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Ser reo, padecer dentro y fuera del penal
Alejandro Castañeda
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23 de Septiembre del 2016 23:36 hrs
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Liga Corta




El 24 de septiembre se conmemora el Día Internacional del Reo pues es el día de la Virgen de las Mercedes, santa patrona de la orden de los Mercedarios, congregación católica que brinda apoyo a los prisioneros.

El proceso de estar al interior de una cárcel no sólo es desgastante para el preso, sino también para su familia y seres queridos, pues ellos también sufren la situación desde sus hogares.

Los días de visita se vuelven una oportunidad para convivir de nuevo con el ser querido quien, por hacer mal las cosas o quizás por una injusticia, se encuentra tras las rejas y debe pagar una sentencia o, peor aún, esperar un proceso condenatorio.

Es jueves o domingo y la mañana da inicio cuando se comienzan a hacer los alimentos que se llevarán a la visita. Puede ser desde una comida sencilla hasta el platillo favorito del reo, pero algo es seguro: toda la familia comerá junta allá, en el patio del penal.

Antes de salir de casa hay que tomar las medidas necesarias para agilizar la entrada al penal: revisar si se lleva la credencial de elector o la licencia de conducir, la CURP de los niños o el acta de nacimiento del bebé, y no vestir  ropa obscura.

Se emprende el camino y con la llegada a las inmediaciones del penal comienzan los sentimientos encontrados: felicidad, nostalgia e impotencia; todo se disfraza con una sonrisa o una falsa mueca.

El ser querido que no está presente en la vida diaria, es resguardado tras una gran puerta gris.

Esa puerta se abre y los visitantes entregan la comida que fue preparada con esmero para que sea revisada; después, se cierra, y cuando vuelve a abrirse se entregan las identificaciones para poder ingresar. 

La visita es negada a quienes lleven puesta ropa obscura o a las mujeres que usen escotes pronunciados o usen licras.

Cuando el portón se vuelve abrir es momento de quitarse la cachucha o el sombrero, dejar los lentes obscuros, apagar los celulares, dejar las llaves y entrar al cuarto de revisión.

Después de ese filtro se recogen los alimentos. Es momento de pasar por el largo pasillo con vueltas y retornos que parecieran emular un laberinto.

Se llega hasta otro portón, también gris, el cual permite arribar al patio, ahí donde aguarda el ser querido que está ausente y presenta a la vez. 

La primera vez que la familia ve al reo, se llena de tristeza y no puede evitar el llanto; la nostalgia de los momentos vividos invade la mente y las personas se quiebran.

Con el tiempo y la rutina, ese sentimiento no se va, pero se maquilla y las personas aprenden a vivir con él. 

Con fortuna será posible alcanzar una mesa de cemento. 

La plática comienza a fluir. Se habla de todo, desde cómo están los demás miembros de la familia y los vecinos de la colonia, hasta cómo va el proceso ahí afuera y qué dicen los abogados. También el reloj comienza a correr. 

Lo que antes era tan normal, como sentarse a comer en familia, ahora es un momento de alto valor sentimental con el que quien está adentro llena su espíritu para aguantar la condena. 

En esa comida no hay cuestionamientos ni juicios; quizás se tomó el mal camino, pero al menos se está vivo. Si se trata de una injusticia, se mantiene la llama de la esperanza viva, aunque en ocasiones pareciera acabarse. 

La familia se vuelve el pilar para algunos, pero también están aquéllos que no salen al patio porque nadie los visita. De ellos, pocos se acuerdan.

El reloj de arena se apresura y se aprovecha hasta el último segundo para estar con el ser querido, darle palabras de aliento y decirle que la familia está con él a pesar de todo.

El silbato imaginario suena, el custodio informa que ya se acabó la visita y todos tendrán que esperar a que sea domingo o jueves otra vez. 

La despedida borra las sonrisas; los ojos tristes y las lágrimas se hacen presentes.

Luego la familia se dirige nuevamente al laberinto para salir del penal y volver a la aparente vida normal. 

Ahora la nostalgia se queda con el reo, aquél que resta cada día al calendario de su condena, aquél que siente que las horas son cortísimas  cuando su familia lo visita y que se hacen eternas cuando la gente que más quiere ya no está acompañádolo en el patio. 
 

Los centros penitenciarios del estado

En el estado hay 1 mil 547 presos en las 16 cárceles distritales, los tres Centros Regionales de Reinserción Social (Cerereso) y el Consejo Tutelar para Menores, informó Marco Antonio Vargas Duarte, vocero de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP).

Los reos, explicó, le cuestan a los contribuyentes un aproximado de 7 millones 704 mil pesos al mes y en cada interno se gastan 5 mil 190 pesos mensuales.

El vocero precisó que se destinan 166 pesos diarios a cada interno y que no sólo se reduce a la cobertura de alimentos.

De acuerdo a un informe de la unidad de Acceso a la Información Pública de la SSP, con este dinero se cubren gastos de operación de los centros penitenciarios, como el pago al personal operativo y administrativo, el mantenimiento de los vehículos y su combustible, insumos generales y servicios como agua, luz y teléfono.

Señaló que “hay una diferencia descomunal” en el número de presos hombres con comparación con las mujeres: son 1 mil 448 varones y 99 mujeres quienes cumplen una condena en algún Cereso zacatecano.

Declaró que la mayoría de las reclusas están instaladas en el Cerereso Femenil y sólo 8 están distribuidas en las cárceles distritales.

Sobre los menores infractores dijo que en el Consejo Tutelar para Menores hay 47 varones y dos mujeres.

Agregó que uno de los mayores beneficios que tiene los presos en estas cárceles es el apoyo psicológico ofrecido como parte del programa de reinserción: “Se platica con los internos, se intenta conocer el por qué de sus acciones y motivarlos a reencontrar la importancia de vivir en armonía con la sociedad”.

Entre otros programas nombró los talleres de fomento creativo como pintura, carpintería, talabartería y música, por mencionar algunos.

Para las mujeres hay actividades adecuadas a sus intereses,  dijo, como tejido, corte y confección, cocina, panadería y repostería. 

Estos programas incluso les permiten a los reclusos crear productos o artesanías que, a través de sus familiares, venden a la sociedad.

Declaró que hay casos de presidiarios que gracias a su buena conducta tienen permiso para vender productos de abarrotes.

Respecto a las prácticas deportivas, Vargas Duarte platicó que se realizan diferentes torneos como la carrera que se efectúa el día de la Virgen de Guadalupe, en la cual se les premia a los primeros lugares con ropa o accesorios deportivos.

Recalcó que en los dos Cereresos, para hombres y mujeres, que se encuentran en Cienguillas hay capillas en las cuales los reos pueden expresar abiertamente su religión.

En cuanto a educación, comentó que los internos pueden continuar con sus estudios, si así lo quieren; además, gracias a la tecnología muchos pueden realizar una carrera profesional por internet lo cual les ayudaría “para que al momento de salir puedan adecuarse otra vez al ambiente social de las normas y las leyes que rigen la conducta la sociedad”.

Para finalizar expresó que todo lo que se hace por los presos es con el fin de que, a pesar de que estén encerrados, vivan en la mejor armonía.