Tuesday 24 de January de 2017

Se dispara número de menores reclutados por narcotraficantes

Se dispara número de menores con vínculos con la delincuencia

     15 Feb 2012 03:40:00

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El número de menores de edad involucrados en las actividades de la delincuencia organizada en Zacatecas se ha disparado en el último año.
Las cifras registradas en el Centro de Internamiento y Atención Integral Juvenil (CIAIJ), según explicó su director, Luis Maquir Enríquez, reflejan este fenómeno, ya que en 2011 aumentó más de 150% el número de jóvenes que ingresaron a la institución por este delito.
De tener 14 internos a comienzos del año anterior, pasó a albergar 42 a principios de 2012.
Todos los de nuevo ingreso han sido sentenciados o están procesados por el delito de asociación delictuosa, informó Maquir Enríquez.
La historia de Manuel* es sólo uno de los numerosos casos de menores que deciden trabajar para las organizaciones delictivas presentes en el estado.

Adrenalina y lujos
“Me metí porque me gustaba la adrenalina, las armas y me valía todo. Empecé como halcón y cuando hubo una oportunidad de subir a sicario no lo pensé. Sabía que me podían matar, pero me daba igual”, cuenta Manuel.
Explica que cuando vio cómo eran las cosas a las que se enfrentaban y los dos o tres lujos que podía tener “no me daban ganas de salir”.
El joven con apenas18 años ya fue condenado a cinco de encierro.
Secuestro, portación de armas de fuego exclusivas del Ejército y posesión de drogas fueron los delitos que se le imputaron.
Sin embargo, el homicidio no está dentro de su historial, pese a que su trabajo fue de sicario del grupo de Los Zetas.
Como todos los jóvenes que llegan a trabajar, empezó colaborando como “halcón” o vigilante de las vías por las que transitan los integrantes de la organización.
“Yo trabajaba como halcón persiguiendo a los militares, pero un día me dijeron que había oportunidad de subir al operativo como sicario. No lo pensé, me animé de volada”, platica.
Una vez que tomó esta decisión, dice, comenzó su entrenamiento.
“Nos llevaron a la sierra de Valparaíso. Estuvimos dos meses y medio. Nos enseñaron a tirar y a desarmar las armas. Si no las armabas y desarmabas en 15 segundos, te daban golpes en la mano o varazos en la espalda.
“El entrenamiento incluía hacer ejercicio para poder soportar el equipo como el chaleco, un arma larga y una corta, un cargador en la cintura, unas dos granadas y un cuchillo en el lateral.
“Cuando veían que ya estabas listo, te daban todo tu equipo”, expresa orgulloso.

Cuatro sicarios para un comandante
Una vez que concluyó el entrenamiento, en una bodega de Fresnillo Manuel se reunió con otros 300 sicarios, algunos más jóvenes que él, que entonces tenía 16 años.
Esperaban que 20 camionetas los llevaran a los destinos donde les tocaría trabajar tanto en el estado como en las entidad colindantes.
“Empezaron a repartir para Durango, Aguascalientes, Río Grande, Cañitas, Luis Moya y Zacatecas. Yo dije que quería irme allí”, comenta.
Su elección, admite Manuel, le permitió tener mejor suerte que un amigo suyo que decidió marcharse a Río Grande.
“Me dijo que nos fuéramos a Río Grande, pero yo le dije que mejor a Zacatecas. Como a los cuatro meses lo nombraron comandante de esa zona y en una operación que hicieron en Durango, un boludo (helicóptero) de los (policías) federales lo mató desdearriba”, recuerda.
Después de elegir que su destino sería Zacatecas, empezó la rutina: cuatro sicarios que cuidan de un comandante, los “halcones” que vigilan a los militares y las drogas que los mantienen despiertos. Un coctel que diariamente debían mezclar para no bajar la guardia en sus labores.
“Nos movemos en estacas, formadas por cuatro sicarios y un comandante. Lo más normal es que nos traslademos en dos o tres estacas, mientras los halcones vigilan las rutas”, explica.
Por ejemplo, dice que siempre hay un “halcón” afuera del cuartel de Guadalupe, siguiendo a los militares.
Cada vez que estos salen, el vigilante avisa cuántos salieron y se les pega detrás hasta que salen del estado o, si no se van, los sigue hasta que regresan a la base.
“Cuando se juntan todas las estacas es porque va con ellas un comandante de alto rango o mando, que es el jefe del estado, mientras que los comandantes son jefes de plaza.
“Después de que entras a este grupo, ellos son tu familia. No tienes tiempo para ir a visitar a tu mamá porque siempre necesitas andar en la espalda del comandante y nunca duermes. Como siempre andamos drogados, no nos da sueño y, si nos da, nos metemos otra raya de cocaína”, platica.
En el trabajo de un sicario las reglas están muy definidas, dice Manuel: si cae el comandante, los cuatro sicarios mueren con él.
“Si le pasa algo a tu comandante, si lo matan, luego el mando viene, te mata a ti y a los otros tres sicarios”.
Entre las noches sin dormir, comenta, había ocasiones en las que los sicarios iban a un lugar ya establecido para poder descansar.
“Con las camionetas nos íbamos a un lugar de puros mezquites, donde teníamos un terreno con puros árboles porque no teníamos casas y allí los sicarios se quedaban dos o tres horas durmiendo mientras otros vigilaban y luego se despertaban y dormían los siguientes. Así estábamos hasta que amanecía”, asegura.
Pese a esos momentos de relativa calma, la tensión era continua, cuenta el joven:
“En las madrugadas, si estás en la camioneta patrullando necesitas ir volteando para todos lados y si estás en la casa de seguridad necesitas tener vigilancia alrededor, unos adentro y otros a una cuadra o dos. Si estás dormido y te cachan te dan una paliza”.
Todo movimiento era vigilado, dice, por lo que si estaban en una casa de seguridad y notaban algo extraño de inmediato abrían fuego.
Si pasaba un carro despacio y se quedaba mirando, salían a detenerlo.
“Esa intranquilidad se me ha quitado, aunque no del todo, porque a veces pienso todavía que me van a agarrar por atrás y no tengo mucha confianza”, reconoce Manuel.

