrio contexto, se añade el endurecimiento de la política migratoria, con leyes impositivas que prohíben el ejercicio de derechos humanos fundamentales.

* Perito en Psicología Forense
azul.iv@hotmail.com




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