Friday 20 de January de 2017

No se hagan, nos hablan a nosotros

Cínica, le llamaron algunos compañeros a la exgobernadora Amalia García, por sus declaraciones en materia de inseguridad.

     19 May 2011 04:00:00

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Sicilia encontró la clave: un país en el que sólo lloramos por los hijos, y nunca por los hijos de nuestros vecinos, jamás podrá ganar una batalla como la que hoy se libra.

“Alonso paraliza a Zacatecas”, agregaron los que durante 6 años culparon a la misma Amalia García de abrirle las puertas del estado al crimen organizado.
Hace algunos días, Javier Sicilia señaló que si los políticos no entendían su mensaje: "entonces tendremos que esperar a que les toque a ellos para ver si pueden reaccionar"
Y es que el mismo Sicilia tuvo que esperar a que “le tocara” a él para reaccionar. No le bastó lo que semanas antes había sucedido con otros mexicanos como: Alejo Garza Tamés, Benjamín Le Barón y Marisela Escobedo. Solo la muerte de su hijo lo llevó a marchar en un grito desesperado.
Sin darse cuenta de que escupía hacia arriba, como tampoco cae en cuenta la “clase política”, Sicilia encontró la clave: un país en el que solo lloramos por lo hijos, y nunca por los hijos de nuestros vecinos, jamás podrá ganar una batalla como la que hoy se libra.
“Al ladrón, al ladrón”, gritamos diputados locales y federales, presidentes municipales y senadores, gobernadores y secretarios de Estado. El culpable es el que no aprueba una ley, el que no aprueba más gasto en seguridad, el que no acredita a sus policías o el que no ha podido ser eficaz en el combate a la pobreza. Cualquiera, menos uno.
“Al ladrón, al ladrón”, acusamos al otro, mientras degustamos un sabroso desayuno en una casa de un fraccionamiento residencial que tiene murallas para hacernos sentir seguros. Murallas que no evitan que dentro de ese mismo fraccionamiento habiten miembros del crimen organizado, y cuyas casas pasamos de prisa, para no sentirnos culpables de ser sus vecinos.
“Al ladrón, al ladrón”, gritamos, al mismo tiempo que nos aterroriza que nos llame algún desconocido presentándose como un posible extorsionador. No nos pesa que la jovencita que trabaja en nuestra casa nos haya contado que su hijo cada vez llega más tarde a la casa, y que se junta con jóvenes violentos que lo están involucrando en actividades criminales.
Esperemos que llegue el sábado, para pagarle y que se largue con todo y sus penas, sin saber si le alcanza para ofrecerle otro destino a su familia.
“Cínica”, “No puede”, “Le faltan pantalones”. ¿A quién?, es lo de menos. Nos sentimos menos culpables entre más gritemos que la culpa es de alguien más. La culpa no es del millonario constructor, aunque sea incapaz de sacrificar la camioneta de lujo de su esposa, y prefiera no pagar una semana extra a sus albañiles que pararon por falta de obra. Lo que hagan es su problema, mientras nuestros privilegios no se vean tocados. Al menos eso pensamos, de manera irracional.
La culpa tampoco es del profesor universitario que, a sus 50 años, está jubilado y se lleva a la bolsa su “tiempo completo” (20 salarios mínimos por día). Él va por la avenida Hidalgo, leyendo el último libro de su autor favorito de izquierda, mientras ve a deambular a ex alumnos recién egresados que recorren todas las oficinas de gobierno en busca de un empleo. A los jóvenes de hoy, la revolución no les ha hecho justicia. La primavera del 2011 no será la de 1968.
Un alcalde siempre podrá culpar al gobernador o al presidente, mientras sabe que sus policías preventivos trabajan para el otro bando. Él tiene derecho a callar porque “no está en sus manos” y su proyecto es otro: ser diputado, senador o, si se puede, gobernador, aunque sea para no hacer nada.
Ayer Amalia culpaba a Ricardo y Ricardo culpaba a Amalia. Hoy ambos culpan a Miguel. En el Congreso, otros culpamos a Calderón, que con la historia de que no les llegara la droga, no solo trajo más estupefacientes, sino más violencia a nuestros hijos. También están quienes lo defienden, que culpan al pasado.
La elite empresarial y política ha aprendido a culpar. A culpar por las muertes, los secuestros, la violencia y el dolor. Y aunque nos esforcemos por seguir ocultándolo, cada vez nos damos cuenta que, en realidad, nos hablan a nosotros.
Nos hablan a nosotros: a los que tenemos privilegios que perder, además de nuestra vida y la de nuestros seres queridos. A los que hemos permitido el México “nini” y participado en campañas ilegales, sea como beneficiarios o como benefactores, sea de forma directa o indirecta.
No nos hagamos, empresarios y políticos privilegiados. Nos hablan a nosotros.

*Diputado local.




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