Friday 20 de January de 2017

Urbe majestuosa y natural devenida en Distrito Federal

     19 Oct 2011 04:00:00

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“Dos lagunas ocupan casi todo el valle, la una dulce, la otra salada, sus aguas se mezclan a ritmo de mareas…” Alfonso Reyes (Visión del Anáhuac en 1519).

Antigua ciudad de piedra, urbe concurrida y hormigueante que se hunde lentamente porque desde tiempos del señorío azteca, el hombre comenzó a desecar sus lagos en el necio afán de emparejar -con chinampas y terrarios- los islotes a las tierras firmes del Valle del Anáhuac.
La ciudad flotante en Chinampas a la que se ingresaba por cuatro calzadas sobre canales -¿Quién iba a decir?- comenzaría a esconder el lago al que alude Guadalupe Trigo en ese su poema musicalizado.
¿Quién iba a creer que el Lago de Texcoco se desecaría? y que el exiguo codo del lago que aún perdura con la escasa flora y la casi extinta fauna se está muriendo rodeado de caseríos arbitrarios que invadieron la reserva natural y colmado de desechos industriales y descargas de drenaje, que en suma como con casi todos los ríos que quedan vivos, la vorágine “modernizadora” arruinará a Xochimilco,  o al menos lo ha ingresado en terapia intensiva.
La obstinada “empresa” de desecar los lagos del Valle del Anáhuac es una de las pocas coincidencias que alinean las diversas visiones y estilos de vida que se han sucedido en el lugar en el que hoy se asienta la desbordada mancha urbana a la que se le nombra el Distrito Federal.
Desde el asentamiento de Tencohtitlán hubo el intento de evitar las inundaciones del epicentro de la Ciudad Sagrada: sus recintos formidables, el Templo Mayor, el Palacio de Axayacatl y el Calmecac.
Luego vendría la mano novohispana a continuar esa labor de retirar el agua lo más posible para bajar su nivel en las temporadas de lluvia, seguida de los empeños en esa dirección durante la era porfiriana y culminada por los gobiernos posrevolucionarios. Dijo Alfonso Reyes que, el Nuevo Siglo (el 20) nos alcanzó echando sobre el lago la última paletada de tierra.
En los tiempos de Moctezuma el doliente se comenzó el alzado de diques para canalizar las aguas sobrantes que en los veranos colmaban las plazas y explanadas de la ciudad Gran Tenochtitlán, a mediados del Siglo XVI y una vez consumada la reducción de las poblaciones nativas y en buena parte por el temor a las epidemias que se decía venían de las aguas se dio cauce a la urgencia de encauzar las aguas mediante el sistema de drenaje que vino a drenar las aguas libres y a sorber las que en forma de espesos pantanos (arenas movedizas) quedaron bajo la impresionante Tenochtitlán, luego la Muy Noble y Leal Ciudad de México o la señorial Ciudad de los Palacios, y durante el Siglo 19 la a veces sitiada, otras liberada pero al fin la Gran Ciudad de México en enérgico reclamo de ser la sede metropolitana, la entrañable capital de la República, devenida a DF.
Así se fue desdibujando aquello que antes de los años 70 se conocía como el Distrito Federal al que Chava Flores refería con simpatía en el encanto diurno y el nocturno de aquel  “México Distrito Federal”, cuando las calles llevaban sus nombres (San Juan de Letrán…o  Niño Perdido) justo antes de los ejes viales y, antes de los espantosos segundos pisos.
 El DF como se le abrevia es el perímetro que abarca demasiadas expresiones urbanas, asentadas en las faldas de los heráldicos volcanes tímidamente teñidas del follaje de fragmentos de bosque.
Lo que queda en pie de la Ciudad de los Palacios, las edificaciones verticales, los barrios históricos, los tradicionales, los arrabales y los confinamientos -hasta hace poco- rurales y que hoy son suburbiales, y todo ello en la colindancia excesivamente burocrática de los poderes del gobierno local y las 16 delegaciones territoriales.  
El DF es un palimpesto de las huellas de 500 años de labores existenciales de vivencias y sobrevivencia de nativos y de inmigrantes, y a lo que nos importa ahora de una similar actitud de incansables castores con la que se identifica a sus pobladores cuyos -respectivos- dignatarios lucían ataviados con pieles y penachos de plumas, después los que usaban armaduras, luego trajes de seda y botonaduras, más tarde casacas militares prendidas de medallas, evidencias de batallas y a los que hoy usan gafas, sacos y corbatas.
Todos a cual más destructivos en un campeonato de estropicios que lamentaremos muy pronto.

*Fjacuqa@hotmail.com 
 




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