Thursday 23 de March de 2017

Ni Dante lo imaginó

ORDENANDO EL CAOS

     10 Jan 2012 04:00:00

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Ya en medio del lugar, recordé el motivo por el cual evité estar ahí durante mucho tiempo.  El ruido estridente, el olor penetrante y las miradas fijas sobre mi persona me dieron escalofríos a lo largo de la espalda.

A mi derecha, un ser contrahecho movía el torso de arriba abajo sin descanso, convertida en un trozo de ser humano encogido sobre sí misma. Fue una mujer en el pasado inmediato, pensé, y mi futuro apareció en un cortometraje donde era yo la contrahecha.
En una esquina, un ser estaba encaramado en una tabla recta y, pegado a ella, mostraba al mismo tiempo sus extremidades en movimientos rítmicos, en tanto, periódicamente, su rostro enrojecía y de sus labios salían sonidos indescifrables.
Jadeos. Por todos lados podía escuchar quejas ahogadas de personajes que debieron ser condenados a volver de las cenizas, porque cuando parecía haber terminado el suplicio, sin que nadie los obligara, volvían a empezar con uno nuevo y más penoso. Me atrevería a decir que por unos instantes parecían disfrutar ese castigo.
En una especie de ático, un grupo de cuerpos eran obligados a imitar a una especie de Dios. En sus miradas se delataba veneración, lo adoraban de tal manera que incluso vi a ese grupo cómo reptaba por el suelo en tanto la boca cambiaba de lugar, descompuesta en una queja muda.
Nadie podía pensar. Una especie de música continúa y cambiante ocupaba todas las ideas y, de algún modo, determinaba los movimientos de cuantos condenados habitaban el sitio. Pero lo más terrible eran los castigos. No era necesario un celador, porque una especie de aparato reflejante aparecía en todos los muros: quien osara detener su trabajo un instante, no soportaba ver su figura especulada porque de inmediato, como si les dieran una descarga eléctrica, volvían, voluntariamente, a retomar sus movimientos buscando tal vez, la redención.
Tuve la intención de volver sobre mis pasos. Volví los ojos a la enorme puerta. Tres mujeres con miras penetrantes me calcinaron los deseos de escapar. Me resigné. Debía quedarme porque, a fin de cuentas, así lo había prometido.
Cumplí mi palabra: hoy fui al gimnasio.

dreyesvaldes@hotmail.com




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