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Miel y veneno, otras dosis
Antonio Sánchez González
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14 de Julio del 2016 23:07 hrs
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Liga Corta




Horacio Jinich me contó que gustaba de ver consultas a domicilio por la noche, porque a veces los pacientes le invitaban a cenar y a través de la conversación en la mesa podía complementar lo que escribir en la receta: el ambiente social y familiar puede ser causal de enfermedad. Los médicos tenemos una posición privilegiada como observadores de la sociedad. 

Si estamos atentos, la gente nos cuenta sus sentimientos al tiempo que nos entera sus dolencias: podemos sentir el pulso de sus miedos y deseos en el momento de la palpación de sus entrañas

En Jerez estamos colectivamente enfermos hace años. La falta de salud se siente en las calles igual que en los consultorios médicos: aquí, cuando se trata de curarse, para un enfermo es más importante la opinión de su pariente en “la unión americana” que la propia, o la del médico. Igual sucede a la hora de pintar la casa, pagar contribuciones, comprar comida o tomar decisiones en el gobierno municipal, porque “el que paga la música, escoge la pieza”. 

Hace mucho que en Jerez no somos capaces de producir o pagar nuestros alimentos, ni hablar de pensar en decidir nuestro rumbo social y económico. Hace mucho que no somos capaces de satisfacer las necesidades esenciales de nuestros jóvenes, mucho menos de acompañarlos en sus sueños: por eso se van: huyen.

En tres lustros, de ser un polo comercial, agrícola y ganadero con importancia regional, nos convertimos en un pueblo preocupado por construir monumentos inútiles, como lienzos charros, explanadas y domos escolares; en Jerez se perdió el espíritu emprendedor de nuestros abuelos: ya no es más el pueblo en que cada comerciante tenía un rancho, se asociaba con sus pares en alguna talabartería, establo o fábrica de quesos y regenteaba un taller productor de algo con lo que mercadear, aparte de su tienda. 

Ahora, la principal empresa es descifrar el cartel de los bailes de feria y nuestra vida pública está hecha de “eventos” y “conferencias de prensa” sin esencia.

Jerez es el único municipio de este estado pobre que ha visto disminuir su producto interno bruto sostenidamente casi una década. 

Hoy, el campo jerezano produce 4 veces menos que hace 12 años. Estamos en recesión hace trienios.  Los muchachos sin quehacer, los comercios desolados, los robos en las casas, son los síntomas del padecimiento.

Lamentablemente, casi ninguno de nosotros, jerezanos, está pensando en el remedio. El delirio que nos causó el espejismo del rimero de turistas que se supone merecemos, mató el cuidado que debimos mantener en las fuentes de riqueza que engrandecieron a este pueblo por cuatro centurias. 

Hoy, tenemos una economía local exclusivamente basada en los empleos que genera el edificio de la presidencia municipal, cuyo patrón cambia cada 3 años.

Dice una trillada aseveración que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Seguramente nos merecemos gobiernos patéticos, salidos de partidos no comprometidos y encabezados por actores con motes inspirados en personajes de película del Piporro, dedicados a una continua perorata porque reconocen sus puntadas insuficientes para resolver estas patologías. 

Hace unos días, hablando del tema, me alarmó el ceño preocupado del gobernador electo, pero me tranquilizó su discurso serio y cuidadoso, y el respaldo que ofreció al gobierno municipal electo. Ojalá sepamos aprovecharlo.