Tuesday 24 de January de 2017

Zacatecas, ante los viajeros de ayer y los de hoy

     10 Oct 2012 04:00:00

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Un viajero argentino y su distinguida esposa, en estancia por Zacatecas en 1990, perturbados por la belleza del sitio me dijeron que se iban de México gratamente impresionados, pero que su mayor hallazgo había sido Zacatecas. Ella añadió: "no me lo esperaba, fue como un descubrimiento que a estas alturas [del “México bárbaro”] aparezca una ciudad relicario: 'la perla del desierto'…"

Dijeron que Zacatecas poseía una antigüedad moderna, es decir, que sus monumentos principales fueron ensayos del furor barroco del siglo 18 y luego con parecida pasión del neoclásico, durante la segunda mitad del siglo 19 (especialmente en el Porfiriato). Ambas manifestaciones de la modernidad de cada corriente estilística.
Y para terminar su cátedra agregaron que Zacatecas, a la vez reflejaba una modernidad antigua, porque homogénea por el rosado de la cantera como elemento uniforme, ostentaba un compendio de estilos sin choque, ni divorcio; una muestra de asimilación estética que parecía a la vista y desde cualquier ángulo, tan armoniosa como si hubiera sido construida en un mismo periodo y a diseño integral (de cabo a rabo) esa sensación causaba.
La pareja de visitantes me mostraron que habían hecho dibujos a lápiz sobre algunos ángulos de la ciudad. En ingeniosa broma me permití compararlos evocando al gran viajero y dibujante Thomas Egerton que recorrió el país sus pueblos y campiñas dejando sus sensacionales estampas, apuntes y grabados -entre otros- sobre aquel Zacatecas de 1930-1931.
Los argentinos sabían que Zacatecas fue la “civilizadora del norte”, pero que por su ubicación -en el mapa nacional- creyeron que iba a ser una suerte de Chihuahua capital o Durango capital (que por esa época estaba abandonada de las tareas de rescate que se han hecho allá para fortuna de sus habitantes)…
Comprendí perfectamente su asombro al tropezarse con Zacatecas tras visitar otras ciudades, especialmente del norte.
Las zonas modernas de todas las ciudades son muy similares, pertenecen a esta nueva arquitectura urbana y suburbial que es idéntica en todos lados.
  Anchas vías rápidas colmadas a los lados de rótulos en verde o en azul que indican direcciones y destinos, unidades habitacionales de casas diminutas idénticas con su antena y su tinaco negro (Rotoplas) y un bosque de anuncios y espectaculares de marcas de automóviles, diversiones, licores, cervezas y refrescos.
 Sobre fincas de cemento vil y ventanales de cristal de piso a techo en los que se exhiben coches nuevos; tejabanes de talleres mecánicos, gasolineras y tiendas de autoservicio, moteles y portones de fincas rústicas que no tardarán en albergar cualquiera de los negocios o giros mencionados.
Zacatecas, mucho antes de saberse un lugar símbolo identitario del México mestizo y castizo, barroco y neoclásico, hubo de conocer experimentos arquitectónicos traicioneros o en su momento desafiantes a su composición urbana, por ejemplo, el Teatro Fernando Calderón hacia finales del siglo 19 y principios del 20, fue una “solución Chicago” su altura y volumetría gigantista para la plaza.
Otro ejemplo de un edificio desproporcionado -en sus días- fue el hospital nuevo, hoy sede del Centro de la Cultura y las Artes, que dígase de paso, una obra inmensa que quedó inconclusa, tras su abandono fue una instalación de la Secretaría de la Defensa Nacional, y justamente a principios de los noventas se rescató el inmueble y se arregló; se le colocó el reloj que jamás tuvo durante un siglo, y del que sólo hubo el hueco para colocarlo.
Ahora que recuerdo, el matrimonio argentino no me preguntó qué fin tuvo Thomas Egerton. Y qué bueno, porque les habría tenido que contar su triste fin.
Thomas Egerton luego de su estancia en aquel México ido, regresó en 1941 con su esposa y ambos fueron asesinados en la Ciudad de México (crimen inaclarado, como los de nuestros días de la inseguridad violenta extendida).
Por la edad que tenían los argentinos entonces, sí viven, han de tener poco más de setenta años, y si volvieran a Zacatecas, seguramente corregirían sus impresiones aquellas, para reclamarnos que hayamos dejado ir como el agua entre las manos, la armonía de aquel contexto único ahora rasgado por obras públicas y privadas execrables.
Finalmente, si es que se atreven a venir de nuevo, tendrían otros motivos para cancelar la visita, al saber que aquella perla del desierto está embrujada, una suerte de bella dormida que por los efectos del encantamiento se afea de manera inusitada.
La violencia se alojó en sus pueblos y en sus muros, se volvió un refugio de criminales, de los del crimen organizado (capos y policías involucrados en secuestros asaltos y fugas masivas de reos como la de Cieneguillas de 2009).
Y curiosamente a la par de la desgracia de la paz perdida, la antes bella ciudad rosada, es hoy un enclave de criminales de su fisonomía, que la despedazan cacho a cacho y de modo incesante, sin que a nadie con poder para frenarlos le importe, más bien, pareciera que acá, ése es el nuevo deporte.

*Twitter @f_javier_acuna




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