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Carlos Henrique Raposo, el futbolista justiciero y estafador
Redacción
~
27 de Septiembre del 2017 00:00 hrs
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Cortesía / El jugador fingía lesionarse en los entrenamientos y en los partidos.

En la década de los ochenta Carlos Henrique Raposo supo hacerse de las relaciones necesarias para convertirse en una estrella del futbol... y un estafador.

De acuerdo a lo que señala Tolo Leal para Libertad Digital, el nacido en Rio de Janeiro en 1963 hizo una carrera en el mundo del futbol sin ser futbolista y sin haber jugado ningún partido; además, cobró por los casi 20 años que formó parte de equipos profesionales en Brasil, México y Francia.  

Entre las discotecas brasileñas se sabía que el atlético Carlos Henrique, Keiser, era cliente asiduo para convencer a alguno de sus amigos de que los equipos debían ficharlo; se codeaba con Ricardo Rocha, Edmundo, Renato Gaúcho, Romario, Branco, Bebeto, entre otros. Les aseguraba que podía jugar y que, además, se iba a preocupar de que al futbolista en cuestión no le faltara de nada.

Su primer contrato profesional fue en 1986, en el Botafogo gracias a Mauricio, con quien había creado una amistad en la infancia, y que se había convertido en un ídolo en el club.

Henrique jugó cero partidos jugados. "Hacía algún movimiento raro en el entrenamiento, me tocaba el muslo, y me quedaba 20 días en el departamento médico. En esa época no existía la resonancia magnética. Cuando los días pasaban, tenía un dentista amigo que me daba un certificado de que tenía algún problema. Y así, pasaban los meses", explica.

No tuvo ningún problema en firmar la temporada siguiente por el Flamengo con quien tampoco jugó un solo minuto y donde tenía otro gran amigo, Renato Gaúcho, que fuera jugador de la Roma y de la selección brasileña entre otros: “Sé que Kaiser era un enemigo del balón. En el entrenamiento acordaba con un colega que le golpeara, para así marcharse a la enfermería”.

En el Flamengo afirman que llegaba a algunos entrenamientos con un enorme teléfono celular, que denotaba gran status social, y hacía como si hablara en inglés con clubes europeos interesados en su fichaje. Todos le creyeron hasta que un doctor que había vivido en Inglaterra entendió su conversación y explicó que no tenía ningún sentido. Le preguntaron, y descubrieron que el teléfono era en realidad un juguete.

Como en ese tiempo no había la inmediatez mediática con la que contamos en estos tiempos, bastaba con que existiera algún artículo a su favor para refrendar toda la palabrería lo que también dominaba Henrique: "Tengo facilidad en hacer amistades. A muchos periodistas de mi época les caía bien, porque nunca traté mal a nadie". Con regalos o información interna se congraciaba con la prensa quien lo ayudaba con artículos hablando del “gran futbolista”.

Al año siguiente llegó al Puebla, en México, estuvo solo unos meses y tampoco pisó las canchas; luego El Paso, Texas, fue su destino donde nunca tocó el balón. “Yo firmaba el contrato de riesgo, el más corto, normalmente de unos meses. Recibía las primas del contrato, y me quedaba allí durante ese periodo".

En 1989 regresó a Brasil. Al Bangú. Desbordado por la situación, su entrenador decidió convocarlo. En la segunda mitad le manda hacer ejercicios de calentamiento, y Henrique, ante la posibilidad de saltar al terreno de juego, se las ingenia: se pelea con un aficionado del equipo rival en la banda, y es expulsado.

En vestidores, antes de que su entrenador pudiera regañarlo, se dirigió a él y le dijo: “Dios me dio un padre y después me lo quitó. Ahora que Dios me ha dado un segundo padre –refiriéndose al técnico- no dejaré que ningún hincha le insulte”. El entrenador le dio un beso en la frente, y le renovó el contrato por seis meses más.

Gracias a tantos y tantos amigos, posteriormente fue pasando por América, Vasco de Gama, o Fluminense. "Nos concentrábamos en un hotel. Yo llegaba dos o tres días antes, llevaba diez mujeres y alquilaba apartamentos dos pisos debajo del piso en que el equipo se hospedaría. De noche nadie huía de la concentración, lo único que teníamos que hacer era bajar las escaleras".

El defensa Ricardo Rocha lo define como gran amigo y excelente persona “pero no sabía jugar ni a las cartas. Tenía un problema con el balón. Nunca lo vi jugar en ningún equipo. Te cuenta historias de partidos, pero nunca jugó un domingo a las cuatro de la tarde en Maracaná, estoy seguro”, comenta el que fuera jugador del Real Madrid, que añade “en una disputa a mayor mentiroso, Pinocho perdería con Kaiser”.

Mediante otro amigo Henrique llegó al Ajaccio francés cuando un brasileño llegando a Europa era sinónimo de éxito; la presentación que le había preparado el club sorprendió al futbolista: “El estadio era pequeño, pero estaba lleno de aficionados. Pensaba que sólo tenía que saltar al césped y saludar, pero entonces vi que había muchos balones en el campo, y que tendríamos que entrenar. Me puse nervioso, en mi primer día se darían cuenta de que no sabía jugar”.

Pero para un hombre que llevaba años engañando a todos, eso sólo iba a ser un reto más: “Salté al campo, y comencé a coger todos esos balones y patearlos hacia los aficionados. Al mismo tiempo saludaba y me besaba el escudo. Los aficionados enloquecieron. Y en el césped ya no quedaba ni un balón”.

Henrique asegura que fue ahí donde sí jugó de verdad, nunca más de 20 minutos por partido, pocas veces en cada temporada en la que estuvo en el campeonato francés. Con 39 años, colgó las botas.

En sus casi 20 años de carrera entró muy pocas veces al campo de juego para disputar un partido oficial y nunca en una cancha brasileña. Él mismo confiesa que tendrá unos 20 o 30 partidos jugados, como mucho, y en todos salía lesionado.

“No me arrepiento de nada. Los clubes han engañado y engañan mucho a los futbolistas. Alguno tenía que vengarse por todos ellos", zanja Carlos Henrique Raposo.