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Prevenir o lamentar
Antonio Sánchez González
~
20 de Abril del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




Al igual que para la enfermedad, hay dos tipos de tratamiento para la pobreza: curativo y preventivo.

La sociedad y los políticos pueden esperar hasta que la enfermedad haya golpeado; hasta que las fuerzas del mercado hayan causado estragos y las personas y las familias se hayan empobrecido por el desempleo o vivan con bajos salarios, se hayan separado por la emigración, sus adolescentes se embaracen y sus ancianos con pensiones raquíticas o en la más absoluta miseria luchen para llegar a fin de mes.

Luego pueden tratar de curar la enfermedad o, al menos, aliviar los síntomas de la pobreza: redistribuir el ingreso de los que están en mejor posición económica a los menos afortunados, pagar subsidios a los desempleados, aquellos con salarios bajos y familias monoparentales y a los pensionistas pobres.

O, al contrario, pueden intentar prevenir la aparición de la enfermedad. Pueden garantizar que todos los que alcancen la madurez tengan las habilidades y la actitud necesarias para competir eficazmente en el mercado laboral; asegurarse que los adolescentes tengan el conocimiento, la comprensión y el apoyo para esperar hasta que tengan recursos -de todo tipo- suficientes antes de tener hijos; y proporcionar un marco para que a lo largo de su vida todos puedan construir un derecho de pensión lo suficientemente grande como para garantizar un nivel de vida decente en la vejez.

Las cifras nacionales que se refieren a pobreza y desigualdad que se publican puntualmente demuestran el terrible fracaso de la manera mexicana de abordar el problema, permaneciendo en el modo curativo. Tradicionalmente, los mexicanos nos hemos centrado, como es fácil comprender, en basar la solución del inconveniente de la pobreza en la seguridad social, el apoyo con regalos a los desempleados y los enfermos que no están bajo el manto de las instituciones sanitarias del estado, en un afán de suplir el deficiente sistema de pensiones y de generación de riqueza del país.

Sin duda, habrá mucho para discutir en las cifras mexicanas referentes al alcance y la medición de la pobreza, y cómo los beneficios basados en el gasto de efectivo pueden ayudar a aliviarlo. Pero también hay mucho para espulgar en las causas fundamentales de la pobreza: los “factores de riesgo” que pueden aumentar drásticamente la probabilidad de convertirse en pobres y qué hacer con ellos. No todas las madres adolescentes caen en la miseria; pero aquellas que se convierten en madres solteras mientras aún son adolescentes corren un riesgo mucho mayor de volverse pobres que aquellas que no lo hacen (más del 60% de los padres solteros son pobres). Unos pocos que abandonan la escuela sin graduarse o con malas calificaciones adquieren fama y fortuna; pero la gran mayoría no. Tener bajo peso al nacer puede significar una mala salud posterior y posibles problemas educativos, incluso antes de comenzar la escuela.

En muchos sentidos, es mejor prevenir que curar. Por supuesto, las políticas curativas tienen su lugar. Si una persona de 75 años tiene una pensión inadecuada, ninguna cantidad de educación mejorará su suerte inmediata, pero un estado de bienestar basado en políticas curativas tiene limitaciones fundamentales: al hacer las consecuencias del mercado o la falla individual menos dolorosas a través del subsidio en monedas, se provoca que esas fallas sean más probables de ocurrir y la pobreza puede volver a quien la padece presa de políticos corruptos.

Las políticas preventivas no son una empresa fácil. Dan resultados a largo plazo. También pueden ser costosas y requieren el esfuerzo de diferentes departamentos gubernamentales. La prevención requiere que la retórica gubernamental gire 180 grados. Lastimosamente, las propuestas que se pueden adivinar en los discursos de todos los candidatos a la Presidencia de la República siguen apostando a regalar dinero público y no a generar riqueza.