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Andanzas
Las fiestas del pueblo
Ricardo González
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15 de Junio del 2017 00:00 hrs
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Liga Corta




Cantando voy por la vida, nomás recorriendo el mundo, si quieren que se los diga, yo soy un alma sin dueño, a mí no me importa nada, pa’ mí la vida es un sueño. Sonaba desde un ya destartalado conjunto norteño que amenizaba la borrachera de un grupo de amigos que se entregaban a los excesos del alcohol casi al amanecer.
Por las mañanas los barrenderos limpiaban la plaza para que por las noches los distinguidos visitantes bebedores la volviesen a ensuciar. Las ferias o las fiestas –como les quieran decir- siempre tienen dos tipos de gente: las y los que se la pasan en la Iglesia y las y los que nos vamos a la plaza a oír las tamboras y las bandas.
Ya les había platicado que una vez crudo me fui a una procesión y la cosa estuvo medio fea, porque con mis mareos anduve distrayendo al cura en la misa, pero la mera verdad que los que nos vamos a oír las tamboras y beber poquito somos más, pero en las crudas nos emparejamos.
Me gusta ver a las familias que llegan a la plaza a comprarle churros a sus hijos, a subirles a uno o dos juegos mecánicos, a hacerse alguna foto, a beber un tequila servido en un cantarito, a saludar a los amigos y regresar relativamente temprano a su hogar.
Conforme se va haciendo más noche la plaza comienza a rejuvenecer, las canciones que se escuchan se hacen más actuales, ya entrada la noche se oye música en inglés, y unos sonidos quesque electrónicos. 
Don Tomás lleva años siendo el responsable de la plaza, con tristeza cada año ve como le maltratan “sus” árboles, como le afean el kiosco, como le pisotean sus jardines. Pero esta noche es diferente, don Tomás fue padrino de una pequeña y en el festejo se le “picó el maíz” como nos gusta decir cuando ya andamos algo borrachos, y se fue a la plaza a seguir bebiendo.
Entró a una cantina y luego a otra y a otra hasta el amanecer, casi todos los tragos se los regalaban pues era muy conocido en la plaza, cuentan que andaba tan borracho que fue a orinar al kiosco y un policía lo vio y lo detuvo.
Al día siguiente las habladurías no dejaban de sonar: “mira nomás y eso que es el encargado”, “esos de la presidencia son unos huevones”, “tan don perfecto que se decía ser”.
Don Tomás no soportaba la vergüenza de haber roto con el mismo, con sus acciones de años y años, todo por el maldito vicio –se decía en sus adentros-. Su cruda era de las feas.