Tuesday 24 de January de 2017

Oriol y la cegadora oscuridad

Cartas desde el exilio

     30 May 2011 04:00:00

A- A A+

Compartir:

Oriol sentía un miedo linfático, no podía mirar ningún acantilado, mucho menos la cúpula del Universo.
El simple acto de contemplar las estrellas durante una noche despejada le provocaba vértigo y terrores arcanos, fobias casi infantiles. Ni siquiera el loquero lacaniano había podido exorcizar, empleando la terapia del significante parlanchín, aquellos arrebatos gestados por su trans-yo.
Bajo ese rostro, modelado por la ferocidad del Sol y vapuleado por los puñetazos cotidianos, habitaba un ser demasiado frágil, tremendamente dubitativo y proclive al pasmo petrificante de una voluntad acojonada. Vamos, el rugoso careto de Oriol era una fachada hueca, un espantajo, que si bien alejaba a los provocadores del existir cotidiano, no le servía para enfrentar el ingrato destino que lo acechaba.
No fumaba, ni tomaba alcoholes. Cuando la curiosidad
llegaba a tentarlo, las arcadas
vomitivas se repetían asquerosamente,  tras de darle la primera calada a un tabaco o de sorber un intangible trago de vodka,  hasta que tomaba una tacita de té de gordolobo, del menjunje con el que de inmediato recordaba  a su querida madre.
Oriol no era pitagórico ni budista, se definía como un humilde diletante de la filosofía expresionista y precursor de la escuela ágrafa de “El Valle de los Equinoccios Improbables”.
Odiaba al Sol y veneraba al hielo polar. Por azares intempestivos, se vio forzado a migrar a una región conocida como “La cacerola del infierno” y de golpe cesó el feliz discurrir de su pensamiento.
Intentó burlar la furia del Sol, pero fracasó en todos sus lances blasfemos. Viajó por un sinnúmero de países con la intención de encontrar ciudades de sombra que lo aceptaran como ciudadano, sin embargo, los múltiples territorios habían sido asolados por el implacable astro.
Una tarde de calor voraz, halló en el desierto una agujero y descendió cerca de 30 metros hasta encontrar una urbe oscura. Había sido construida por los anaurentes, una tribu de ciegos que se divertían escuchando historias inverosímiles y obligaban a los recién llegados a boxear durante un periodo de tiempo indefinible.
Por fin, Oriol se sintió como en casa, feliz y esperanzado. Todos los días contaba a los anaurentes episodios de la historia de la filosofía, mientras éstos reían a gritos y carcajadas. Acaso por ello le permitían pelear con los más débiles, aunque la persistencia de los golpes terminó por deformar parte de su rostro, a la vez que el apego a las sombras lo transformó en un ser temeroso de la vida y del Cosmos. No podía pensar porque de inmediato sus embrionarias ideas eran fagocitadas por la sonrisa del locuaz que ahora habitaba su tétrica interioridad.

*Miembro del SNI




Lo más leído
Aplicaciones


Servicios
$ Dolar
Compra 21.39
Venta 21.89
€uro
Compra 22.99
Venta 23.49

Multimedia



©Todos los derechos reservados
GRUPO EDITORIAL ZACATECAS, S.A. DE C.V.- De no existir previa autorización, queda expresamente prohibida la Publicación,
retransmisión, edición y cualquier otro uso de los contenidos de este portal.




Aviso de privacidad