Sueldo fijo más comisiones
Su sueldo era de 8 milpesos a la quincena, ya que Zacatecas era considerada una zona tranquila, mientras que en las denominadas zonas de guerra el monto puede incrementarse hasta los 15 mil 500 pesos.
“Ahora en Zacatecas creo que les están pagando 15 mil 500 a los sicarios”, calcula el joven.
Aun así, las ganancias podían ser mayores si se realizaba algún secuestro.
Según Manuel, las personas que ocupan el puesto de comandante tienen un sueldo de 20 o 22 mil pesos a la quincena y para poder ascender hasta ese rango se consideran los años que se lleva trabajando para el grupo y la confianza que hayan logrado ante el mando.
La relación con las autoridades se ve impulsada por estos mandos, explica, aunque en ocasiones se les dificulta porque ciertos elementos de seguridad no admiten ser comprados por esas organizaciones.
“Los mandos de arriba tienen contactos con las policías preventivas y con los ministeriales. Hubo un tiempo en que también teníamos contacto con un capitán del cuartel porque lo 'levantamos' y le ofrecimos dinero. Él no lo aceptó, pero dijo que iba a seguir operando por debajo del agua”, explica.
Sin embargo, “creo que lo dijo para que no lo matáramos, ya que a los 15 días agarraron a unos compañeros y los llevaron directo al Cereso”, considera.
Desde el encierro, Manuel recuerda uno de sus delitos por las que no está condenado.
“Una vez matamos a un contra (persona del grupo rival) con una granada de fragmentación. Llegamos y empezó a tirotearnos, por lo que tuvimos que balacear la casa y después lanzar la granada. Este hombre vendía droga y tenía armas. Eso es como un delito para nosotros y por eso lo tuvimos que acribillar”.
Manuel cuenta que también tenían un narcolaboratorio.
“En la caseta de la privada ya nos conocían, sabían cuáles eran nuestras camionetas y ni siquiera bajábamos los vidrios. Nos metíamos a la casa con unos portones eléctricos yahí fabricábamos cristal. Había unos dos o tres secuestrados también ahí”, recuerda.

Un joven con suerte
Contrario a las reglas del grupo, Manuel considera que ha tenido suerte, ya que mataron a su comandante y está vivo.
“Nos enfrentamos contra los ministeriales, pero tan sólo estábamos cuatro sicarios para proteger a tres comandantes. Nos quedamos ahí, pero cuando mataron a los tres ya nos fuimos porque no podíamos hacer nada”.
El joven explica que la guerra se gana con el cerebro “y si hay 20 camionetas de ministeriales y dos de sicarios, no los vas a enfrentar porque te tumban de volada”.
En cambio, “si hay tres de ellos y cinco nuestras claro que los vamos a enfrentar. Tenemos más equipo que los ministeriales. Aunque ahora tienen un poco mejor su armamento, pero cuando yo estaba fuera no era así”.
Sin remordimientos
La narración de los delitos que cometió Manuel revelan la insensibilidad que pueden llegar a sufrir este tipo de jóvenes, explicó un psicólogo del Centro de Internamiento Juvenil.
Pese a esta actitud, el joven dice que el encierro lo ha hecho reflexionar.
“El centro lo veo más como una escuela que como una cárcel y sí me ha servido para varias cosas, entre ellas, para valorar a mi familia porque afuera no los valoraba. A mi mamá le enviaba dinero con un halcón porque no tenía chance de ir a verla. Y también he aprendido a valorar más mi vida”.
Por ello, considera que es afortunado, ya que su familia acude a verlo los domingos, mientras que hay otros que pueden estar 15 días sin que nadie los visite.
“De repente sí me estreso porque diario es lo mismo y lo mismo y lo mismo. Cuando te estresas, necesitas salir a caminar, al aire, pero aquí no se puede porque están los barrotes. Lo que hago cuando me pasa eso es ponerme a dibujar lo que sea”, platica.
Sin embargo, entre las enseñanzas que admitió tener en el centro no cabe la de arrepentirse de sus acciones.
“No me arrepiento. Bueno, tan sólo de que me hayan agarrado”.

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