Friday 20 de January de 2017

Pesadez mundana

     1 Jul 2011 04:00:00

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En el espléndido libro de relatos “Las ciudades invisibles”, de Italo Calvino, el Gran Kan confiesa a Marco Polo su desazón por las conquistas de sus ejércitos, pues eso ha ensanchado los confines de su imperio y ha provocado que miserables e improductivas comarcas hayan sido anexadas a su reino.
Ante tan deplorable situación, el poderoso decide realizar una serie de acciones que permitan el crecimiento hacia adentro de sus territorios. Las consecuencias son todavía más nefastas: las ciudades se adensan por el aumento de ornamentos, objetos, jerarquías, obligaciones y mecanismos que asfixian a sus habitantes.
 Agobiado, el rey imagina la existencia de ciudades leves, ligeras, transparentes, de escaso espesor. Además, comenta a Marco Polo que ha soñado una ciudad de agujas con pináculos afinados donde la luna puede posarse o mecerse en el transcurso de sus paseos. Su nombre es Lalage, responde el viajero. El Kan le dice entonces: “Pero hay algo que no sabes. Agradecida, la luna ha otorgado a la ciudad un privilegio: crecer en ligereza”.
Otra de las ciudades calvinianas es Bauci. Allí los habitantes han construido un lugar para vivir entre las nubes, pero no se cansan de mirar con telescopios la tierra que se ha quedado vacía, de tal forma que contemplan fascinados su propia ausencia, ya que sin ellos ha desaparecido, también, el crecimiento industrial anárquico.
Lalage y Bauci son ciudades improbables al menos en el contemporáneo mundo occidental. Reglas y cosas crecen de forma exponencial, aplastando la vida de los ciudadanos. No deja de sorprender, sin embargo, que no poca gente aumente, por gusto, más y más necesidades a su vida cotidiana, incrementando, así, nuevas obligaciones, deudas y compromisos que hacen imposible crecer en ligereza. Podría decirse que la pesadez del consumismo ha desplazado la levedad del pensar.
Las ciudades actuales se asemejan a los pasajes parisinos construidos entre 1780 y 1860. Éstos eran espacios totalmente cerrados que estaban flanqueados por tiendas de todo tipo, donde podían conseguirse desde objetos suntuosos hasta baratijas de escaso valor, joyas falsas, enseres domésticos y golosinas. También proliferaban restaurantes, cafés, bares, lugares de prostitución y de juego.
Todo muy bonito para los clientes o mirones de escaparates, pero no así para los familiares de los comerciantes, los cuales solían vivir en el segundo piso de aquellos sofocantes lugares. Es el caso del escritor Céline, quien llegó a definir su hogar infantil como una prisión maloliente.
La historia menciona que los pasajes tuvieron una efímera vida. Por el contrario, me parece que, como sucedió con el reino del Kan, éstos se han ensanchado hasta cubrir ciudades enteras. Ahora vivimos en los claustrofóbicos segundos pisos.

*Miembro del Sistema Nacional de Investigadores




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