Thursday 19 de January de 2017

Una vida memorable

     16 Nov 2012 03:30:00

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Ami querida tía Alicia Garay.
Supongo que no son pocas las personas que guardan entrañables recuerdos de un tío o de una tía, ya sea porque le enseñó cosas importantes de la vida, porque le supo dar consejos cuando más lo necesitaba, por afinidad personal o, simplemente, por los momentos compartidos.
Mis tías maternas eran muy cariñosas, divertidas y alegres. En las fiestas de nochebuena o en el cumpleaños de mi abuela, ellas y mi madre cantaban canciones a cappella o acompañadas por la guitarra que mamá aprendió a tocar en uno de los talleres del IMSS.
Hacían la primera, la segunda y la tercera voz de manera tan perfecta que quien las escuchaba pensaba que poseían estudios musicales. Siempre cantaban La sentencia de amor de Pablo Valdez Hernández, canción predilecta de mi abuelita Ninfa.
De aquellas íntimas reuniones sólo quedan los recuerdos, recuerdos que han aflorado en estos días porque el domingo pasado mi tía Licha murió tranquila y en paz, rodeada del calor de sus hijos y de su esposo.
En mi niñez tuve comunicación fluida con ella; por eso le pedí que fuera mi madrina de primera comunión. Durante muchos años, mi tía Licha y mi tío Everardo, un hombre excepcionalmente bueno, semana tras semana recorrieron las cuatro calles que separaba su hogar del nuestro para compartir veladas cargadas de risas y de buen humor.
La casa de ellos era pequeña, pero mágicamente se ampliaba y se ampliaba para dar cobijo a quien pidiera posada. Familiares, vecinos, amigos de mis primos y amigos de los amigos sabían que siempre tendrían un lugar en su mesa y un momento para charlar de los sabores y de los sinsabores de la vida.
Cuando me gana la tristeza por los problemas que padecemos en México, cuando me llegan noticias de personas que han sido víctimas de la violencia, me parece indispensable recordar que, como mis tíos y mis padres, afortunadamente todavía hay gente honrada en este país.
No es la gente que aparece en el periódico cotidianamente. No es de la que se habla en las editoriales, ni en la sección de política, de espectáculos o en la nota roja. Es aquella que hace habitable nuestro mundo, la que genera un halo de esperanza, la que en su microcosmos ofrece una sonrisa amable tan valiosa en estos tiempos.
Quizá, quienes tenemos un espacio en los medios de comunicación debiésemos narrar, con más frecuencia, sus historias cotidianas. Allí está la verdadera sustancia de la vida. Allí está la salida al caos existencial.
Descansa en paz, tía Licha.

*Miembro del Sistema Nacional de Investigadores
bethsang@hotmail.com




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