Sunday 22 de January de 2017

Solemnidad de la Epifanía del Señor

El Día del Señor

     8 Jan 2012 03:40:00

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Manifestación del Espíritu Santo con sus fieles. (Cortesía)
Manifestación del Espíritu Santo con sus fieles. (Cortesía)

INTRODUCCIÓN
El tiempo litúrgico de la Navidad de Cristo, tiene dos momentos centrales y complementarios: el hecho mismo de la encarnación del Hijo de Dios quien al nacer llenó de gozo y esperanza a la humanidad entera y la manifestación universal de esa encarnación y que se expresa con la palabra del griego Epifanía.
Efectivamente, hoy nuestra Iglesia celebra solemnemente la manifestación de Cristo niño a  los tres Magos o Reyes quienes desde el oriente llamados por Dios e iluminados por una estrella, dejaron su tierra, confiados  en que investigarían dónde habría de nacer el Rey de los Judíos para ir a adorarlo, aún sin saber los detalles de este desplazamiento y las dificultades que encontrarían en su largo viaje. Estos personajes representan a los pueblos de la gentilidad que se abren a la revelación divina y a su mensaje de salvación.

LA EPIFANÍA,  MANIFESTACIÓN DE JESÚS A TODOS LOS PUEBLOS
Los evangelistas Mateo y Lucas son los únicos de los cuatro evangelistas, que nos transmiten la narración de los hechos de la infancia de Jesús al nacer en Belén de Judá. Con datos verdaderos y muy sobrios, nos cuentan cómo se desarrollaron los primeros momentos de la entrada del Salvador a este mundo en un ambiente y cultura determinados.
Lo que nos revelan fundamentalmente son tres aspectos de la vida de Jesús y su propósito de revelarse a todos los hombres a quienes va dirigida la salvación que nos ha venido a traer: esos evangelistas resaltan las señales de la mesianidad, la humanidad y la divinidad de Jesús.
En efecto, Jesús es el Mesías de Dios prometido desde antiguo, quien hablaría a los hombres acerca del plan de Dios para regenerar y liberar a todos los hombres del pecado y hacerlos partícipes de la vida nueva gratuita y gozosa.
Los relatos de la infancia de Jesús, subrayan fuertemente el hecho de que el Hijo de Dios se encarnó, es decir, tomó una naturaleza como la nuestra, menos en el pecado, para unirla a su Persona divina y así llevar a cabo la participación de la vida de Dios en nosotros.
De lo anterior, se entiende que la divinidad de Cristo, aparece unida a su humanidad y que en la plenitud de los tiempos ha llegado para siempre la redención de los hombres.
Ahora con la divinidad de Cristo manifiesta en carne mortal, el Hijo de Dios está en medio de todos los hombres en el desarrollo de la historia de la salvación.
Es el Emmanuel, Dios con nosotros, como ya lo había anunciado el profeta Isaías, siete siglos antes de la llegada de este maravilloso Emmanuel, nacido de una doncella virgen, que la tradición identifica con la persona de la Virgen María, Madre de nuestro Redentor y servidora de la humanidad nueva y restaurada con el poder salvador de su divino Hijo nacido de sus entrañas por obra y gracia del Espíritu Santo.

LA MANIFESTACIÓN DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR EN NUESTRAS VIDAS
Cuando los magos o Reyes del Oriente llegaron a Jerusalén se informaron dónde habría de nacer el Mesías Salvador: Herodes, rey de Judea, teme que ese nuevo Rey, lo destrone y ocupe su lugar, por esta razón después de haber consultado acerca del lugar y sentido y presencia de ese Rey con los Sacerdotes y letrados del pueblo, quienes le indicaron, que ese Rey era el pastor del pueblo del Señor quien habría de salir de “Belén de Judá” (Miq 5,1 ;  2 Sam 5, 2).
Le pidió a los Magos que fueran a averiguar dónde había nacido ese “Rey de los Judíos” para que luego se lo comunicaran e ir él mismo a adorarlo.
En realidad, cuando los Magos advertidos por revelación divina de que ya no volvieran con Herodes se regresaron a su tierra por otro camino. Fue entonces que Herodes mandó matar a todos los niños nacidos en Belén y sus alrededores con el fin de matar  al Niño Dios nacido en Belén.
Sin duda, la Epifanía de Jesús como revelación para todos los hombres, nos ha de iluminar y llenar de gracia para que,  como los Reyes magos nos lleguemos a él, a María y José, padres de Jesús, para que lo reconozcamos y lo adoremos llevando una vida limpia y recta en la presencia de Dios y ante los hombres.
Los Reyes al adorar a Cristo niño en el pesebre de Belén, le ofrecieron sus dones: oro como Rey verdadero; incienso como Dios y Sacerdote único y mirra como hombre mortal.
Ahora somos adoradores de Cristo en espíritu y en verdad. Nuestros dones se refieren a una vida de fe sólida y profunda en nuestro Mesías haciéndolo presente en la Iglesia y en el mundo. Nuestras vidas, las de todos y cada uno de los cristianos, deben brillar anunciando a Cristo con nuestros pensamientos, palabras y obras  que constituyan una verdadera Epifanía del mismo Cristo.
Nuestra manifestación del Hijo de Dios humanado en nosotros, debe trasmitir el sentido de la justicia, el servicio para todos, el amor con el cual debemos amarnos en Cristo; promoviendo la paz y la comunión de los hijos de Dios en el mundo con sus tinieblas de muerte y con sus grandes anhelos de seguridad y tranquilidad para todos.
¡Que el gozo y la luz de la Epifanía del Señor en unión con María y José, nos acompañen siempre en la alabanza y acción de gracias a Dios de quien hemos recibido el magnífico don de su Hijo hecho hombre en la esperanza viva y cierta de alcanzar sus promesas de vida feliz ahora en el tiempo y para la eternidad!.

*Obispo Emérito de Zacatecas




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