Tuesday 24 de January de 2017

“Mi delito… ira incontrolable

Historia de vida

     24 Jul 2011 03:40:00

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El arrepentimiento real de alguien que ha dañado de manera excepcional a sus seres queridos es algo que resulta después de tocar fondo y sentir la soledad y el desprecio de quienes en el momento de necesitar cuidado y protección, sólo recibieron golpizas casi brutales.
Este es el caso de un hombre que hoy a sus 65 años de edad se encuentra solo, enfermo del corazón y diabetes. Su única compañía es el alcohol.

Sus palabras
“Hace 20 años, eso de la ley contra la violencia doméstica no existía. Uno era dueño de la mujer y los hijos no tenían ni por qué andar abriendo la boca. Yo no sé ni por qué le da a uno tanto coraje.
“Yo trabajaba en la mina y venía cada mes a ver a la familia. Llegaba contento, traía dinero y lo primero que hacía era encargar una botella de Don Pedro y mis cigarros. Mandaba a mi hija la más grande y en esa época sí les vendían eso a los niños. Mi hija estaba chiquilla, andaría como en los 7 u 8 años.
“Cuando llegaba, lo primero que hacía la vieja era empezar a darme las quejas y a pedir dinero para pagar las deudas.
“Como estaba en una mina y no había manera de mandar dinero, ella se las entendía como podía, así que las drogas se acumulaban.
“Me daba mucho coraje que no preguntaran cómo me había ido. Se iban directo a pedir dinero. Que si para zapatos, que si la escuela, la comida, para todo nomás pidiendo dinero.
“Tuvimos tres hijos en el matrimonio y yo tuve una hija por ahí en donde trabajaba. Cuando uno anda de canijo se le figura que la mujer de uno también anda y yo a mi esposa la veía guapa y con sus ojos verdes se me hacía que los hombres la buscaban y ella sola, yo creía que si les daba entrada.
“Luego viene la familia de uno a meter su cuchara donde no les importa y le calientan a uno la cabeza: que si anda de loca, que si mis hijos no son míos, que si la vieron platicando por ahí. Ya sabe, puras estupideces que uno cree.
“Borracho uno trae ganas de estar con su mujer, pero ella nomás con sus reclamos se hacía la enojada y no quería cumplir como esposa y ahí es donde se desataba la bestia.
“Qué va a pensar uno si lo rechazan como hombre, lo más seguro es que ya tenía otro que le cumplía y yo se lo echaba en cara. Ella me decía que no, pero no le creía, se me venían las palabras de mis carnales de que la veían hablando con otros”.

Las golpizas
“Nomás imagínese a un hombre celoso, enojado y con ganas; me convertía en el mismísimo demonio.
“Lo primero era darle en la cara y decirle toda la retahíla de insultos, mientras más ofensivos me salieran mejor. Luego se ponía a gritar pidiendo auxilio, no se daba cuenta de que mientras más gritaba más me calentaba y más le pegaba. Yo no sé si lo hacen a propósito para que uno se enoje o qué, pero parecía retarme, le decía cállate y ella más gritaba.
“Seguían los puñetazos, la agarraba con una mano y con la otra la golpeaba como si fuera un costal de box. Yo me acuerdo que cuidaba mucho de no pasarme para no mandarla al hospital.
“Al principio cuando los niños estaban chiquillos no se metían, nomás chillaban asustados, pero yo les gritaba que se callaran y con eso tenían.
“Cuando ya me cansaba o me descargaba todo, me entraba como el remordimiento de verla cómo estaba toda moretoneada, llora y llora ya en silencio. Y yo me acercaba a pedirle perdón, me le hincaba y le juraba que no iba a volver a pasar.
“Mis palabras eran ‘perdóname, no sé qué me pasó, te juro que no volverá a pasar, es que vengo muy estresado de la mina’, y me hacía la víctima de todo lo malo y terminaba diciéndole que la amaba y ella cedía y me cumplía como esposa.

