Wednesday 18 de January de 2017

Randy y los peces

Cartas desde el exilio

     28 Mar 2011 04:00:00

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Randy esperaba que sus padres penetraran en el arrobamiento estético para lanzar sus 20 peces a la tina de baño. Nadar con ellos le provocaba un escalofrío sideral, especialmente con el azulado porque le recordaba un personaje del cuento “El tío acuático”.
Todos los días le pedía a Lina, su madre, que leyera para él la jocosa fábula mítica creada por Ítalo Calvino. Adoraba escuchar las graciosas voces y entonaciones que Lina empleaba para salpimentar la trama.
Randy recitaba en voz alta los diálogos dentro de la bañera, los peces lo escuchaban con órfica atención. Su madre había sembrado tempranamente en el niño el virus de la ovidiana fantasía.
 “Metamorfosis” era el libro mágico que siempre llevaba consigo, lo había transformado en una suerte de amuleto y manual de ética cotidiana. La mejor defensa contra los horrores de la vida es la transformación incesante, decía ella, con pícara ironía, a Randy.
Si nunca te encierras en las paredes de la identidad, nadie sabrá como asirte o atraparte porque siempre podrás ser capaz de convertirte en otro, en alguien distinto, en un pez, un pájaro, un globo, un personaje improbable.
Además, insistía Lina, es demasiado aburrido ser el mismo durante toda la vida. Mejor cambiar de vez en vez y, aún mejor, si asumes formas leves, porque así te elevaras sobre las pesadas murallas, las férreas costumbres, los plúmbeos prejuicios, las cargantes reglas sociales, las marmóreas rutinas cotidianas, los pétreos dogmas, los lapidarios puños.  La sabiduría es como un soplo, un hálito ligero e invisible.
Le habían puesto ese nombre porque el padre, Paolo, admiraba la voz rasposa y, al mismo tiempo, infantil del músico norteamericano Randy Newman.
Tal vez por eso nació con un oído portentoso y facultades musicales imposibles de comprender.  Desde pequeño saboreaba el disco “The Way Up” de Pat Metheny;  disfrutaba la manera como temas y motivos principales se duplicaban y desaparecían dentro de un incesante flujo metamórfico de timbres, instrumentos y compases.
Era cómico ver a los tres sentados en el reducido salón de casa, escuchando absortos alguna pieza; en ese momento habitaban otro mundo y podían comunicarse entre sí sin pronunciar palabra alguna.
Yo también me quedaba perplejo cuando me asomaba por la ventana a contemplar su cósmica felicidad. Al principio sentía envidia de Randy, luego me demostró él mismo, con la humildad y bonhomía que lo caracterizaban, la insólita fuerza de la imaginación.
Todavía recuerdo aquella tarde cuando me ayudó a levitar en el bosque, juntos trepamos árboles, volamos por encima del río, reímos con los peces y competimos con las liebres. Vivíamos felices, aún no reinaban los chacales.

*Miembro del SNI




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