Tuesday 17 de January de 2017

Reforma electoral universitaria (parte final)

     21 Oct 2011 03:30:00

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Agradezco los correos con sugerencias, comentarios y puntos de vista sobre el perfil que debiese tener el nuevo rector.
Tienen razón algunos lectores cuando afirman que los grados académicos no miden las cualidades éticas de las personas ni aseguran las características que debe poseer quien aspira a dirigir una institución de educación superior.
Lo ideal, por supuesto, es que los méritos académicos se sumen a la calidad humana, porque ciertamente existen casos de directivos que teniendo certificaciones por su quehacer docente o de investigación, están desacreditados como líderes académicos, debido a que no suman sino dividen, no edifican sino destruyen lo ya construido, no aceptan ninguna forma de disenso sino que sólo conocen la exclusión y se obstinan en crear camarillas sumisas, agrupaciones de son espejos de sí mismos.
Desde mi perspectiva, un buen académico es aquel que se forma y forma a sus alumnos a través del pensamiento crítico, que no rinde pleitesía al poder sino que colabora para que las instituciones académicas se vean fortalecidas, tanto en los distintos ámbitos del saber como en la constitución de comunidades democráticas.
Un buen líder universitario es aquel que no sólo busca la superación personal, sino que participa de forma solidaria en la certificación de sus compañeros y contribuye de manera significativa en la acreditación de programas académicos. Por tanto, debe ser capaz de trabajar en equipo, mostrar aptitudes para el diálogo constructivo y ejercitar la tolerancia cotidiana.
Sorprende que todavía haya dirigentes académicos que se dedican a reglamentar y prohibir el quehacer de los docentes y de los investigadores, cuando es mucho más importante estimular no sólo las iniciativas individuales, sino también la libre expresión de ideas y la apertura del pensar, las cuales son condiciones intrínsecas al desarrollo del quehacer científico.
En la UAZ, como en todas las universidades mexicanas, existen personas intolerantes, prejuiciosas y ligadas acríticamente al poder, pero son más los docentes que pueden representar con dignidad a la institución porque sus horizontes académicos y personales están por encima de intereses facciosos. De allí la necesidad de abrir el juego democrático en los procesos electorales.
Por lo general, el autócrata vive tan ensimismado en sus maquinaciones que es incapaz de percibir el malestar colectivo. Eso está sucediendo en la UAZ.
Las cuentas alegres no sirven cuando se impone la ley del garrote, menos en una institución del saber. No hay que confundir los verbos: excluir no es sinónimo de acallar o maniatar. Las pruebas están a la vista. Las reformas electorales fueron hechas para mantener a la universidad en una insana quietud, pero, como diría Galileo Galilei: “Y, sin embargo, se mueve”.

*Miembro del Sistema Nacional de Investigadores

 




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