Thursday 19 de January de 2017

Sonata para el hijo que nunca tuve

CARTAS DESDE EL EXILIO

     7 Mar 2011 04:00:00

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Escribo esta sonata para ti, nonato jubiloso que soñé en el futuro del pasado arcaico. Exactamente cuando las estaciones discurrían con veloz prudencia, llegaste impaciente del mundo habitado por la ausencia, allá donde confluyen las cenizas de los que se han marchado y los moléculas de los que vendrán.
Soñé que soñabas tu futuro como un niño inmaduro arropado por la inteligencia luminosa de los viejos sabios. Eras como Pin, aunque menos lacerado por la guerra y las pasiones malsanas de las bestias y los contrahechos. Eras un crío anciano, candor y hondura, ser indescriptible para un lenguaje raído y mugroso como el que hoy hablamos.
Trepabas los encinos siguiendo el compás de las “ragas” y los mudos rayos. Desde arriba contemplabas perplejo el prodigioso vergel donde los chacales aún no reinaban. Tus lágrimas eran gotas cósmicas arrancadas de los arrobados ojos tuyos por la desmesura del Ser. No llegaste jamás a dominar el lenguaje de la putrefacción, nunca lo necesitaste para nombrar al mundo.
Para acariciar a tu madre, tenías el privilegio del canto y la lira bien temperada de tu tío. Recordabas con nostalgia la canción aquella de los Beatles que hoy hemos olvidado. Ahora sólo escuchamos el “traca traca” de los rifles y la histeria calculada de los merolicos pueblerinos anunciando la cercanía del fatídico Apocalipsis. Y del vibráfono de Jorge, ¿quién se acuerda?
Todavía recuerdo tu primer dibujo hecho con crayones de colores. En el centro del perturbador laberinto dibujaste el árbol de la vida sin manzanas pecaminosas. Habías trazado de golpe tu honroso destino, ayudado por la sonrisa irónica de Garybeth, quien malamente te enseñó a beber coca-cola en ayunas, siguiendo los consejos de una arcana maga del Sur.
Salir de la casa-laberinto-filial te resultó natural, no hubo gemidos ni adioses vulgares. Fuiste discurriendo de meandro en meandro hasta comprender que el Cosmos es el verdadero dédalo de dédalos, proliferación de caminos sinuosos, simultaneidad de posibilidades.  Al concluir el viaje iniciático, fuiste capaz de percibir la absoluta multiplicidad de espacios y tiempos, como le ocurrió al viejo Borges de los cuentos imaginarios.
Sentiste alivio porque entendiste buenamente que los surcos de la vida son infinitos, como las salidas y los destinos de los seres mundanos; no hay veredas fatales. En aquel momento me viste componer esta sonata para ti, el hijo aún no nacido, y escuchaste apaciblemente el fluir de las notas desde la juguetona lejanía del universo. Creo que, por primera vez, te vi sonrojarte.

*Miembro del Sistema Nacional de Investigadores




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