Wednesday 18 de January de 2017

Rogui y la sagrada mímesis

Cartas desde el exilio

     7 Nov 2011 03:30:00

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Rogui había sido dotado por la naturaleza de una asombrosa capacidad mimética. Era capaz de imitar y memorizar gestos y actos que solían cautivar a las personas de mediana inteligencia. Desde pequeño logró ser un maestro de los efectos exactos y las manipulaciones subyacentes. Esto le permitió ser clasificado como un niño portentoso para luego, en su juventud, convertirse en el adolescente más codiciado de la escuela.
No era un muchacho inteligente en lo que se refiere a las tareas del pensamiento agudo. Pero le bastaba con el aura de irresistible simpatía que se había delineado alrededor suyo para avanzar de manera contundente por el sendero de la vida moderna. Profesores y profesoras le ayudaban a salir de los berenjenales académicos simplemente porque era un estudiante carismático y atractivo.
Sobresalía en su vecindario clasemediero sin pasar por los agobios que los demás jóvenes realizaban para sufragar los estudios universitarios. Incluso los comerciantes de la zona le regalaban cotidianamente todo tipo de cosas, desde comida hasta ropa de primera clase. Rogui se los había echado a la bolsa con sus lances de ternura calculada.
Al principio, a este pequeño Narciso sólo le interesaba ser querido por todos y ocupar el centro de atención de la familia, de los amigos, del entorno y de la escuela. Por ello, no era extraño encontrarlo ayudando a las ancianas del barrio a pasar la calle, a llevar los bolsos de los comestibles o, bien, a cuidar de los más enfermos.
Sin embargo, el éxito suyo lo llevó a transitar por las veredas escabrosas de la ambición dineraria y a perderse en los retorcidos laberintos del poder. Sus juegos de perversidad afectiva se hicieron más sofisticados y cínicos. El ascenso en la pirámide social fue veloz, pero al mismo tiempo crecieron sus enemigos, quienes por cierto también eran duchos en las lides del engaño y del juego de la carambola a cinco bandas.
A Rogui lo venció un tiburón mayor, llamado Selick. Era un sujeto despiadado, capaz de realizar las atrocidades más cruentas sin dejar huellas que lo implicaran. Sabía mezclar lances paternales con golpes de horror y brutalidad. Detrás de la falsa sonrisa suya habitaba un verdadero chacal que jamás perdía la figura.
Rogui no pudo con él y perdió todo lo que había acumulado, incluso el amor de sus padres, hermanos y amigos. Ahora se encontraba solo en el parque, a escasas horas de su muerte, buscando en los otros algún gesto que le permitiera recuperar la fuente de la eterna simpatía.


 




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