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Cartas desde el exilio
Barcelona solidaria
Miguel G. Ochoa Santos
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19 de Febrero del 2017 19:58 hrs
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El sábado pasado en la ciudad de Barcelona, España, los ciudadanos dieron una contundente muestra de solidaridad con aquellos que han sido arrancados de su vida diaria por efecto de una guerra cruel. Siria ha sido deflagrada, convirtiendo a muchas de sus esplendorosas ciudades en vergonzosas ruinas de una cultura que antaño fue deslumbrante.

Las potencias y el ISIS jugaron en su territorio una siniestra partida de ajedrez y, por supuesto, los resultados para los habitantes de la región han sido ominosos. Millones de refugiados se han transformado en un río estremecedor que busca un cauce de salida a la tragedia sufrida durante años, una huida de la muerte segura.

Ante este panorama  desalentador, Europa ha actuado tímidamente porque algunos de sus miembros tienen intereses económicos y políticos en la zona. Lo peor ha sido la actitud de las élites y grandes sectores ciudadanos, cuya nervadura racista los ha llevado a rechazar una política generosa y solidaria con los refugiados, olvidando la responsabilidad propia en un conflicto del cual no son ajenos y sí protagonistas.

Gran parte del éxito del Brexit, y el ascenso de la peor derecha fascista en Europa, se debe a que el discurso xenófobo ha calado en las capas más ignorantes y escasamente cultas de la población. El miedo al otro y a todo aquello que la retórica eurocéntrica ha demonizado, para reforzar la idea de una supuesta superioridad racial, significa en los hechos una regresión a un infausto pasado que algunos se empecinan en revivir.

Ahora la nueva administración estadounidense quiere sofocar el terrorismo radical echando más gasolina al fuego, igualando erróneamente la cultura musulmana con el extremismo. Quizá de este modo intentan ocultar la visión real que subyace a sus políticas: un peligroso fundamentalismo racista, que intenta culpar al inmigrante de los males propios para lanzar una cruzada contra él.

Ante esto, miles de catalanes han reaccionado con un “basta ya”. Ojalá en México y Estados Unidos se tome nota de esta contundente y fraternal respuesta.