Cada vez peor
“Así era cada vez que regresaba de la mina. Los niños fueron creciendo y cuando escuchaban a la media noche el pleito, bajaban a defender a su mamá.
“Entonces ya no eran nomás los gritos míos y los gritos de auxilio de su madre. Si no los chillidos de los escuincles, que luego se convirtió en pegarme para que soltara a su madre y mi ira se traspasaba a ellos.
“Mis hijos sufrieron peor que su madre, a la mayorcita la agarré una vez del cuello, la levanté en peso y la aventé contra la pared; pensé que la había matado, pero se levantó y me juró que jamás me iba a volver a hablar. Me lo cumplió.
“Lo peor fue cuando mi hijo, el de en medio, se metió justo cuando le iba a dar con la mano empuñada a su mamá y le tocó a él, casi se me muere mi hijo porque fue a dar a un ventanal que se rompió y los vidrios casi me lo matan. Pero no entendí, no me podía controlar.
“Cada vez que venía, me estaba más de un mes, a veces más. Vivíamos con lo que traía de dinero, y cuando se empezaba a acabar iba vendiendo cosas de la casa para seguir tomando y poderme ir. Siempre me iba sin dejarles dinero, mi vieja se ponía a vender Avón para sacarlos adelante”.

Me abandonaron
“La última vez que los vi fue la última vez que los golpeé. A mi hijo lo quemé con un cigarro porque lo mandé a comprar mi botella y se le cayó. Yo estaba furioso, enardecido, quería matarlo es la realidad. Le quemé las manos para que entendiera. Mi hija la más grande iba llegando de la escuela y me vió hacerle eso, me golpeó con su mochila y se lo llevó.
“Supe que fue a poner una denuncia, eso fue cuando estaba la Procuraduría ahí por la Tolosa. No le hicieron caso, yo supe porque una hermana mía me dijo que la vio salir de ahí con el niño y le dijo lo que había pasado. Nunca me hablaron de ahí ni nada. Me acuerdo bien que fue para diciembre.
“Cuando me dijo mi hermana lo que pasaba, me entró como el demonio y me quité el cinto y con la hebilla les di. Yo culpaba a su madre porque ella no sabía educarlos, a ella también le fue muy mal.
“Para la Navidad a mí me gustaba que me atendieran y que se hiciera la cena y estar con la familia. Mi vieja no sabía cocinar y siempre eran también los problemas.
“Ese día estaba haciendo tamales. Yo le decía que se tomara unas cubitas conmigo. Ella no quería y me empezó a hacer enojar. Rompí todos los trastes de la cocina y los niños estaban muy asustados, me decían ‘ya no papito por favor, ya no te enojes’, yo les pegaba en donde fuera.
“Ya cuando me calmé, me encerré con mi mujer, estaba muy sentida conmigo y yo quería abrazarla y estar con ella, pero no quería. Le rompí la ropa, se lo hice a fuerzas, pues era mi esposa tenía que cumplirme. Ella gritaba que ya no, que la dejara y los niños nos vieron. Fue algo muy vergonzoso y doloroso.
“Esa fue la última Navidad que pasamos juntos. Al día siguiente yo me fui a la casa de un hermano. Para cuando regresé en la noche, ya no estaban. Me fui rápido a que vinieran a dar fe de que era abandono de hogar. Yo seguía en mi rollo de hombre herido, tenía coraje y lo único que quería era que regresaran para que me las pagaran.
“No volvieron, me dejaron solo. Pasaron los años y mi hija la mayor me cumplió hasta la fecha de no volverme a hablar. Los otros más chicos sí me han venido a ver, pero se acercaron después de 15 años.
“No me procuran seguido, ni siquiera supieron que me atropellaron en el boulevard. Yo seguí metido en mis cosas, mi único compañero es el alcohol. Me siento muy solo, viejo, no conozco a mis nietos. Y no sé qué me espera.
“Sé que todo esto es mi culpa, que estoy cosechando lo que sembré, pero quiero pedirles perdón. Sé que sabrán quién soy, por favor perdónenme”.

*Perito en Psicología Forense
azul.iv@hotmail.com




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