Wednesday 18 de January de 2017

Pop cinema

     11 Feb 2013 03:30:00

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La semana pasada escribí sobre el estilo frío y crudo del cineasta austríaco Michael Haneke, mirada de reptil que estalla heladamente en su última obra: Amour. Algo distinto sucede con la película de David O. Russell, titulada Silver Linings Playbook (Los juegos del destino), también nominada para el premio Oscar. El tema del filme no es menos trágico que el de Amour, el trastorno bipolar, pero las estrategias narrativas sí discurren por caminos distintos.
Mientras que Haneke registra sin concesiones la tensión dramática existente entre el paso del tiempo y la decrepitud del cuerpo, Russell socava la pesadez de la desgracia a través del empleo de una discursividad ligera y agridulce. El conflicto no desaparece ni se banaliza, simplemente el humor y las colisiones contextuales permiten que la narración no se hunda en un mar de lágrimas o que naufrague en la trivialidad de la comedia romántica.
El protagonista de la película, Patt, notablemente interpretado por Bradley Cooper, intenta controlar las tremendas fluctuaciones de su ánimo, después de pasar un tiempo en una clínica psiquiátrica donde es ingresado por golpear brutalmente al amante de su mujer. La necesidad de recuperarla se convierte en la fuerza positiva que lo estimula a rehacer su vida, aunque el lance incuba una nueva manía obsesiva y perjudicial.
Patt regresa al hogar familiar, gracias a la ayuda de su madre. El padre, encarnado por Robert De Niro, desconoce el plan y es sorprendido por el retorno del hijo. Acepta su llegada con cautela e intenta normalizarlo por medio de rituales y valores suyos. Extrañamente, el padre es un apostador compulsivo, supersticioso e iracundo, afectuoso con Patt porque lo imagina como amuleto de la buena suerte.
En este viaje de recuperación, el protagonista conoce a su alter ego. Una chica aparentemente ruda y oscura, llamada Tiffany, magistralmente personificada por Jennifer Lawrence, quien también padece los estragos de la depresión, aunque por razones distintas.
Ambos están estigmatizados por la comunidad en la que habitan, han sido convertidos en criaturas extrañas y anormales, en seres marginados y solitarios que deben iniciar un periplo azaroso y paradójico para situarse sin angustia en el territorio de la diferencia. Y justamente es el discurrir contingente de la vida aquello que abre las posibilidades del encuentro amoroso de los personajes y la aceptación de sus peculiaridades: les brinda la posibilidad de reeditar sus vidas. Curiosamente, la empatía que nace de las tragedias mutuas rompe la fatalidad del destino.

*Miembro del Sistema Nacional  de Investigadores
consolovin@hotmail.com




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