Tuesday 24 de January de 2017

Zacatecas, ¿antigüedad moderna o modernidad antigüa?

     6 Jun 2012 04:00:00

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Un viajero argentino dijo hace unos 20 años que Zacatecas poseía una antigüedad moderna (es decir, que sus monumentos principales fueron ensayos del furor barroco manifestaciones de la modernidad de ese tiempo) y que a la vez poseía una modernidad antigua.

Me explicó que aquella apreciación se fundaba en la homogéneidad por el rosado de la cantera, como elemento uniforme,  y porque ostentaba un compendio de estilos sin choque ni divorcio, una muestra de asimilación estética que parecía a la vista y desde cualquier ángulo tan armoniosa como si hubiera sido construida en un mismo periodo y a diseño integral (de cabo a rabo) esa sensación causaba, así la dibujaron los viajeros eruditos Rondé y Egerton.
La ilustración impulsó el interés público por el respeto a los monumentos antiguos con valor estético, se refiere a Goethe pionero en ese arte con su ensimismamiento por Verona, a la que adopta como su Ciudad, aunque desde el renacimiento Miguel Ángel denominó a Florencia “La divina” por el esplendor de sus atributos urbanos, para muchos la cuna del renacimiento, Florencia sería inexplicable sin sus formidables monumentos medievales (el palacio y el puente viejo, respectivamente).
Zacatecas mucho antes de saberse un lugar símbolo identitario del México mestizo y castizo, barroco y neoclásico, hubo de conocer experimentos arquitectónicos traicioneros o en su momento desafiantes a su composición urbana, por ejemplo, el teatro Fernando Calderón hacia finales del Siglo 19 y principios del 20, fue una “solución Chicago” su altura y volumetría gigantista para la plaza.
Otro ejemplo de un edificio desproporcionado -en sus días- fue el hospital nuevo, hoy sede del Centro de la Cultura y las Artes, que dígase de paso, una obra inmensa que quedó inconclusa, tras su abandono fue una instalación de la Secretaría de la Defensa Nacional y lo recuerdo muy bien, ahí se ubicaba una tienda estilo supermercado en la que se conseguían (especialmente abarrotes) a precio popular, durante el sexenio de Genaro Borrego (años 80 largos y principios de los 90), se rescató el inmueble y se arregló, un dato curioso, se le colocó el reloj que jamás tuvo durante un siglo, y del que sólo hubo el hueco para colocarlo.
En 1991 se inauguró como lo que sigue siendo hasta hoy, pero al comienzo de la obra de rescate y restauración, el proyecto era albergar allí a todas las delegaciones de las dependencias federales relacionadas con la agricultura y los recursos hidráulicos, en suma, la burocracia federal dedicada a resolver los asuntos del campo y sus problemas recurrentes. Honestamente iba a ser un despropósito que en ese espacio en su tiempo olvidado (por distante del corazón de la urbe), pero ahora integrado al conjunto histórico, se colocaran las instancias para los temas rurales, en lugar de mandar esa necesaria cuestión a las afueras de la ciudad, a efecto de facilitar a los campesinos sus trámites en un mismo lugar, pero sin colapsar el angustiado tránsito del Centro Histórico.
Es curioso, pese a su voluntad, no todos los arrebatos jacobinos y antirreligiosos del general Jesús González Ortega fueron desastrosos para Zacatecas; para injuriar a la Catedral ordenó extender la casona -que hoy es la sede del despacho del gobernador- hasta unirla con el muro catedralicio, una afrenta ideológica de la que nació el muy bello callejón de las campanas.
Hay vicios que el tiempo perdona, pero son pocos. Otro caso, es el de los arcos de apoyo o botareles alzados para reforzar los muros del templo de San Agustín, que hoy resultan estéticos y que en su día fueron chipotes para evitar que la bóveda se viniera abajo como ocurrió con la del templo del convento de San Francisco de Zacatecas; que -por cierto- no faltó quien propusiera se volviera a techar, lo que habría sido un despropósito, el encanto principal de ese conjunto es su calidad ruitica, y en cambio fue afortunado reconstruir las crujías interiores para albergar las colecciones del Museo Rafael Coronel.
Sobre la culminación de las torres de los templos de Guadalupito y Fátima ubicados fuera del perímetro del Centro Histórico, cabe decir que, Fátima no es un monumento en sí mismo, sino una expresión anacrónica (ni siquiera es neogótica sino “gotizante”).
Pero si se trata de cuestionarlas, -ambas- son admisibles, dado que se ven desde el Centro Histórico y las siluetas de dichos templos son armónicas a la distancia, mucho más gratas al paisaje urbano singular que los esperpentos del ayer, como el edificio de Telmex (caja de zapatos que emerge de la calle Morelos) y algunos de los recientes, por citar el estacionamiento inmenso de la calle del Cobre, el de la Clínica Santa Elena y la imperdonable cristalera del salón de fiestas del Motel del Bosque y los chacuacos de la Plaza Bicenterario que brotaron de 2009 para acá le robaron el encanto al sitio de modo irrecuperable. ¿Será?

fjacuqa@hotmail.com
Twitter @f_javier_acuna
   




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