Wednesday 22 de March de 2017

Un tranvía sin nombre

     16 Apr 2013 04:00:00

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El recorrido iniciaba en lo que hoy es Plaza de Armas.
El recorrido iniciaba en lo que hoy es Plaza de Armas.

El tranvía refiere especulación común sobre tecnología, progreso, modernidad o porfiriato. En abril de 1913, en Zacatecas, el tramway era el medio colectivo próximo a los carruajes de los señores de la ciudad.
Pero no vayamos por allí. No. Porque en lo cotidiano, la explicación no todo proviene del régimen y sus discursos, como el ahorro de tiempo.
El tranvía de la ciudad de Zacatecas partía de la estación del ferrocarril y de la calle de San José (próxima a la plazuela de García).
Ambos eran los puntos de inicio o de regreso. Las corridas iniciaban a las 7 de la mañana. Cada media hora iniciaba un viaje.
Una carrera específica partía de la estación a las 2:30 de la tarde. Ésta servía para transportar a los que llegaban en el tren de esa hora vespertina.
El punto de destino era el jardín Hidalgo (sita en la actual Plaza de Armas). El periplo se efectuaba en 15 minutos.
Andando, andando, el ómnibus era detenido junto a la Plaza de Armas, la Plazuela Goitia, las esquinas de las calles Rosales e Hidalgo, de ésta y Juárez, el jardín Independencia y otros puntos de la calle Rayón.
Para su uso, las órdenes eran prístinas: el vagón se detendría, el tiempo necesario, para el ascenso y descenso de los pasajeros. Nadie iría parado. Los carros cerrados eran para un máximo de 16 pasajeros. Los abiertos para 25.
Estando dentro del vehículo, ver hacia afuera era mirar fachadas y transeúntes de a pie. Mirarlo desde afuera era notar un actor secular al que debían dejar pasar, porque con él admitían el espacio público como un área de todos.
El andar del tranvía rompía provisionalmente el andar ordinario de los caminantes.
Al interior, los pasajeros eran clientes de una empresa e interlocutores con los presentes en el vagón.
Adentro iban personajes e historias personales.
El viaje en el tranvía acarreaba memoria y experiencia. Emergía en la civilidad de tomar asiento, al no escandalizar y reunirse transitoriamente con personas que probablemente no volverían a ver.
También por los sonidos que otorgaba “la regular marcha del coche y el sordo y monótono rumor de sus ruedas, limando el hierro de los carriles”, como lo describió Benito Pérez Galdós.

*Historiador y profesor
universitario




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