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Memoria viva
Pleito en el Ayuntamiento de Zacatecas
Manuel González Ramírez
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10 de Enero del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Cortesía / Los tres regidores “rebeldes” desafiaron al entonces teniente de corregidor: Nicolás Rodríguez.

El sábado 7 de septiembre de 1596, varios personajes estaban reunidos en el zaguán de la cárcel pública de la ciudad de Zacatecas: el contador Pedro de Vergara, el tesorero Hernando de Velasco, el depositario general Diego Ruiz de Temiño, el regidor Cristóbal Martínez y el teniente de corregidor Nicolás Rodríguez.

Los primeros le decían a este último que había necesidad de reunirse en sesión de cabildo para tratar diversos asuntos, a lo que Nicolás Rodríguez contestó que él no estaba enterado de que hubiera asuntos qué tratar y que por lo tanto, no veía la justificación para reunirse en cabildo.

El contador Pedro de Vergara insistió en que sí había algunos temas relacionados con la ciudad que requerían de pronta atención, y le pidieron al teniente de corregidor que entrara al edificio para realizar la sesión de cabildo, y así evitar que personas ajenas al ayuntamiento se enteraran de lo que discutían.

Por su parte, Nicolás Rodríguez se negó a entrar al recinto oficial y les dijo a los demás ediles que se había enterado cómo los regidores querían hacer reunión de cabildo con la única intención de dar poder a Diego Pérez de Rivera para dar seguimiento a las causas que estaban en curso contra Antonio de Saavedra, corregidor de la ciudad. 

Agregó que para tan delicado asunto deberían estar todos los integrantes del ayuntamiento y que faltaba uno de ellos, el alguacil mayor Hernando Briceño, quien andaba fuera de la ciudad. 

Rodríguez sentenció que mientras el alguacil no regresara sería imposible reunirse en cabildo.

Finalmente, el teniente de corregidor advirtió a los regidores que si se reunían en sesión sin la presencia del alguacil, se procedería contra ellos con todo el rigor de la ley y se les impondría una multa de 400 pesos de oro común.

Era evidente que los ediles algo tramaban en contra del corregidor de Zacatecas Antonio de Saavedra, quien andaba fuera de la ciudad y también era notorio que su representante, Nicolás Rodríguez, estaba poniendo en marcha una estrategia dilatoria para evitar la actuación de los regidores.

Ante las advertencias de proceder legalmente contra ellos y de pagar una cuantiosa multa si sesionaban, Cristóbal Martínez expresó que no tenía objeción alguna al respecto.

Por su parte, los regidores Pedro de Vergara, Diego Ruiz de Temiño y Hernando de Velasco dijeron que apelarían tal mandamiento ante su majestad y su Real Audiencia del Reino de Nueva Galicia, y responsabilizarían al dicho teniente de corregidor de todos los daños y perjuicios que provocara su actuación.

Una vez más, los regidores le solicitaron que convocara y asistiera a una sesión de cabildo, al mismo tiempo le advirtieron que de no hacerlo, ellos sesionarán por su cuenta y con la presencia de un alcalde ordinario porque querían tratar varias cosas relacionadas con el bien común de la ciudad. 

El teniente de corregidor les dijo que él ya había hablado y no cambiaría de opinión y, al mismo tiempo, les solicitó por escrito todo lo que le estaban diciendo.

Ellos aceptaron y por esta razón quedaron consignadas tales circunstancias para la posteridad.

En ese mismo momento, los regidores “rebeldes” hicieron comparecer al alcalde ordinario Francisco Gutiérrez Trejo y le notificaron que el teniente de corregidor Nicolás Rodríguez no quería convocar ni participar en una sesión de cabildo. 

Argumentaron que era urgente realizarla para atender varios asuntos urgentes de la ciudad, por tal motivo, requerían de su presencia para poder sesionar. 

Al presenciar esto, el teniente de corregidor abandonó el zaguán de la cárcel no sin antes pedirle al escribano real, Esteban de Basiniana, que tomara testimonio de todo lo que estaba pasando y de lo que sucediera después de ese instante.

Lejos de amedrentarse con el enojo y las amenazas del teniente de corregidor, los regidores y el alcalde ordinario mandaron llamar a Pedro Francisco Granado, intérprete y portero oficial del ayuntamiento para que abriera las puertas de las casas consistoriales.

Sin embargo, el portero nunca llegó, y los desesperados regidores consiguieron unas tenazas con las que rompieron la cerradura principal de las casas de cabildo y de la puerta de la sala capitular.

Acto seguido, entraron en ella los tres regidores y el alcalde ordinario, a quienes también se sumó Cristóbal Martínez, quien en un principio se había retractado de participar en una “sesión de cabildo ilegal”.

Cuando ya se encontraban dentro de la sala, cada uno de ellos se sentó en su respectiva silla y comenzó la sesión de cabildo.

Ahí dijeron que al día siguiente se festejaría la Natividad de la Virgen María, patrona de la ciudad de Zacatecas, y para ello se daría noticia al vicario de la iglesia mayor para que realice la solemne celebración religiosa.

Un asunto muy noble, ya que no querían privar de un tradicional festejo a los habitantes de la ciudad. 

También acordaron el envío de un representante oficial ante el virrey de la Nueva España para que solicitara repartimiento de indios para que vinieran a desaguar las inundadas minas de Zacatecas, para tal embajada nombraron nada más ni nada menos que al minero Diego Pérez de Rivera.

El 19 de septiembre de ese mismo año, el teniente de corregidor Nicolás Rodríguez convocó a una sesión de cabildo a la que asistió el otro alcalde ordinario Sebastián Muñoz, el alguacil mayor Hernando Briceño y el regidor Cristóbal Martínez. Creemos que no invitaron o no quisieron asistir los tres regidores “rebeldes” ni el alcalde ordinario Francisco Gutiérrez.

En la reunión dijeron que debido a la ilegalidad de la anterior sesión, revocaban el nombramiento que habían expedido sus integrantes. Unos días después volvieron a juntarse todos, tras solventar sus diferencias.

*Cronista de Zacatecas