Wednesday 18 de January de 2017

Randy y las sirenas

Cartas desde el exilio

     10 Oct 2011 03:30:00

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A diferencia de lo que comúnmente pensaban los demás, Randy estaba seguro:  las sirenas actuales eran niñas que habían huido al mar para salvarse de los monstruos terrenales.  
Trilok, por el contrario, era incrédulo, las ideas exóticas que su eterno amigo había tejido respecto de aquellas perturbadoras criaturas le parecían ligeras e insostenibles, aunque sabía que en el pasado las conjeturas de aquél habían coincidido de manera contundente con la realidad, como sucedió cuando lanzó temerariamente la afirmación de que los peces tenían la capacidad de comunicarse con los humanos.
Es cierto, recordaba Trilok, logró probarse experimentalmente aquella hipótesis que entonces le parecía descabellada a todo el mundo, pero la intuición de las sirenas era demasiado arriesgada. Tenía la firme certeza de que ni el arrojo ni el rigor intelectual de Randy le permitirían evitar un estrepitoso fracaso.
Pero Trilok desconocía que su amigo llevaba un par de años siguiendo las huellas dejadas por las niñas en su fuga hacia los océanos. No sólo encontró marcas corporales en los suelos pisados, también recogió vestigios de la sangre derramada en plantas, árboles, piedras y superficies.
Randy se internó en aquellas cuevas e hipogeos que les sirvieron de refugio, y halló en las paredes signos irrebatibles de la tragedia padecida. Pudo descifrar símbolos de lo indecible y leer directamente testimonios del horror experimentado por ellas.
Había en las paredes todo tipo de inscripciones, muy pocas demostraban el dominio pleno del lenguaje. Esto permitía suponer que la mayoría de las víctimas eran menores de 6 años. Por momentos, Randy se sintió abrumado por las atrocidades que las balbucientes narraciones expresaban: asesinatos de los padres, humillaciones, vejaciones, sometimientos brutales, ominosos confinamientos, secuestros y desapariciones. Los chacales avasallaron sin piedad a mujeres, hombres y niños.
Randy siguió con paciencia los rastros de una de aquellas niñas. Por fortuna, había estampado el nombre suyo en la pared de una caverna: Kábara. Grabó en distintos lugares la letra “K”, construyendo así un mapa de su andar. Pero la marca cesaba en las orillas de un pequeño cenote. Randy se lanzó sin titubear al agua y buceo en las profundidades hasta encontrarse con un pasadizo que desembocaba en el mar.
Salió a la superficie y vio a Kábara descansando en una cala. Al verlo, ella sintió temor, pero volvió a la tranquilidad cuando percibió que Randy también era un niño. Él sonrió y la sirena lo recibió saltando con alborozo, como lo hacían los ancestrales delfines. Se adentraron juntos en el océano hasta llegar al lugar donde las sirenas entonaban cada noche su canto melancólico por el mundo perdido.

*Miembro del SNI
    
 




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