Thursday 23 de March de 2017

“Si tú quieres, puedes curarme”

El Día del Señor

     12 Feb 2012 03:40:00

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  • Jesús sana a los enfermos. (Cortesía) Jesús sana a los enfermos. (Cortesía)
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INTRODUCCIÓN
El evangelista San Marcos, nos cuenta en el trozo de su evangelio que hoy consideramos en la liturgia eucarística de este día del Señor, sexto domingo del tiempo ordinario ciclo B, el diálogo entre un leproso y Cristo. Diálogo basado en una fe madura, que se manifiesta en la persona de este leproso, que se acerca a Jesús, para suplicarle de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”.
Jesús inmediatamente se compadeció de él y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Si quiero, sana!”.
Este enfermo quedó súbitamente sano y limpio de la lepra, que en el tiempo de Jesús, de suyo era incurable como enfermedad terrible y destructiva del cuerpo humano, postrando a los que la padecían, en la soledad, en la depresión amarga, en el desamparo y pesando la ley de Moisés que disponía de manera dura e implacable, que todo enfermo de lepra fuese apartado de la comunidad, se cubriese con ropas andrajosas, tapándose la boca y gritando desde lejos: “¡Soy impuro!”, por tanto, todos temían acercarse y menos tocar a los leprosos.
La ley trataba de cuidar y salvaguardar, la salud de los sanos. Sabemos que la lepra es contagiosa y que se deben tomar medidas preventivas y de higiene. Hoy, a tiempo, con los adelantos de la ciencia médica, la lepra es curable, pero en tiempos de Cristo no lo era.

“SI TÚ QUIERES, PUEDES CURARME”
Ahondemos con nuestra reflexión homilética, estas palabras llenas de fe del leproso del evangelio.
El leproso recurre a Jesús, porque estaba seguro de que él lo curaría. Se acerca a Jesús sin temor de que sea rechazado. No teme contagiarlo porque estaba cierto de que el mal y la enfermedad de cualquier tipo, no lo dañaba. Jesús se compadece entrañablemente de ese enfermo y teniendo en cuenta su fe firme, robusta e incondicional, le concede el milagro de su curación.
Al darle la salud integral de su alma y de su cuerpo, manifiesta su poder divino y humano, como fuente de dicha, alegría y paz que nacen de la vida completa, a la cual todos los hombres aspiramos, en medio de los sufrimientos, enfermedades y acecho de la muerte, que continuamente rondan en nuestra existencia personal, social y comunitaria.
En tiempos de Cristo, se vivía la cultura humana y religiosa, de que las enfermedades como la lepra, eran producidas por los pecados y flaquezas morales de los hombres.
Cristo, efectivamente, en medio de esa cultura, se revela como el Mesías esperado, quien habría de librar a los mortales del pecado, la enfermedad y la muerte.
Es más, estas debilidades del ser humano se atribuían también a la presencia y la acción del demonio, en su intento de apoderarse de los hombres y mujeres, apartándolos del camino religioso del bien, la verdad y la pureza del alma y del cuerpo, que agradan a Dios.
Dios no quiere la muerte de los humanos, muerte temporal, que debe ser asumida con fe, esperanza y amor, basados en las revelaciones divinas de Cristo, enviado por su Padre para sanar, liberar y llenar de plenitud, sentido y amor la vida de sus hijos adoptivos, por quienes su Hijo hecho hombre, padeció, murió, resucitó.
Se sentó a la diestra del Padre y desde allí retornará para juzgar a vivos, sanos, enfermos y muertos... y entonces su Reino de amor, dicha y felicidad, no tendrá fin.
Su Reino es y será eterno para todos y cada uno de los que lo acepten, crean firmemente en sus promesas y cumplan sus mandamientos que tienen plenitud perfecta en el amor a Dios y a los hermanos, como Cristo nos ha enseñado con su vida y su evangelio.

LOS CRISTIANOS ESTAMOS LLAMADOS A SER CON CRISTO TRANSMISORES DE SALUD DEL ALMA Y EL CUERPO
La Iglesia como prolongación de Jesús en el espacio, el tiempo histórico, camino a la eternidad del cielo, ha tenido muy en cuenta, que su misión fundamental recibida de Cristo, es implorar de su Señor la salud del alma y del cuerpo. Los hospitales, centros de atención y servicio para los enfermos ha sido su tarea más noble y constante. Los Institutos de religiosos que atienden a los enfermos de múltiples maneras, son hechos históricos que todos podemos constatar.
Las familias bien constituidas, son la “Iglesia doméstica” en las cuales vive Cristo para iluminar con su Palabra la vida de todos y cada uno de sus miembros. En ellas se aprende a tener bondad, misericordia y compasión para quienes sufren enfermedades terminales e incurables, pero que deben ser en el misterio de la fe segura y firme, oportunidades de vida y gracia en Cristo.
El mundo en el cual vivimos, tendrá todo el tiempo, dolores, sufrimientos, y experiencias, que parecen ahogar en la nada, la vida de los hombres en su caminar hacia el encuentro definitivo con Dios, fuente de amor, vida y existencia.

CONCLUSIÓN EXHORTATIVA
Esta Eucaristía Dominical, nos acerca a Jesús, nuestro médico espiritual y corporal. Siguiendo el ejemplo del leproso del evangelio que hemos contemplado, nos arrojamos a sus pies y hoy, como gracia singular, imploramos de Cristo.
“Si tú quieres, puedes curarnos”. Con su presencia real, substancial y verdadera, en nuestra Eucaristía, escucharemos humildes y reverentes sus palabras de perdón, vida reconquistada y de amor incondicional y generoso: “¡ Si quiero, sana!”...entonces nos iremos agradecidos a nuestros hogares para ser heraldos infatigables en la familia, en la escuela, en nuestro mundo de trabajo y en toda actividad, del Reino de la fraternidad, la concordia, la misericordia y la paz sin fronteras, en espera cierta de nuestra futura resurrección, en comunión con María y los Santos.

*Obispo Emérito de Zacatecas




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