×
×
×
×


Búsqueda


Introduzca su búsqueda



Memoria viva
Exhiben restos de cuatro insurrectos en Zacatecas
Manuel González Ramírez
~
23 de Agosto del 2017 00:00 hrs
×


Compartir



Liga Corta




Terrible espectáculo presenciaron los habitantes de Zacatecas durante los últimos días de agosto y los primeros de septiembre de 1811. 


A lo largo de casi dos semanas permanecieron expuestas las cabezas de cuatro de los principales jefes del movimiento insurgente, en la casa de los intendentes, situada frente a la Plaza de Armas. Ahí las colocaron para alimentar el morbo, el escarnio y el terror entre el vecindario de esta ciudad, en el ánimo de que sirviera de escarmiento para los partidarios o potenciales seguidores de los rebeldes… pero ¿cómo llegaron aquí?


A mediados de 1811, los principales jefes de la insurgencia fueron procesados, condenados y ejecutados en Chihuahua. Entre ellos, Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y José Mariano Jiménez. Después de su ejecución, sus verdugos les retiraron la cabeza de su respectivo cuerpo y las autoridades decidieron enviarlas a Guanajuato, donde unos meses antes, el ejército insurgente había pasado a cuchillo a un gran número de españoles que se había refugiado en la Alhóndiga de Granaditas. 


Al respecto, nuestro célebre historiador don Elías Amador, el “Tito Livio zacatecano”, nos relata en su Bosquejo histórico de Zacatecas: “Por tanto, puede decirse que cuando la mano de serviles verdugos había descargado inicuo golpe sobre el cuerpo de las indefensas víctimas, don Nemesio Salcedo tenía ya anticipada orden en Chihuahua para remitir las cabezas de los cuatro decapitados, a efecto de que fueran a servir de provechoso y necesario escarmiento en la Alhóndiga de Granaditas en Guanajuato, al mismo tiempo que de trofeos conquistados al precio de una negra iniquidad”, refiriéndose a la traición que sufrieron y que los puso en manos de sus enemigos.


El 30 de julio, el cura Hidalgo fue uno de los últimos caudillos de la insurgencia que fueron ejecutados en esta primera etapa del movimiento. El juez comisionado para integrar el proceso fue Ángel Abella, administrador de correos de Zacatecas (quien unos meses atrás sobrevivió a un intento de linchamiento en la ciudad de Zacatecas). 


El 29 de julio, a este mismo personaje se le encomendó que acudiera a la celda del cura de Dolores para notificarle que había sido condenado a la pena capital y a la confiscación de sus bienes. Acto seguido, don Miguel Hidalgo solicitó que fray José María Rojas, misionero del Colegio Apostólico de Propaganda Fide de Nuestra Señora de Guadalupe (Zacatecas), le prestara los últimos auxilios espirituales. Este religioso también había fungido como notario del acto de degradación sacerdotal al que fue sometido el cura de Dolores, poco antes de su ejecución.


El 5 de agosto, el brigadier Manuel de Salcedo, comandante general de Chihuahua, redactó y envió un comunicado al general Calleja y al intendente de Zacatecas, Manuel de Medina, donde les informaba que junto al documento les remitían la cabeza de Miguel Hidalgo, cuyo destino final sería la ciudad de Guanajuato. 


En el manuscrito expresaba: “Certifico que en virtud de la sentencia de ser pasado por las armas, dada por el señor comandante general de estas provincias, brigadier don Nemesio Salcedo, contra el reo cabecilla de insurrección, Miguel Hidalgo, excura del pueblo de los Dolores en este reino, previa la degradación por el juez eclesiástico competentemente autorizado, se le extrajo de la capilla del Real Hospital, en donde se hallaba. 


 Y conducido en buena custodia al patio interior del mismo, fue pasado por las armas en la forma ordinaria, a las siete de la mañana de este día, sacándose su cadáver a la plaza inmediata, en la que colocado en tablado a propósito estuvo de manifiesto al público, todo conforme a la referida sentencia; y habiéndose separado la cabeza del cuerpo en virtud de orden verbal del expresado superior jefe, se dio después sepultura a dicho cadáver por la santa y venerable Hermandad de la Orden de Penitencia de nuestro seráfico padre San Francisco, en la capilla de San Antonio del propio convento. 


Y para la debida constancia firmé la presente en la villa de Chihuahua,  a los treinta días del mes de julio de mil ochocientos once. Manuel de Salcedo [Rúbrica]. Chihuahua, agosto 5, 1811. Se remitió oficio al señor Calleja y al intendente de Zacatecas con la cabeza.”

En esos días, las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez salieron de Chihuahua con destino a Guanajuato.


Don Elías Amador nos relata que “venían acomodadas en dos cajones y las custodiaba un oficial con una pequeña escolta de caballería”.


El 20 de agosto, arribó a Zacatecas el siniestro cargamento. Las cabezas fueron entregadas al intendente Manuel de Medina, es decir, dos semanas después de que habían salido de Chihuahua.


Don Elías Amador opina en su Bosquejo histórico de Zacatecas que seguramente “no fue poco el placer que sintieron los realistas de Zacatecas al persuadirse por su propia vista, de que los atrevidos y temibles caudillos que en menos de un año habían hecho cundir con patriótico ejemplo el fuego de la libertad en casi todo el país, no volverían a turbar más el suelo mexicano con una lucha que amenazaba derrumbar para siempre el edificio del dominio colonial”. 


Las cabezas fueron depositadas para su custodia y exhibición en las Casas Reales de los Intendentes (actual Hotel Santa Lucía), ubicadas frente al ángulo noreste de la Plaza de la Pirámide (hoy Plaza de Armas). 


El 5 de septiembre las remitieron a Aguascalientes, junto con varios presos, entre ellos, Juan y Víctor Rosales.


Y aprovechando el viaje, transportarían 281 barras de plata que algunos mineros enviaban a México. Se confió la custodia de las cabezas, los detenidos y las barras de plata a una sección de 44 infantes del Batallón Urbano de Zacatecas que comandaba el capitán Agustín Núñez, que iban reforzados con un piquete de caballería que estaba a cargo del capitán Bagües. Llegaron sin novedad a Aguascalientes dos días después. 

 

*Cronista de Zacatecas