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Memoria viva
El comercio en los albores del Zacatecas virreinal
Manuel González Ramírez
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07 de Febrero del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Cortesía / Recreación de la Plaza Mayor de Zacatecas de principios del siglo 19.

Tras el descubrimiento de las minas de Zacatecas, acaecido el 8 de septiembre de 1546, el comercio “fue una de las actividades más importantes de los habitantes de Zacatecas, desde los primeros días de su vida como asentamiento” novohispano. 

Así lo apunta el maestro Roberto Ramos Dávila quien fuera cronista de esta ciudad y uno de los precursores de la investigación en torno al tema del comercio en Zacatecas. 

En efecto, desde que el hallazgo de ricas vetas de plata atrajo a una gran cantidad de gente a las inmediaciones del emblemático cerro de La Bufa, el campamento minero original se vio enriquecido también con gente que venía a comerciar con una diversidad de productos e insumos.

De igual forma, vinieron personas para dar alegría a los trabajadores de minas y comerciantes. Y ante la presencia de gente tan diversa y cuantiosa era necesaria también la oferta de servicios espirituales.

De esta manera, la ciudad se vio favorecida con todo tipo de servicios, incluyendo los de orden espiritual que también costaban en ocasiones.

Esto significó que la ciudad de Zacatecas, cuya riqueza atrajo a tanta gente como abejas al panal, llegó a convertirse en una de las más importantes de la Nueva España.

Al respecto, el maestro Ramos afirma con mucha razón que en un principio hubo hombres “dedicados con febril esfuerzo a arrancar la riqueza argentífera del corazón de las entrañas de su serranía, (y) pronto encontraron que les hacían falta los más elementales productos para satisfacer sus necesidades vitales como individuos y como grupo social. 

Esta necesidad permitió que pronto hicieran su aparición personas que en vez de lanzarse en pos del señuelo de la plata, prefirieron establecerse y dedicarse a proporcionar a sus pobladores lo que necesitaban, surgiendo así el comercio como la segunda actividad económica, superada únicamente por la minería”. 

El mismo maestro Ramos Dávila comparte con nosotros sus hallazgos sobre el tema y que consisten en una serie de crónicas del siglo 17 “que nos hacen saber que ‘había en la ciudad muchos más comerciantes y tenderos que mineros y refinadores, lo cual comprueba la importancia de la ciudad como centro comercial... (pues) la riqueza se obtenía en primer lugar de las minas y en segundo del comercio con el centro del país y con el norte”. 

En ese tenor, el maestro abunda que “del exterior arribaban a la pujante población interminables caravanas de carros y carretas que desafiando el peligro de los ataques de los indígenas (chichimecas) irredentos, y superando el temor a lo desconocido, hacían llegar a ella los más variados productos: textiles de Puebla, cerámica de Guadalajara, sedas de China, zapatos de Sayula, cacao de Venezuela, pescado de Michoacán, vino de Parras y productos lácteos de Aguascalientes”. 

Desde esa época había en Zacatecas dos tipos de comerciantes, los de mayoreo y los de menudeo.
Los primeros, propietarios de grandes almacenes, y los segundos, quienes expendían sus mercancías en espacios públicos, según el tipo de productos. 

Con el tiempo, la permanencia de comercio ambulante en un espacio particular de la ciudad proporcionó el nombre de portales, calles, plazas y plazuelas.

Por mencionar algunos ejemplos: el portal de Las Flores (antigua alhóndiga de Zacatecas), plazuela de la Loza, plaza del Maíz, plaza de las Tunas, Plaza del carbón.

Los enormes gastos que hacían los comerciantes para traer los insumos a esta ciudad, la importancia del comercio, la escasez de algunas mercancías pero sobre el espíritu de negociantes, provocaban que los precios de los productos fueran muy elevados para los consumidores.

En consecuencia, las autoridades tomaron las medidas pertinentes para el cobro de impuestos, el control de las ventas y de los precios. 

También eran fiscalizados todos los instrumentos de medición o de peso para evitar perjuicios a los consumidores que en ocasiones eran víctimas de algunos comerciantes.

El 2 de octubre de 1618, el teniente de alguacil mayor de la ciudad Juan Hernández de Acosta, compareció ante el corregidor don Francisco Juárez de Espeleta, para denunciar “a todas las personas mercaderes que en ella tienen tiendas y venden por menudeo, las cuales con poco temor de Dios” estaban vendiendo vino con medidas de capacidad alteradas. 

Y para que los culpables fueran castigados de tan grave delito pidió y suplicó al corregidor que se visitaran dichas medidas y las que se hallaren faltas se utilizaran como prueba del delito.

Al día siguiente, las autoridades visitaron todas las tiendas de la ciudad para verificar sus pesas y medidas. 

*Cronista de Zacatecas