Sunday 22 de January de 2017

Mi delito… vivir con una esposa violenta

Historia de vida

     20 Mar 2011 03:40:00

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Pareciera que la violencia de género, un tema tan sonado, anunciado y explotado en este tiempo es sólo un eslogan publicitario para ganar adeptos.
La violencia contra las mujeres siempre ha existido, solo que en esta época ya se considera un delito, aunque no sé después de cuantas mujeres muertas, golpeadas o mutiladas.
El detalle es que ahora existen leyes e instituciones que luchan en contra de que esto exista y continúe creciendo.
Ahora los derechos de la mujer están reconocidos por igualdad. Pero, ¿que sucede cuando la víctima de la violencia de género es el “hombre de la casa”?.
Para el género masculino resulta igual de traumático el hecho de ser víctima; pero el estigma social masculino de fuerza y poder, va mas allá, lo que impide en muchos casos que los hombres denuncien a sus parejas de agresiones físicas y psicológicas.
En esta historia conoceremos el caso de un hombre que tuvo el valor de denunciar y de esta manera recuperar su dignidad.

Quién es este hombre
Es un hombre profesionista, moreno, de complexión delgada, con una edad aparente mucho mayor a sus 38 años, de caminar encorvado, inseguro al hablar, de vestimenta descuidada.
Acompañado por sus cuatro hijos, acude cabizbajo para narrar su historia de sufrimiento y vergüenza.

Su matrimonio
Yo me casé enamorado y con la ilusión de tener una vida plena en compañía de ella, me casé con el deseo de formar una familia, de terminar mi carrera y llegar a ser un especialista. Siempre quise ser pediatra.
Desde el inicio del matrimonio comenzaron los problemas, yo aún estaba estudiando y mi esposa me celaba todos los días, no había un solo día en que no me hiciera reclamos infundados.
Sus palabras eran cuestionamientos severos ¿por qué llegas a esta hora?, ¿a qué hora saliste?, ¿en dónde estabas?, ya sabe, lo típico, seguramente andabas de mujeriego, me decía con groserías e insultos.
Su inseguridad era tal, que empezó a aparecerse en la escuela de medicina, primero se escondía y me vigilaba, luego si me veía hablando con alguna compañera, se iba contra mí para reclamar, no sin antes insultar a mis compañeras.

Mi esperanza era que todo mejoraría
Yo creía muy equivocadamente que ella iba a cambiar, que en cuanto yo terminara la carrera y empezara a trabajar en mi consultorio las cosas cambiarían. También creía que en cuanto naciera nuestra primera hija todo mejoraría.
Por un tiempo fue así, monté mi consultorio en el rancho y las cosas comenzaron a ir bien, cada vez tenía más consultas, y económicamente nos iba bien.
Como tenía el consultorio cerca de la casa no había ningún problema, aunque ella estaba al pendiente.
Si había discusiones, eran porque no había terminado la consulta temprano o me reclamaba porque ella no podía salir, por cosas de la casa y veces por dinero.
Yo estaba consciente de que las cosas no deberían de ser así, pero siempre mantuve la esperanza de que ella cambiaría.
Es verdad, soy médico, pero en esos momentos uno no piensa como médico, yo aguantaba porque sí la quería y además porque ya teníamos a los niños y yo sabía que no era bueno una separación.
Además yo quería estar cerca de mis hijos y ella siempre me amenazaba con llevárselos lejos para que nunca los volviera a ver.

