Tuesday 24 de January de 2017

Mi delito… destruir a mi familia, destruirme yo

Historia de vida

     13 Mar 2011 03:30:00

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Este asunto, lo atendí en el año 2004, este caso en particular, es interesante por que el hombre protagonista, acepta que tiene un problema grave para controlar su ira, con el alcohol y con el desapego a la relación y vinculación afectiva familiar.
Logra en verdad arrepentirse de todo el daño que le causó a su familia y a sí mismo, buscando ayuda profesional para su rehabilitación. Hoy se acerca a mi, para pedir que su historia se publique y sirva de ejemplo.

Quién es él
Es un hombre, profesionista, con un futuro económico sólido, de 43 años de edad, de 1.72 metros de estatura, de complexión robusta, bien parecido, muy educado al hablar, no es fácil imaginar que ese hombre perdiera los estribos y el autocontrol, trasformándose literalmente en otra persona.
Padre de tres hijos, dos niños y una nena, en su matrimonio. Con una relación extramatrimonial, con un bebé en camino, y una vida que comienza a disolverse entre el alcohol, y las parrandas, pero sobre todo con la intolerancia y violencia con la que trataba a su familia y a sí mismo.

La historia en su voz
Me casé con una mujer muy guapa, siempre la he amado, con ella tuve tres hijos. El mayor tiene 12 años el que le sigue 8 y la nena 3.
Desde el inicio de nuestro matrimonio empezaron los problemas, porque mi esposa no toleraba que yo estuviera muy poco en la casa.
Yo estaba trabajando, el problema real comenzaba cuando terminaba mis labores y salía a tomar una cerveza con el pretexto del agotamiento por el trabajo.
Esa cerveza se convertía en un six, luego algo más fuerte y terminaba completamente borracho.
Llegaba a casa, furioso de que alguna mujer en el bar no me hubiera hecho caso y me hubiera acompañado a algún motel. Para mí el rechazo se debía a que estaba casado. Y solo bastaba que mi esposa me preguntara en donde había estado para comenzar una discusión, recuerdo que le decía que no me anduviera preguntando, que yo sólo le debía respeto a mi madre.
Si ella permanecía acostada, con eso bastaba para sacarla de la cama a golpes, ella me decía que ya no le pegara porque estaba embarazada, a mí no me importaba, yo sólo quería sacar el coraje, la aventaba contra la cama, contra la pared, le decía que no valía nada, que estaba gorda y horrible.
Su embarazo cambió muchas cosas en mí; no me gustaba verla gorda, ni sus molestias, y menos que vomitara, eso me daba repulsión, era más simple buscar a mujeres en los bares o tratar de seducir a alguna compañera guapa del trabajo.
Cuando nació nuestro primer hijo, no voy a negarlo, sí me dio mucha felicidad, pero entre el llanto de todas las noches, los reclamos de mi esposa, y verla siempre desarreglada los problemas no se hacían esperar. No sé cómo describir la furia que me provocaba, comenzaba a sentir algo incontrolable y no podía dejar de gritar, insultar, y claro, golpearla.
La primera vez que le dejé el ojo morado sentí un terrible sentimiento de culpa que nunca exterioricé, al contrario, le recalqué que se lo merecía, porque no me comprendía.
El niño fue creciendo, salíamos, lo llevaba a comprar un helado, pero el único momento que yo estaba tranquilo era cuando estaba en casa de mi madre; ahí todo era distinto, yo me mostraba cariñoso, tolerante, y nadie se imaginaba que yo podría tratar de mala manera a mi esposa.
El niño en su etapa de berrinches me desquiciaba y si ella no lo callaba rápido contra ella me iba, yo la golpeaba y el niño me decía “ya no papi”, “no le pegues”, sólo le decía “cállate o a ti también te pego”.
Se volvió a embarazar en una de esas que me entraba el arrepentimiento, cuando ella en su intento por cambiar las cosas, se iba con su madre; yo solo en la casa tomaba y tomaba de cualquier licor, el detalle era embrutecerme para, según yo, agarrar valor para ir por ella.
La buscaba, le pedía perdón, le juraba que todo cambiaría, que jamás le volvería a pegar, la llevaba de compras, la llevaba a comer. Llegábamos y teníamos la mejor intimidad, duraba así un par de meses, después todo volvía a ser como antes.
Describir lo que me hacía ir perdiendo el interés es muy difícil, yo no sé, simplemente lo sentía, me daba coraje ver su mirada de miedo, que me hablara de lado…(ahora entiendo que era por el pánico que le causaba mi mirada). A pesar de todo ella me amaba, eso también me molestaba, porque estúpidamente no tenía pretexto para serle infiel.
Yo, en cambio, me portaba celoso, posesivo, para mí ella solo debía estar en casa, atendiendo a los niños y esperándome a mi, no le daba dinero, le surtía la despensa y si ocupaba algo tenía que ser después de pelear con ella y de humillarla porque para mí no valía nada y me esmeraba en hacérselo sentir.
En mi trabajo, con los amigos y con otras mujeres, me portaba extraordinario, amable, bromista. Mi discurso, “ella (mi esposa) no me atiende, golpea a los niños, nunca se arregla, la voy a dejar”, esto funcionaba como un gancho perfecto para conquistar a otras mujeres y sentirme muy hombre.
Para el tercer embarazo, fue lo más ruin que yo hice, porque la obligué a estar conmigo, luego me dediqué a negar que fuera mío, porque en mi borrachera ya no recordaba lo que hacía, ella se enfermó y ese embarazo, aunque llegó a término al octavo mes, dejó la secuela de una enfermedad en el corazón de mi esposa.
Ella está bien, decidió denunciarme y abandonarme, yo ya no surtía despensa, ni gas, ni nada en la casa y ella tenía que buscar refugio con familiares para alimentar a nuestros hijos y fue cuando recibió la peor humillación al ver publicada mi fotografía con otra mujer, disfrutando en un evento social.
Hoy me arrepiento de todo, la dignidad que por mi gusto perdí, así como ver sonreír a mis hijos, y tener una familia es algo que añoraré siempre…hoy he cambiado, pero no puedo borrar el dolor que le provoqué a mi familia.
Esto es para que aquellos que, como yo, creen que tienen el mundo a sus pies, sepan que tarde que temprano nos veremos solos, sin dinero, acabados y viejos. Y esas personas que se decían ser nuestros amigos y esas mujeres que juraban amor eterno, ahora ya no están. Aquellas otras personas que nos esperaban aunque sólo fuera para recibir golpes y maltratos, tampoco están, pero es simplemente porque un hombre ruin como yo las corrió de su vida.

La violencia
Es el resultado de problemas psicológicos que lo llevan inevitablemente a descargar la ira como una forma de aliviar su dolor interno.
Algunos hasta han categorizado a los hombres abusivos como faltos de control o infantiles, incluso, muchas teorías tienden a perdonar a los hombres haciendo referencia al alcoholismo o a una infancia desdichada.
¿De qué nos sirve decir que es emocionalmente inseguro o impulsivo? ¿En qué cambia la situación?
Si uno pensara con lógica, lo primero que se preguntaría sería: ¿cómo un hombre que se siente inseguro toma la decisión de pegarle a su mujer y de hacer algo ilegal, a pesar de sentirse inseguro?
Ahora bien, si asumimos que todo lo expuesto fuera verdad (que tienen ira incontrolable, que la infancia desdichada ocasiona los “ataques” de violencia, etcétera) ¿por qué no deciden golpear a su jefe en vez de golpear a su mujer?

*Perito en Psicología Forense
azul.iv@hotmail.com




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