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Memoria viva
Un visitante que dejó huella: Agustín Rivera
Manuel González Ramírez
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26 de Abril del 2017 00:00 hrs
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Liga Corta




Cortesía / Las ruinas de La Quemada, litografía, mediados del siglo XIX. Archivo de la Crónica de Zacatecas.

Acaban de pasar las festividades de Semana Mayor y la Pascua del año 2017, y aunque cada año vivimos las tradiciones propias de esta temporada, siempre algo cambia, nada es idéntico al año anterior.

Quienes nos quedamos en la ciudad tuvimos la oportunidad de ser partícipes de las más diversas manifestaciones culturales y de disfrutarlas en compañía de miles de visitantes. Precisamente en esta ocasión quiero hacer referencia a un personaje que visitó nuestra entidad a finales del siglo 19 y que dejó una huella imborrable de su presencia, a tal grado que hoy me encuentro en posibilidad de compartirla con usted.

Miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, del Liceo Hidalgo y de la Sociedad Médica de Guadalajara, y visitante distinguido, su nombre: Agustín Rivera.

En agosto de 1874 este notable personaje visitó un sitio al que nombró “Ruinas de Chicomoztoc”, llamadas vulgarmente como “La Quemada”; tiempo después redactó las memorias de su visita y las mandó imprimir al año siguiente en la tipografía de José Martín, en San Juan de los Lagos. Gracias a esa publicación podemos enterarnos de su experiencia en este lugar y de la manera que concibió uno de los sitios visitados.

Quizás tras leer al padre Francisco Javier Clavijero quien, en su obra sobre la historia antigua de México hace referencia a las ruinas de la Quemada y la vincula con la mística peregrinación azteca, le surgieron pretensiones de visitar el lugar. No quedó en un simple deseo y don Agustín Rivera se dio su tiempo y vino a conocer los vestigios arqueológicos, a pesar de su delicado estado de salud.

Lo primero que hizo fue tomar la decisión de dejar a un lado sus ocupaciones y sus achaques, luego emprendió el camino a Villanueva, tardando tres días en recorrer el trayecto y llegó en la madrugada del 7 de agosto de 1874. Apenas arribó a este poblado cundo un comité de recepción lo trasladó de inmediato al viejo casco de la hacienda de La Quemada, allí lo recibió doña Margarita López de Franco e hijos, dueños de la mencionada hacienda.

Jamás imaginó que lo esperarían con una cálida bienvenida; al ingresar a la sala las señoritas Ángela y María Franco interpretaron al piano una marcha triunfal, don Agustín se conmovió tanto que no pudo evitar que algunas lágrimas escaparan de sus ojos y en sus memorias plasmó este momento emotivo con las siguientes palabras: “porque cuando se ha deseado mucho tiempo y procurado con trabajos alguna cosa, y al fin se consigue, da mucho gozo”.

Después de tan emotiva recepción, los anfitriones y su visitante abordaron un coche que los conduciría hasta las ruinas; poco antes de llegar el carruaje no pudo avanzar debido a los accidentes geográficos de este paraje, así que descendieron del vehículo y continuaron la travesía a caballo, visitaron una pirámide, un gran salón, el salón de las “once columnas” y la “pirámide circular”.

Este último punto sirvió para que don Agustín y sus anfitriones abordaran un tema interesante, el primero evocó el supuesto nombre de este lugar: Chicomoztoc o “Lugar de las siete cuevas”, a la vez que hizo referencia a unos documentos en los cuales se hablaba de la existencia de seis cuevas; según sus fuentes, cinco de ellas se situaban junto a la “pirámide circular” y otra muy cerca de ahí, al parecer esta última era tan profunda que en una ocasión el conde de Santa Rosa, antiguo propietario de la hacienda de La Quemada, entró con la idea de llegar hasta el fondo de la cueva y no lo consiguió.

Los anfitriones le comentaron que no existía cueva alguna en este lugar, sabían de ella pero nunca la habían encontrado. Al respecto don Agustín recordó que cuando venía en la diligencia que lo conducía de Zacatecas a Villanueva se puso a platicar con los pasajeros a quienes calificó como gente sencilla de la clase media, con excepción de “una mujer de la plebe”. Cada pasajero, sin que nadie le preguntara, comentó el motivo que lo llevaba a Villanueva:

“La mujer de la plebe dijo que iba a reclamar ante el juez una casita propia que había vendido su marido. La misma mujer le preguntó a don Agustín: –Y usted ¿a qué va? –Voy a ver los Edificios (respondió). –¡Hum! Isque a ver unas casas caidas… Esos edificios están encantados –abundó la mujer–, que desde lejos se ven muchas cosas, y ya llegando no se ve nada. Dicen que hay una cueva muy larga, y que no se le ha llegado a ver el fin. Esa cueva está encantada. No se abre mas que el día de san Juan, y si usted la busca en otro día, no la haya”.

Después de esta breve charla, los paseantes continuaron su recorrido por la “pirámide mayor”, la “escalinata” y las calzadas. La visita al famoso “Cerro de los Edificios” concluyó a la una de la tarde y regresaron al casco de la hacienda de La Quemada, pasaron unas horas en la sala, disfrutando del canto y de la música. Al oscurecer don Agustín regresó a Villanueva. De las doce de la noche a la una de la mañana amplió sus apuntes que había tomado durante el día. Al día siguiente, a las cuatro de la mañana salió en la diligencia que lo conduciría a Zacatecas. En el camino venía recordando cada momento que vivió en Villanueva.

Dos días estuvo en Zacatecas para luego regresar a Lagos donde escribió las reflexiones y los recuerdos que le produjeron su visita a La Quemada que, hoy, por lo limitado de este espacio, sólo se pudo compartir una pincelada del documento.