La violencia conyugal
La mayoría de las veces cuando teníamos las peleas ella era la que gritaba, insultaba, se iba contra mí para pegarme en la cara, en los brazos, me rasguñaba.
Yo no la golpeaba, porque ella es mujer y a mi me enseñaron a respetar a las mujeres, solo la detenía de las muñecas, pero salía peor; ella gritaba más y se enfurecía. Reclamaba lo mismo por horas.
Me sentía herido, frustrado, muy triste, me sabía amarga la boca. Lloraba mucho a solas, sabía que eso no podía seguir, pero veía a mis hijos y yo no podía dejarlos solos con ella, me daba mucho terror pensar que así como me golpeaba a mí, los fuera a golpear a ellos.
Sé que suena muy poco creíble, pero en verdad que sentir toda esa ira en los golpes que me daba no era tanto como el miedo de que fuera a hacerles daño a los niños, para entonces teníamos tres, ya habían pasado ocho años.
Cuando se le pasaba la furia, ella se arrepentía, me juraba que iba a cambiar. En verdad cambiaba, se portaba amorosa, me arreglaba la ropa, me servía de comer, estaba dispuesta para tener relaciones sexuales, incluso ella me buscaba, por eso es que tuvimos cuatro hijos.
Ese tiempo para mí era la gloria, porque tenía mi hogar, mi esposa, mis hijos, todo.
Pero nuevamente empezaba a decaer el amor, se iba haciendo distante, fría, celosa y nuevamente esa maldita explosión de cólera.
Me gritaba que quería matarme. Sus explosiones de coraje cada vez eran más agresivas.
Me sentía muy devaluado, le tenía mucho miedo y sí, me da mucha vergüenza decirlo, sentía que no podía hacer nada, sentía que estaba en sus manos.
Lo peor de todo es que en mi confusión mental o emocional o que sé yo, pensaba tontamente que esas explosiones y más cuando eran por celos se debían a que me amaba y tenía miedo a perderme.
Sé que sonará estúpido, pero a veces cuando pasaba tiempo y ella no peleaba conmigo, me preguntaba si ya no me amaría porque ya no me ponía atención. Qué mal estaba.

A mis hijos también les lastimaba la violencia
Mis hijos crecían y con ello las responsabilidades y también las necesidades económicas. Yo aparte del consultorio ya tenía otro trabajo en el centro de salud.
Mi esposa se volvió más celosa, comenzó a espiarme en el centro de salud, me esperaba a la salida y me insultaba con cosas como que no me fuera a revolcar con las enfermeras o con las doctoras.
En el consultorio llegó pelear con las pacientes. Pobres, eran mujeres de rancho que sólo iban con la esperanza de que les sanara sus dolencias.
A veces esa pobre gente no tenía dinero para pagarme la consulta de 50 pesos y ella se enfurecía, me decía que seguramente yo me acostaba con ellas, así que planeó ser mi asistente.
Eso definitivamente no funcionó, los problemas con los pacientes eran cada vez mas frecuentes y la gente ya no iba. Tuve que cerrar el consultorio, también me tuve que salir del centro de salud. Perdí todo. Trabajaba en el rancho con mis papás para salir adelante con mis hijos.
Me atreví a denunciarla por mis hijos, porque tuvieron más valor que yo. Las agresiones llegaron al grado de que me aventaba lo que tuviera en las manos; estuvo a punto de matarme con un molcajete que me aventó a la cabeza.
Mis hijos veían eso, a ellos también los regañaba muy violentamente y llegó a golpearlos, pero no con la magnitud de cómo lo hacía conmigo, sus lesiones eran en el alma.

Tuve que decidirme por ellos
¿En dónde se ha visto que un hombre sea golpeado? yo sentía que no valía nada, me sentía feo, me sentía poco hombre, sentía que era un fracasado que nunca iba a salir adelante, lo único que me motivaba eran mis hijos, pero también sentía que les había fallado, porque haberles dado una madre así.
Sin embargo es su madre y yo sé que ellos sufrieron mucho más que yo. La veían con mucho miedo y a mí con lástima, se supone que el padre es el que da la protección y ellos, mis hijos, me tuvieron que proteger a mi.

Su vida en la actualidad
Este hombre que tuvo el valor de romper los estigmas sociales en cuanto a la violencia de género en contra de los hombres fue el primer caso de muy pocos que en mi experiencia profesional he atendido por este delito.
Hoy recuperó su vida, reabrió su consultorio, su hija mayor ya es profesionista. Sobra decir que obtuvo la patria potestad de sus hijos y que su exesposa fue procesada y sentenciada por el delito de violencia familiar.
Aunque ella ya recobró su libertad, él tiene la fortaleza para llevar una vida libre de violencia, pues recuperó su dignidad.

*Perito en Psicología Forense
azul.iv@hotmail.com




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