Thursday 19 de January de 2017

Una supuesta virtud

     18 Nov 2011 03:30:00

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Cuenta la historia que en el siglo 18 era menester que el principado de Cataluña tuviese un santo propio, de acuerdo a la concepción que tenía la Pontificia y Real Universidad de Cervera. Por ese motivo, el claustro de tan importante institución encargó al jesuita Conill la elaboración de una “relación de la heroica vida y ejemplares virtudes” del cancelario Francisco Queralt.
En el trabajo realizado para ese fin, Conill concluyó que el sabio y recién fenecido Queralt poseía una gran virtud, cuyo texto transcribo en el lenguaje de la época: “opinava por lo comun segun las sentencias mas seguidas, y seguras, porque de esse modo se camina sin peligros de escollos y de dar en enemigos nuevos; y desconocidos: no teniendo a bien notable novedad en discurrir”.
Dicho de otro modo, la cualidad más apreciada del cancelario, es decir, del hombre que tenía la autoridad pontificia y regia para dar los grados en la universidades, era, según el documento, su incapacidad para reflexionar individualmente, optando, en su lugar, por aceptar y cumplir con las reglas seguras y vigentes.
Incluso, cuando  se desató la pugna entre los enciclopedistas y los  defensores del antiguo régimen, los miembros  de Cervera establecieron, a partir de la virtud de Queralt, una máxima que llegó a ser muy famosa: “Lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir”, la cual pasó con el tiempo a ser: “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”.
Como podrá deducirse, un buen líder (político, académico o social) es aquel que prefiere rodearse de personas que ejercitan con libertad su pensamiento, sin importar que exista disenso con respecto a sus ideas, pues sabe que de la discusión propositiva saldría la mejor respuesta a los retos del mundo compartido.
Por el contrario, los políticos que viven en democracia pero tienen aversión hacia ella desearían que los demás tuviesen la “virtud” del cancelario de Cervera. Debido a que tienen por objetivo imponer a diestra y siniestra sus planes y proyectos, y no pudiendo hacerlo como le es permitido al dictador, asumen la falaz idea de que quizá basta con repetir hasta el cansancio sus  “propuestas democráticas” para que sean aceptadas por todos sin reflexión alguna.
Así, los oye uno  reiterar en la prensa, y en cuanto tienen un micrófono a la mano, que sus acciones, decisiones e imposiciones responden al bien común, aunque en el camino se pisoteen los derechos de la mayoría. Afortunadamente, la vida democrática dota al individuo del derecho a pensar en libertad y, por tanto, del derecho a disentir y oponerse a los caminos diseñados por los autócratas.

*Miembro del Sistema Nacional de Investigadores
 




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