Monday 23 de January de 2017

¿Podemos ser finlandeses?

La educación ha pasado a ocupar un lugar central en las preocupaciones y en el diseño de las políticas públicas de los países desarrollados y en vías de desarrollo

     17 Jan 2011 00:33:23

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En las principales instancias de estrategia y decisión de políticas públicas a nivel mundial se reconoce (a partir de apenas unos años) que la “educación y la capacitación” son esenciales para el crecimiento y el desarrollo económico ("OECD Education Ministerial Meeting Investing in Human and Social Capital: New Challenges", París, 4-5 noviembre, 2010).
 

Se trata de un nuevo paradigma, intelectual y político, aparejado con la “era de la globalización”, correspondiente al periodo de fines del siglo 20 y principios del actual (1990s-2010).  
A partir de este planteamiento, la educación ha sido incorporada como variable e indicador estratégico de los procesos capitalistas de inversión, crecimiento y, más ampliamente, de desarrollo.
Desde los organismos multilaterales, no sólo los dedicados a la educación y la cultura (como la UNESCO), sino más recientemente a partir de este mismo periodo de cambio de siglo, de las entidades financieras y económicas (Banco Mundial, OCDE), se ha incrementado la presión sobre los países y los mercados nacionales.
Se busca que éstos cuenten con una clase trabajadora y una clase profesional mejor capacitada en las nuevas herramientas del conocimiento (computación, ciencia y matemáticas, lectura y escritura básica, así como una segunda lengua, o sea, inglés), nuevos métodos de resolución de problemas intelectuales y prácticos, y nuevos esquemas flexibles de trabajo en equipo ante problemas cambiantes.
Múltiples investigaciones demuestran conclusivamente que la educación de “buena calidad” promueve el crecimiento y el desarrollo económico.
En palabras de José Ángel Gurría, secretario general de la OCDE, la educación es esencial para “la calidad de vida, para la competitividad, el desarrollo del capital humano y el éxito de las sociedades en un entorno cada vez más competitivo”.
Es así que la educación ha pasado a ocupar un lugar central en las preocupaciones (si bien,  todavía no necesariamente en la práctica) y en el diseño de las políticas públicas de los países desarrollados y en vías de desarrollo.
Para muchas de esas sociedades la educación y la capacitación han contribuido significativamente para generar mayor cohesión e integración social.
Londoño (1996) argumenta consistentemente que la “inadecuada educación” observada en América Latina ha sido el factor que más ha frenado el desarrollo económico de la región, y contribuido a mantener altos niveles de desigualdad social y pobreza.
Sin embargo, este investigador es optimista al señalar que una “mejora educativa” puede traer grandes beneficios, relativamente rápidos, en la reducción de la pobreza.
No obstante, los beneficios de una “mejor educación” no sólo pueden incidir en la reducción de la pobreza. También se pueden traducir en la conducta social (Wolfe & Haveman, 2002); particularmente, en el ámbito de la salud y en la seguridad pública.
De todo ello se ha desprendido la necesidad de fortalecer (“empoderar”) el sistema educativo y, centralmente, las escuelas. Sin embargo, tal y como lo ha dicho la propia OCDE, “equipar nuestros sistemas educativos con mejores escuelas y mejores maestros requerirá políticas innovadoras y una clara autoridad (governance) pública, acompañados de una cultura de la responsabilidad.
“Continuos y amplios esfuerzos reformadores serán necesarios para maximizar la capacidad de la educación para  impulsar el  capital social y humano que se necesita hoy y se necesitará mañana” ("OECD Education Ministerial Meeting, Investing in Human and Social Capital: New Challenges", París, 4-5 noviembre, 2010).
Es en este contexto que durante la última década las comparaciones entre los sistemas y niveles educativos de diversos países han ido cobrando un peso desproporcionado, en apariencia irrebatible, y por ello, preocupante.
En la “era de la globalización”, como ya se ha señalado aquí, donde todos competimos con todos, la estandarización que ofrecen los rankings internacionales mediante la simplificación extrema de procesos sociales complejos, como el educativo, genera una comparación entre iguales pero, particularmente, entre desiguales.
Y como su corolario, al descontextualizar, promueve e incentiva la adopción de aquellas “fórmulas exitosas” (best practices) de los lugares más privilegiados (arriba en los rankings) en aquellos países menos favorecidos de dichas listas.
Así se asume, en forma simplista, que los buenos resultados de los mejor ubicados se deben exclusivamente a las referidas “fórmulas exitosas”.
Sin duda, entre estos rankings del sector educativo, uno de los más influyentes en la actualidad es el de la prueba PISA (Programme for International Student Assessment) que se lleva a cabo cada tres años por la OCDE entre alumnos de 15 años de los países más desarrollados del mundo.
Y es precisamente este ranking el que ha terminado por lanzar a la fama y consolidar el sistema educativo de Finlandia como el camino a seguir (benchmark), mostrándolo sistemáticamente, junto con un pequeño y selecto grupo de países, como uno de los “mejores” sistemas educativos del mundo.
En el año 2006, Finlandia obtuvo un promedio de 563 puntos en la escala de ciencia de la prueba PISA, el lugar más alto de dicho ranking entre 57 países (OECD, http://www.pisa.oecd.org/d taoecd/15/13/39
725224.pdf, visitada el 30 de diciembre del 2010).
Y en el año 2009, con un promedio de 536 puntos, también en la prueba PISA, compartió el sitio número dos de esta clasificación de la OCDE con Corea (539 puntos), de entre aproximadamente 65 países, siendo únicamente superada por Shanghai-China (556 puntos).
Para una lectura completa, véase AZ, Revista de Educación y Cultura: www.revistaaz.com
*Presidente de la
Fundación SNTE




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