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Memoria viva
Zacatecas y la leyenda del beso
Manuel González Ramírez
~
30 de Mayo del 2018 05:00 hrs
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En el mural del palacio de gobierno de Zacatecas están plasmados unos labios
femeninos de color carmesí que aluden a la leyenda del beso, en cuyo contenido se trata
de explicar el motivo de la separación de Aguascalientes del territorio del estado de
Zacatecas. Esos labios también aparecen en el mural de la sede del poder ejecutivo de la
capital aguascalentense, al igual que un tiempo estuvieron incluidos (al lado de unas
cadenas rotas) en el escudo de armas de la ciudad y del estado de Aguascalientes.

Esta leyenda, a la que se otorgó un crédito importante en décadas pasadas fue
escrita por el ingeniero Elías Torres, a principios del siglo XX, con la finalidad de
participar en el concurso de los Juegos Florales de Aguascalientes del año 1927. Sin
embargo, para su mala fortuna, el certamen se suspendió y con el ánimo de difundir su
trabajo lo publicó en la revista Sucesos, de circulación local. Un título muy apropiado
para dar a conocer un supuesto acontecimiento que está relacionado con la
emancipación de Aguascalientes.

Unos años más tarde, en 1935, se publica por segunda ocasión pero ahora en un
número especial del Boletín de la Sociedad de Historia, Geografía y Estadística de
Aguascalientes. Nos resulta interesante la fecha de esa segunda aparición impresa de la
leyenda. Se trata del año de 1935, en el que se cumplía un siglo de aquel “suceso” que
tuvo como consecuencia la primera separación del partido de Aguascalientes con lo que
se formó un nuevo departamento (el equivalente actual a un estado de la República
Mexicana).

En esta segunda publicación, el ingeniero Torres le agregó unas notas al texto
original mediante las cuales expresaba que el contenido de su trabajo era “de una verdad
rigurosa”, a pesar de que el maestro Alejandro Topete del Valle, editor del Boletín y
quien además llegó a ser cronista de Aguascalientes, manifestó algunas imprecisiones e
inexactitudes históricas del relato. A pesar de ello, el autor defendió el contenido de su
texto y aseguraba que estaba sustentado en lo que la propia doña Luisa Fernández Villa
de García Rojas, protagonista del acontecimiento, le había confiado bajo secreto de
confesión al sacerdote Francisco Tiscareño, quien a su vez se lo transmitió al propio
ingeniero Torres, cuando éste apenas era un niño, pero que a pesar de ello, ya mostraba
cierta afición por los asuntos del pasado histórico.

Cuando el autor publicó su trabajo “histórico”, nadie le dio crédito como tal.
Para sus contemporáneos era una leyenda que, como la mayoría de ellas, albergaba una
pequeña dosis de realidad histórica y una gran cantidad de elementos surgidos de la
imaginación de su autor. Lo cierto es que en 1835, el partido de Aguascalientes se había
segregado del estado de Zacatecas y que uno de los personajes principales era el
presidente Antonio López de Santa Anna, pero eso de que por un beso se logró la
emancipación de Aguascalientes era lo que sus lectores ponían en duda. A pesar de la
polémica, no sabemos si voluntaria o involuntariamente el propio maestro Topete del
Valle mezcló esa leyenda con la realidad histórica, a tal grado que contribuyó a que se
incluyeran en el blasón aguascalentense aquellos labios de mujer que posaban junto a
una cadenas rotas. Como lo expresara en una ocasión el historiador Jesús Gómez
Serrano: “A falta de una Helena raptada, de un Rómulo amamantado por una loba, o por
lo menos de un águila parada arriba de un nopal, esta modesta leyenda se ha convertido
en la pieza central de la mitología política local”.

Pero ¿qué es lo que nos cuenta esa famosa leyenda del beso de la autoría del
ingeniero Elías Torres? Su contenido nos aproxima a ese aciago momento en el que

Antonio López de Santa Anna se trasladó de la capital del país hacia Zacatecas para
someter a Francisco García Salinas, quien a la sazón se constituía en uno los más
férreos –o tal vez en el más emblemático– defensor del federalismo mexicano, y quien
pugnaba por la soberanía de los estados en franca oposición al poder centralista que
ostentaba el régimen del general Santa Anna.

El jefe supremo de la nación llegó el día primero de mayo de 1835, a la ciudad
de Aguascalientes, donde encontró a un ayuntamiento y a una élite que desde unas
décadas atrás habían ofrecido resistencia a pertenecer en un primer momento, a la
intendencia de Zacatecas y después de 1823, al estado de ese mismo nombre. De 1789 a
1835 había prevalecido esa flama separatista de los habitantes de esa región. En virtud
de ello, quisieron aprovechar la visita del presidente de la república que venía
encabezando una expedición punitiva en contra del estado de Zacatecas y que tenía
como propósito “reducir a la obediencia al gobierno zacatecano, que estaba entonces
convertido en el último bastión del federalismo y se negaba obstinadamente a disolver
su milicia cívica”.

De tal manera que esa inesperada visita de la máxima autoridad del país fue muy
bien aprovechada por una distinguida dama que responde al nombre de Luisa Fernández
Villa, esposa de don Pedro García Rojas, pariente de uno de los primeros gobernadores
del estado de Zacatecas. Esta bella señora fue la encargada de convencer a Santa Anna
de quitarle Aguascalientes a Zacatecas, y todo parece indicar que el factor persuasivo
fue la belleza y los encantos de la fémina, ante los cuales cayó rendido el presidente, a
quien no le interesaron tanto los argumentos de carácter político que la hermosa dama le
expuso… y ese mismo año, Zacatecas perdió el territorio del partido de
Aguascalientes… y todo, por un beso.