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El Recreo
Mercenarios e irresponsables
J. Luis Medina Lizalde
~
10 de Mayo del 2018 05:00 hrs
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Liga Corta




La emoción del odio  a personajes y doctrinas  políticas brota en la escena mexicana  de manera que nos convoca a una mejor actitud, reflexiva y madura, a la hora de externar nuestras convicciones partiendo del principio de que no es lo mismo combatir la idea que combatir a la persona que la expresa, que el respeto al que piensa distinto es la manera de cosechar respeto al pensamiento propio.

El odio a los españoles acumulado en tres siglos de dominación se expresó en el cruel asesinato de todo aquel originario de la península Ibérica  que se topó con las huestes de Hidalgo, circunstancia que indujo al caudillo de la independencia a cometer el gravísimo error de no tomar la ciudad de México cuando estaba a su alcance.

El odio colectivo se gesta mediante una situación de opresión y desigualdad, de injustica extrema y ausencia de mecanismos de reparación, la muerte cruel que tuvo Mussolini por su sangrienta alianza con los nazis o la no menos atroz  del dictador de Libia  Muammar Kadhafi, son fruto de una cosecha amarga que ambos cultivaron con su modo de ejercer el poder.

Pero hay un odio que tiene un distinto origen, el odio como inducción política a cargo de mercenarios de la comunicación o de irresponsables extremos que no saben de la enorme responsabilidad que implica tener voz pública, es el odio mediático un cáncer de una sociedad a la que enferman en aras del control político, es el odio del que han lucrado verdaderos delincuentes de la pluma o del micrófono como Ricardo Alemán, recientemente protagonista de un escándalo por darle difusión a un tuit que incita al asesinato de López Obrador y que desde días antes pude ver difundido en chats de zacatecanos.

Por dinero o ignorancia

Los mercenarios de la comunicación tienen muchos crímenes en su haber, fueron ellos los que mentalizaron a pacíficos habitantes de una comunidad serrana de Puebla para que lincharan a desprevenidos excursionistas empleados de la Universidad de Puebla confundidos con los “comunistas  mandados por los rusos” que protagonizaban el movimiento estudiantil de 1968 lo demás lo aportó un sacerdote medrador de la ignorancia que los incitó al crimen, dejando a San Miguel Canoa como referencia trágica de nuestra historia nacional.

Siendo gobernador del estado de Hidalgo Murillo Karam, se produjo un crimen mediático espeluznante, un locutor de radio confundió a unos surtidores de golosinas de las tienditas del rumbo en torno a los cuales se arremolinaron niños ansiosos de sus productos con “roba chicos”,  que desembocó en el linchamiento de los humildes vendedores ante la impotencia de la autoridad y del propio gobernador. El comunicador de marras esta vez paró en la cárcel, según me lo relató un testigo de los hechos, el magistrado Arturo Nahle, secretario particular del entonces gobernador de Hidalgo.

Ricardo Alemán es un persistente sembrador de odio, la difamación y la injuria son constantes en su “periodismo”, no es el único porque son monedas de cambio de las empresas de comunicación  en las que tienen cabida cuando sus víctimas “prefieren llevar la fiesta en paz” mediante un “acuerdo” en pesos y centavos entre el “jefe” y el intimidado adinerado. Hay ocasiones en que el difamador sistemático es en sí mismo una empresa, compra espacio radiofónico, televisivo  y por su cuenta comercializa sus adulaciones, sus difamaciones, sus injurias.

 Me tocó conocer un episodio muy ilustrativo cuando el gobernador de Zacatecas aparece como un enriquecido político dueño de ranchos e inmuebles mediante prestanombres en la columna de José Luis Mejías “Los intocables” en Excélsior, citando sin identificar “fuentes universitarias”, lo que en un primer momento lo indujo a pensar en los universitarios, particularmente yo por ser el responsable de la relación de la UAZ con los medios de comunicación, antes de que se conociera que la “travesura provenía de un político de su propio partido, su jefe de prensa Sergio Candelas, con el que tuve una gran relación de colaboración y de amistad, viajó a la ciudad de México para acordar con el susodicho columnista, son una realidad que no esperaba mi entrañable amigo y maestro del oficio periodístico: José Luis Mejías estaba postrado por una enfermedad terminal bajo la asistencia permanente de enfermeras, lo que no impidió la difamación “periodística”.

Le salió barato

Confunden la gimnasia con la magnesia los que ven en el despido Ricardo Alemán de Televisa y Canal Once un acto de censura, por el contrario, en total coincidencia con el doctor en Derecho Santiago Nieto, incurrió en conducta punible prevista en la legislación penal e impunidad manifiesta y ofensiva.

Injuriar y difamar no es periodismo, la libertad de expresión no es patente de corso.

Nos encontramos el lunes en el Recreo.