Saturday 21 de January de 2017

Nuestra entrega a Dios y a los hermanos, exige una total donación

El Día del Señor

     11 Nov 2012 03:40:00

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La misericordia de Dios y la fe nos salva de cualquier peligro.
La misericordia de Dios y la fe nos salva de cualquier peligro.

INTRODUCCIÓN
Por ley natural, la vida es participación con el gozo y la alegría que proceden de Dios, creador y redentor nuestro. Pero también, con la luz de la fe, nuestra existencia cobra una nueva dimensión que Cristo nos ha revelado por voluntad de su Padre celestial.
Todo esto equivale a compartir lo que somos y tenemos con nuestros semejantes, tal y como Cristo nos enseña, quien no ha venido a ser servido, sino a servir y dar la vida por todos. El nos revela que ha venido a este mundo para que tengamos vida y vida en abundancia.
Esta vida comienza y se desarrolla ciertamente con penas, sufrimientos, pruebas de toda clase, pero también esta vida, como don único y maravilloso de nuestro Creador y Padre, está llena de luces, alegrías y esperanzas.
Cristo con su tránsito pascual de pasión, muerte y resurrección, nos llama a seguirle confiando plenamente en el amor y la misericordia de su Padre, quien por los méritos de sí mismo y como su Hijo hecho hombre, nos hace alanzar el premio del cielo, como corona de vida eterna dichosa e inacabable.
Hoy la liturgia de la palabra de esta eucaristía dominical, nos presenta la figura de dos mujeres, la primera del Antiguo Testamento y la segunda en el Nuevo Testamento. En ellas vamos a fijar nuestras miradas para descubrir con sus ejemplos, cómo nuestra entrega a Dios y a los semejantes exige una total donación.

LA FIGURA SIMBÓLICA DE LAS DOS MUJERES QUE LA PALABRA DE DIOS NOS REVELA EN ESTA EUCARISTÍA
La primera lectura tomada del Primer Libro de los Reyes, nos narra el encuentro del profeta Elías (siglo IX antes de Cristo) con una pobre viuda, que recogía algunos leños a la entrada de la población de Sarepta, ciudad Fenicia al sur de Sidón (hoy Líbano).
Esta mujer fue víctima entre muchos que sufrieron una gran sequía de más de tres años.
Estaba muy pobre y a punto de morir de hambre con su hijo. Intentaba hacer un pequeño pan con la poca harina y muy poco aceite que le quedaban en casa, para comerlo luego con su hijo... y después morir.
El profeta hambriento y sediento, le pide que le haga un pan para él. La mujer le relata su miseria y pobreza a punto de morir; pero Elías a nombre del Dios altísimo le pide que haga lo que él, como hombre de Dios le indicaba y que este Dios la bendeciría con su hijo librándola del hambre y de la muerte que la acosaban a ella y a su hijo.
La mujer obedeció al profeta y desde aquel día ya no faltó el aceite y la harina que dieron vida a este profeta y a su bienhechora.
El evangelio nos relata el pasaje, cuando Jesús y sus discípulos están junto al Templo de Dios, en Jerusalén. En las alcancías para el culto, muchos daban limosnas abundantes. De pronto una mujer pobre y viuda, depositó dos moneditas en la alcancía a pesar de que era lo último y único que tenía para vivir. Jesús hace notar a sus discípulos la gran diferencia que se daba entre los que daban abundantes limosnas y la entrega de solo dos monedas que la pobre viuda dejaba para el culto de Dios.
Jesús les dijo a los suyos: “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobraba, pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

REFLEXIONES ACERCA DE ESTAS DOS MUJERES QUE NOS PRESENTA LA PALABRA DE DIOS EN ESTE DÍA
En los dos casos bíblicos que contemplamos, la calidad personal, la actitud de compartir lo que se tiene y la auto-entrega de las dos mujeres, contaron ante Dios más que la cantidad material de lo que tenían.
Para Dios contó la entrega total y generosa de dos mujeres pobres y heroicas, que dieron lo que materialmente tenían, haciendo ver que con ello daban sus almas y sus cuerpos para la gloria de Dios y la recompensa que recibieron siendo numeradas en el libro de la vida como premio y corona inmortal de la gloria feliz que Dios reserva para los que verdaderamente le aman y con ese amor sin fronteras aman a sus semejantes.
Ojalá que estas enseñanzas de la palabra de Dios, nos conmuevan y dispongan para ser generosos con Dios y con los hermanos que reflejan su rostro, especialmente en los que son más pobres y pequeños, pero que son grandes ante la mirada de Dios.

CONCLUSIÓN EXHORTATIVA
¡Quiera el señor que con esta eucaristía que estamos celebrando, tomemos conciencia positiva y generosa, para sabernos dar con todo lo que somos y tenemos.
Compartir lo mucho o poco que se tenga, es la señal inequívoca de un amor y un servicio que hace feliz a todos en el dar y recibir, para construir un mundo de paz y comunión en el cual nunca falte el pan de la palabra y el pan de vida eterna que es Cristo, quien con los que tienen fe en él, los colma de bienes insospechados en esta vida de peregrinos y luego repletos de felicidad eterna en el más allá del cielo!.

*Obispo emérito de Zacatecas




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