Thursday 23 de March de 2017

Randy y los chacales

Cartas desde el exilio

     20 Jun 2011 04:00:00

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Entró a una vieja iglesia buscando algo sin saber bien a bien qué era. Randy nunca frecuentó la religión, ni abrazó las creencias ni los relatos confesionales, pero el sentimiento trágico que llevaba a cuestas era demasiado agotador. Necesitaba entregarlo a una fuerza transcendente para evitar que el alma suya feneciera de consternación y dolor, de espanto y melancolía.
Desde la muerte de sus entrañables padres, había vivido a salto de mata, huyendo de los chacales, casi siempre acompañado por alguna persona que más tarde sería devorada por aquellos horrendos animales.
Cada muerte que se acumulaba en su conciencia contribuía a forjar una delgada y filosa cuchilla interior que laceraba la voluntad suya. Atrás habían quedado los años prodigiosos y su baño diario con los peces: los días del predominio de la imaginación.
Ahora, los chacales habían condenado a los pobladores a vivir en los intersticios de la supervivencia, no había tiempo para más. Poco a poco fueron desapareciendo las cualidades más notables de Randy.
La sonrisa inocente y gustosa se extinguió; el amor por lo improbable, también; el festivo optimismo de sus ojos desapareció; el arrobo estético cesó; el abrazo fraternal fue cancelado.
No obstante, quedaba materia suficiente para mantener la espina dorsal erguida. Esto lo hacía diferente a los otros, es decir, a los que se habían convertido en nuevos chacales.
A pesar de las contingencias y penurias, Randy jamás traicionó a sus semejantes por un pedazo de comida o por ganarse la venia de los infames. Prefirió la vida solitaria y el silencio hiriente.
Decidió habitarse a sí mismo; ser, al mismo tiempo, refugio y refugiado. El marasmo y la decadencia del entorno lo llevaron a segregarse voluntariamente de aquel mundo enfermo y lo empujaron a discurrir por los pliegues de la memoria.
Se alimentaba diariamente de los recuerdos personales. Cuando el ritual del eterno retorno de lo mismo amenazaba con extinguir el halo sagrado de éstos, Randy hurgaba en los estratos más profundos del transyo hasta encontrar vestigios del pasado suyo que hasta entonces le eran desconocidos.
A veces eran evanescentes fragmentos musicales o notas y sonidos incandescentes que se conectaban a la figura paterna. En otras ocasiones, brotaban desde el abismo relatos contados por la apacible voz de su madre, incluso pudo evocar las palpitaciones del corazón materno cuando habitaba la plácida oscuridad del útero primigenio.
Cobijado por esta máscara de loco, Randy pudo malvivir por décadas, pero la reiteración de los recuerdos se había convertido en una pesadilla. La vida no puede ser sustituida por la memoria.

*Miembro del Sistema Nacional de Investigadores




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