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Medicina para los feos
Antonio Sánchez González
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14 de Julio del 2017 00:00 hrs
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Liga Corta




Algo extraño está sucediendo en la medicina occidental. Ya no se está utilizando sólo para curar o prevenir enfermedades. La medicina se utiliza ahora en la búsqueda de la felicidad.

Hoy, tomamos Viagra a la hora de acostarse y Ritalin al levantarse. Inyectamos Botox para alisar cejas arrugadas y frotamos a Regaine en cabezas calvas. Tragamos Paxil por timidez, Prozac por dolor y Buspar por ansiedad. Para el pánico escénico usamos medicamentos betabloqueadores o hacemos cirugía endoscópica por sudoración excesiva. Pedimos a los cirujanos que recorten narices, que chupen grasa de nuestros muslos, que nos transformen de hombres a mujeres, que incluso amputen nuestros brazos y piernas sanos en búsqueda de lo que algunas personas creen que es su verdadero yo. Hace tres décadas, la mayoría de los médicos nos pronunciábamos en contra de estas conductas. Ahora muchos cambiaron su manera de pensar.

Por supuesto, no todo esto es nuevo. Los cirujanos cosméticos abrieron su tiendita desde la década de 1930, y los antidepresivos y las drogas para la ansiedad han existido por más de 60 años. Tampoco todas estas llamadas "técnicas de mejora" son simplemente tratamientos para aliviarse. Los antidepresivos se pueden usar para tratar la depresión severa, así como para hacer que las personas que ya están bien se sientan "mejor que bien". Sin embargo, en ningún momento de la historia los humanos hemos sido tan entusiastas consumidores de estas técnicas. ¿Qué ha sucedido para lograr un cambio tan dramático?

Una de las razones es dinero. En los últimos tres decenios los Estados Unidos construyeron un sistema de salud basado en el mercado, en un proceso interrumpido por Obamacare y que ahora parece que retomarán. En este sistema, la industria farmacéutica alcanzó poder financiero sin precedentes. Desde principios de los años noventa, la industria farmacéutica ha sido el negocio estadounidense más rentable. Y con las utilidades llegó el poder.

Las farmacéuticas gastaron más dinero en cabildeo político que cualquier otra industria, más que las petroleras, tabacaleras, aseguradoras o la industria automotriz. Y también incrementaron su gasto en comprar la voluntad de los médicos. El número de representantes de fármacos empleados para hacer lanzamientos promocionales directamente a los doctores aumentó un 57% en las últimas dos décadas. Y, notablemente, hoy la industria farmacéutica financia el 40% de la educación médica continua en las escuelas médicas estadounidenses.

Debido a que las "tecnologías de mejora" son usualmente intervenciones médicas, deben ser prescritas o practicadas por un médico, no como "mejoras", sino como "tratamientos" para el sufrimiento, psicológico o físico. A medida que los beneficios de la industria farmacéutica aumentaron, también lo han hecho el número de nuevas “enfermedades”, desde el trastorno de ansiedad social y el síndrome disfórico premenstrual hasta la disfunción eréctil y el intestino irritable. La industria vende drogas vendiendo enfermedades y educando a los médicos acerca de ellas.

El sufrimiento que estas intervenciones tratan a menudo es genuino, pero difiere del tipo de sufrimiento inherente a las condiciones médicas ordinarias. A menudo (no siempre) es de naturaleza social. Si uno tiene diabetes o enfermedad cardíaca, se sufre independientemente de cómo le miren los demás. Pero el sufrimiento que viene de ser chaparro, tímido o con mamas pequeñas está vinculado con la forma en que estas características son vistas por otras personas. Es cuando los problemas sociales pueden ser tratados con tecnologías médicas, que llegan a considerarse como problemas médicos. Entonces los médicos se sienten cómodos tratándolos.

Estas tecnologías se convirtieron en la forma de construir nuestro sentido de dignidad mientras estamos frente al espejo social. Éste espejo es críticamente importante para la identidad. La mayoría de nosotros puede identificarse con la vergüenza que siente una persona cuando la sociedad refleja una imagen degradante o humillante.

Pero la otra cara de la vergüenza es la vanidad. También es posible obsesionarse con ese espejo social, pasar horas delante de él, posando, flexionando los bíceps, alisando el cabello. Es posible pasar tanto tiempo frente al espejo que se pierde cualquier sentido de lo que se es, aparte de la reflexión que se ve.