Tuesday 17 de January de 2017

Obsesión por las pastillas

     23 Apr 2013 04:00:00

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La ansiedad, la obesidad, los dolores, el insomnio o la misma depresión se suelen tratar por lo que dice un amigo o lo que le ha ido bien al vecino del quinto.
Se ha pasado de una actitud pasiva y sumisa ante el médico a la automedicación, en una actitud más autónoma pero también más arriesgada: “yo sé lo que me pasa y conozco mi cuerpo y por lo tanto me tomo la medicación según considero oportuno”.
Entre estos dos extremos existe un término medio: una relación médico-paciente responsable por ambas partes. El profesional médico es el que diagnostica y pone el tratamiento, pero el paciente debe participar de forma activa e inteligente en las decisiones y en la gestión de las actividades terapéuticas que le atañen.
Cuando una persona mayor acude a la consulta es frecuente que extienda sobre la mesa del médico “los diferentes cartones”, para indicar los medicamentos que está tomando: para el colesterol, la hipertensión, la ansiedad, el insomnio, el mareo, los dolores de cabeza, para el estómago, etcétera.
A esta situación se llega por dos caminos: una atención médica dirigida al síntoma y por parte del paciente una incapacidad para aceptar “las goteras de la edad”. Vivimos además en “la cultura de la pastilla”: existe un comprimido para adelgazar, otro para dormir bien, para estar mejor, para estar más alegre, etcétera. Nuestra sociedad es una sociedad medicalizada que busca el remedio mágico para todo.
Existen personas que parten de una concepción muy negativa de su cuerpo, de sus capacidades para estudiar o para relacionarse con el otro sexo. Una solución fácil es tomar una pastilla para adelgazar o una anfetamina para conseguir un “mayor rendimiento intelectual” o un fármaco para ser más alegre, menos introvertido. Surgen los productos “milagro” para reponer o evitar la caída del cabello o no ganar peso, entre otros. La solución no está en la pastilla sino en la capacidad del sujeto para cambiar y tomar sus propias decisiones. Si no ‘remendamos’ nuestra propia existencia de nada servirán las opciones que tomemos. En el uso de los medicamentos a veces subyace la ley del mínimo esfuerzo. Los medicamentos pueden ayudar a mantener un adecuado nivel de bienestar, pero cada uno de nosotros debe esforzarse por mantener una vida sana y saludable.
Huimos de todo lo que huela a malestar y rápidamente tomamos el analgésico para el dolor de cabeza o de espalda o un ansiolítico cuando nuestro hijo adolescente no ha llegado a su hora a casa, etcétera.
La actitud adecuada en la utilización de los fármacos es cuando existe sintonía con el médico o psiquiatra. Bien puede ser la instauración de un tratamiento farmacológico o el realizar alguna prueba diagnóstica o determinar que no se precisa ninguna medida terapéutica.
Otra postura extremista del mundo civilizado consiste en rechazar la medicina oficial y una defensa a ultranza de la medicina natural Estos productos tienen menos controles sanitarios y por lo tanto existe mayor riesgo de que sean nocivos para la salud. Es cierto que “los medicamentos oficiales” parece más perjudiciales, pero es porque conocemos mejor sus efectos secundarios; “la medicina natural” no es que no tengan efectos nocivos sino que no se estudian, o no se conocen o no se publican.

*Centro de Colaboraciones Solidarias




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